Por Nelly Luna Amancio
--He dejado sueldos íntegros aquí -- dijo Carlitos
--Yo es la primera vez que vengo al Negro-Negro-- dijo Santiago. Vienen aquí muchos pintores y escritores ¿no?
--Pintores y escritores náufragos. Cuando yo era un pichón, espiaba, escuchaba, cuando reconocía a un escritor me crecía el corazón. Quería estar cerca de los genios, quería me que contagiaran.
"Conversación en La Catedral"
Mario Vargas Llosa
La escritura puede ser el oficio más solitario del mundo pero encuentra su espacio más recurrente en una actividad gregaria, la bohemia. En algún lugar del Negro-Negro, bajo los portales de la plaza San Martín, Zavalita y Carlitos, los increíbles personajes de "Conversación en La Catedral", disertaron sobre las frustraciones del periodismo y sus naufragios en la literatura. Sobre la mesa del bar Zela, Martín Adán escribía sus poemas en servilletas que luego un mozo recogía para entregárselas a Juan Mejía Baca, su editor. Sin las mesas de aquel bar y aquel paciente mozo, el inagotable editor no habría obtenido los versos que más tarde se convertirían en libros. Fue también en otro célebre bar, el Palermo, donde los geniecillos dominicales de Julio Ramón Ribeyro planificaron la publicación de la revista "Prisma". De las historias de estas mesas se sirvió nuestra incansable narrativa urbana.
Vargas Llosa, en "Conversación en La Catedral", describió las desventuras de uno de estos bares, el Negro-Negro, anclado en uno de los sótanos de la plaza San Martín. Se dice que de aquí el escritor inspiró algunos de sus personajes para sus novelas, como el célebre Carlitos quien confiesa en una de sus mesas que "el periodismo no es una vocación sino una frustración". Hubo una noche que ya nadie recuerda en la que las conversaciones terminaron, el Negro-Negro cerró sus puertas para abrirlas nuevamente --el año pasado-- con el apoyo de un ciudadano holandés, que lo resucitó con el nombre de bar de Grot (la gruta).
Los actuales administradores quieren rescatar ese espíritu bohemio que el diálogo y la oscuridad imponen. Sus antiguos visitantes cuentan que "era una especie de discoteca al estilo de París que funcionaba a media luz para regocijo de intelectuales y pintores". La escritora Esperanza Ruiz ha recordado en varias oportunidades cómo un joven Carlos Eduardo Zavaleta, entonces estudiante de la Facultad de Medicina de San Marcos, los animaba para asistir a las veladas literarias que se solían organizar en este local. "Las carátulas eran brillantes, irónicas, multicolores. La mayoría de las mesas estaba vacía, pero del otro lado de la rejilla que separaba los dos ambientes del local venían murmullos; en el bar, un hombre en mangas de camisa bebía una cerveza. Alguien, oculto en la oscuridad, tocaba el piano", lo describió el escritor.
El Negro-Negro es hoy un cómodo ambiente al que sus administradores definen como café literario-teatro-arte. El local, que en los años 50 congregó a César Calvo, Coco Meneses y Salazar Bondy, acoge hoy a los jóvenes e irreverentes poetas de la calle. Ahora, como antes, a este bar se llega vagando de noche por las oscuras calles del Centro Histórico de Lima.
LA CATEDRAL Y EL ZELA
El célebre bar de la novela de Vargas Llosa también abrió sus puertas en los 50. Había sido un corralón que los apuros económicos de sus dueños transformaron en bar.
Tres años después de la publicación de la novela, en 1972, la entonces dueña, Luisa García Velasco, contó a un periodista de "La Prensa" que Vargas Llosa había vuelto un par de veces "para tomarse fotos y beberse unas cervecitas", pero se quejaba de que hasta ese momento "no le haya hecho llegar un ejemplar de la novela". No la había leído y lo más probable es que no le hubiera gustado lo que Vargas Llosa escribió del bar: "El corpulento río de olores parece fragmentarse en ramales de tabaco, cerveza, piel humana y restos de comida que circulan tibiamente por el aire macizo de La Catedral".
Los bares de los 50 no eran solo lugares de encuentro, eran también 'bulines' donde se discutía la política decadente de la dictadura odriísta. "Qué va a ser una artista esa --dice Ambrosio en "Conversación en La Catedral--. Se llama Margot y es una polilla más conocida que la ruda. Todos los días cae por La Catedral". En estos bares, los artistas y escritores de la narrativa de los 50 discutieron sus visiones del Perú del siglo XX, con sus fenómenos urbanos y rurales, glorias y ocasos, incertidumbres y certezas.
De estas incertidumbres también se hablaba en El Zela, el bar del pintor Sérvulo Gutiérrez y del famoso 'chilcano' (pisco, limón y agua), a unos pasos del Negro-Negro, convertido ahora en un restaurante atravesado con luces de neón. Martín Adán se aparecía solo y buscaba una mesa al final del local. (Poesía no dice nada/ se está callada escuchando su propia voz).
EL PALERMO
Dicen que en el antiguo bar Palermo las discusiones comenzaban con Ezra Pound y un vaso de pisco. Sus espacios de trasnochadas tertulias albergaron en su momento a casi todos los militantes de la llamada Generación del 50, constructores de una revista emblemática: "Letras peruanas".
Escritores como Juan Gonzalo Rose, Eleodoro Vargas Vicuña, incluso el mismo Manuel Scorza, que no gustaba mucho del trago y detestaba el humo cigarro, eran habitúes del bar. A ese Palermo muchas noches arrastraron a Víctor Humareda. Se le atribuye a este ambiente la definición poética y social de Alejandro Romualdo, Pablo Guevara y Washington Delgado. Los mismos chismes narran que Oswaldo Reinoso (quien presentó aquí "Los inocentes") tenía su propia mesa; las mismas que presenciaron el desarrollo del movimiento Hora Zero. Enrique Verástegui escribió: "el Palermo cerraba sus puertas a las dos de la mañana, había que pasarse al Chino-Chino, y luego a La Llegada para los empeñosamente más sedientos". Las historias son abundantes y descabelladas. Una de ellas cuenta que en una de esas mesas se sentó Ernesto Che Guevara.
En 1975 el Palermo fue remodelado. Las quejas no se hicieron esperar. Un artículo periodístico de la época decía que en el nuevo Palermo "ahora se bebe la cerveza en botellas pequeñas y se la paga en grande". Uno de sus mozos más antiguos, Jeremías Broncano, contó que en estos ambientes grupos subversivos intercambiaron consignas contra el régimen odriísta y que incluso una vez unos asaltantes fueron detenidos en la misma mesa donde días antes habían planificado el robo de un banco.
Antes de que el vacío y la oscuridad se apoderaran de Lima, los escritores de los 50 invadieron los bares del Centro Histórico y dejaron en ellos sus historias. El relanzamiento del Negro-Negro intenta ahora resucitar aquellas leyendas literarias que Lima engendró antes de que la indiferencia y la inseguridad la secuestraran.