Por Mariella Balbi
"Tengo 18 años, vivo en condiciones de pobreza, somos miserables. Mi padre no aparece, ni lo conozco, y mi madre vive agobiada. Es vendedora ambulante de lo que sea. Tengo cuatro hermanos menores que yo, comer y vivir es difícil. En el colegio no me fue bien, repetí un año y no he estudiado nada, nada me gusta y, además, no hay plata para pagar los estudios. Mi madre quiere que 'chambee' para que la ayude con la casa, pero no encuentro trabajo, te piden experiencia, haber estado en algún instituto y la paga es 'malaza'. Solo el 'Chueco', un 'pata' de mi barrio, me ofreció algo: que lo ayudara a vender 'quetes'. Tampoco es fácil, aunque algo te da. En el barrio hemos formado un grupo grande, se llama Los Malditos. La gente nos respeta porque también nosotros nos hacemos respetar. Si no lo hacen les cae fuerte".
Una mexicana decía el otro día en la radio que ella --conocedora del tema del narcotráfico-- veía al Perú como a México diez años atrás. Aún no estamos atrapados en la corrupción y el descalabro que hoy provoca el tráfico de drogas en el país azteca, pero nuestro futuro será ese, es algo que está trazado y delineado. En el tema de las pandillas, no llegamos al nivel de Centroamérica, donde las llamadas 'maras' son de una violencia extrema, aterradoras y llenas de códigos, de valores --aunque parezca paradójico--, constituyendo una manera de vida, una opción. El sentido de pertenecer a un grupo cohesionado, con jerarquías y normas, parece ser el atractivo de este tipo de organización delincuencial juvenil. Más aun si el futuro es esquivo o inexistente.
¿Igualaremos a las 'maras'? No es improbable. Actualmente hay miles de personas, habitantes de los llamados barrios populares, que viven aterrorizadas en una suerte de estado de sitio. Saben que salir en la noche es absolutamente contraproducente, que tienen que recluirse temprano. Si dos pandillas se enfrentan, sus viviendas sufrirán las consecuencias. La policía no acude rápidamente al llamado de algún asustado vecino. Hay falta de efectivos y también comprensible temor, pues se pueden encontrar en inferioridad de condiciones. Naturalmente, las cosas en provincias son peores. Las pandillas están en el sólido norte, donde hay bonanza económica, como en Ayacucho, que tuvo su pandilla femenina. Una del Callao hasta tiene su reggaetón o himno. Aparece en los medios, sus integrantes están contentos.
Pese a la sombría situación, el trabajo de reeducación con estos jóvenes da resultados. Desafortunadamente, responde a iniciativas individuales o de alguna gestión municipal. El Ministerio de Educación no se ocupa de esta peliaguda realidad, la policía la enfrenta, son las municipalidades las que deben hacerlo y, si se asocian para ello, tanto mejor. Existen expertos en lo que es marginalidad y violencia urbana, pero también es necesario actuar rápidamente, para evitar que nos pase lo de las 'maras'.