Por: Juan Paredes Castro |
Hasta hace dos semanas, el manejo de las cuerdas separadas entre Chile y el Perú estaba congelado. Ahora, una semana después, se ha descongelado. La pregunta consiste ahora en saber cuál va a ser el nuevo manejo de las mismas en adelante.
En principio, los gobiernos chileno y peruano saben que el tema de la delimitación marítima corresponde a la cuerda eminentemente jurídica y que tiene sus llaves y candados en la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Santiago y Lima no necesitan, aquí, dar más vueltas que las necesarias.
La otra cuerda se extiende cómodamente hacia un amplio campo de las relaciones bilaterales como las diplomáticas y consulares profesionales, las empresariales y de promoción comercial, generalmente técnicas, y las militares de distensión que solían reunir antes a los cancilleres y jefes militares de uno y otro país (las recordadas dos más dos) en busca de acuerdos de intercambio y transparencia de información precisamente en las siempre controvertidas metas de las homologaciones castrenses.
De lo que se trata en el fondo es de salvar tres cosas: el legítimo derecho de ambos países a ventilar sus contenciosos jurídicos en un tribunal internacional; que esa opción no perturbe de ninguna manera el otro legítimo derecho de ambos países a vivir en una vecindad de paz y prosperidad; y que los mecanismos de inversión y promoción económicas, que los dos gobiernos han desarrollado de mutuo acuerdo en los últimos años, no sufran paralizaciones bruscas.
Dicho esto la pregunta pertinente es hasta qué punto las embajadas del Perú en Santiago y la de Chile en Lima están dispuestas a jugar un papel mucho más activo (en términos diplomáticos, se entiende) para evitarle a sus cancillerías, primero, y a sus presidencias, después, el papel de estar desembalsándolo todo.
Este trabajo importante e imprescindible será ahora más fácil con las cuerdas separadas de por medio y seguramente nos llevará a un nivel óptimo de relación bilateral abierta, civilizada y menos asordinada que de costumbre.
Lo peor que puede pasar es que tengamos las cuerdas separadas solo de nombre y que políticamente muchos quisieran aprovechar ese formulismo para continuar congelándolas, ya sea por intereses chauvinistas o de contraposición electoral como parece insinuar el clima partidarista en Chile.
Las embajadas tienen pues que estar por delante de sus cancillerías y presidencias, reactivando las cuerdas separadas antes que cubriéndolas de secretismos y discreciones exageradas.
¿Ya podemos ir entonces con las cuerdas separadas a todo vapor? ¿Sí o no?