Por Maki Miró Quesada
Un amigo español despistado terminaba siempre el viejo adagio a su manera: "Agua que no has de beber, gabardina que va al tinte". Lo que permitía darle al dicho cualquier significado. En nuestro caso el agua es siempre el agua y no algo que se lleva a la tintorería. El primer verano plantamos quinientos álamos en San Martín cuidando bien de proteger los jóvenes y frágiles troncos con un plástico especial anticonejos y liebres y nos fuimos a París. El plástico funcionó de maravilla --no sé qué comerían los conejos ese invierno pero ciertamente no les hicieron falta los tronquitos porque a nuestra vuelta encontramos que había conejos pa' tirar pa'l cielo-- en cambio nos dimos con que los caballos del vecino se habían comido todas las puntas de los jóvenes álamos. Tragando bilis y con nuestra mejor sonrisa fuimos a verlos en busca de una solución; nada peor en el campo que arrancar peleados con el vecino, eso siempre acaba mal. Decidimos entre todos contratar a un alambrador y tirar una cerca 'de siete alambres' para que sus caballos quedaran de un lado y nuestros álamos con suerte intactos del otro. Una semana más tarde apareció don Diamantino, salido derechito del 'central cásting' de Universal Studios con altas polainas, bombacha de guerra, chaleco de cuero, sombrero de fieltro y pañuelo rojo al cuello. Se instaló sin proferir palabra, salvo unos cortos buenos días o buenas tardes, entre un par de árboles bajo un pedazo de plástico azul con dos ayudantes igual de silenciosos que él pero no tan bien vestidos y allí, casi a la intemperie, pasaron los dos meses de primavera donde nevó lo que no había nevado en todo el invierno. Mi amable y cortés marido los visitaba de vez en cuando para chequear el avance del alambrado --y ver si no se habían muerto de hipotermia-- y un domingo soleado pensó limpiar un poco el terreno y partió temprano hacha en mano. Volvió cuatro horas más tarde, oliendo a humo, con las cejas chamuscadas. Había decidido hacer una fogata con el desmonte cuando se levantó el viento de la cordillera y casi incendia el campo. Después de luchar durante tres horas con una pala y arena sintió conjurado que le peligro. Yo insistí en regresar 'in situ' con la firme intención de que si el incendio continuaba nosotros también continuábamos derechito rumbo al aeropuerto a tomar el primer avión con destino a Mongolia Exterior sin dejar dirección. Imaginaba ya a los lugareños que de allí en más nos recordarían como 'esos belgas pirómanos que le pegaron fuego a San Martín'. Tres veces volvimos ese día a tocar si quedaban rescoldos, pero el fuego estaba out. El verano que siguió fue el más seco de memoria humana y los álamos se regaban a duras penas con un astucioso sistema de zanjas que venia del arroyo, pero un día el agua se secó de golpe. Subimos por la quebrada a ver si encontrábamos el ojo de agua pero lo que encontramos fue un dique de piedras levantado por el vecino durante la noche que desviaba toda el agua hacia su campo. Nada puede describir mi furia. En dos segundos me transformé en 'Manon des Sources' luchando contra el odioso Yves Montand por el agua del manantial que nos correspondía por ley. Una nueva visita al vecino no sirvió de nada. Mi ya-no-tan-amable-esposo gruñía en voz baja lamentando que sus armas de cacería aun estuvieran en la aduana; nos pasábamos las noches en vela imaginando las peores venganzas. "¿Si contratamos un helicóptero que filme el dique y les metemos juicio?", sugería mi marido. ("Sí, y de pasada les tiramos una bomba", pensaba yo para mis adentros, menos pegada a la legalidad). Una madrugada, presos de un insoportable insomnio, cuando la paciencia ya tocaba a su fin sentimos un ruido de metralla repiqueteando sobre le techo de chapa de nuestra casa alquilada. "¿Escuchas?", me dijo mi marido emocionado, con la voz transfigurada del que acaba de ver a la Virgen, "es la lluvia".