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La vieja deuda de los partidos con Álvaro Rojas

Por: Juan Paredes Castro |

Ha muerto alguien que durante toda su vida como periodista no tuvo otro sueño --ahí están sus libros para confirmarlo-- que vivir en un país democrático con un sistema político basado en partidos de probada democracia interna.

Quiso que ese país, tan agobiado por caudillismos, autocracias y tiranías militares y civiles de todos los tiempos, y con tan escasas e intermitentes luces de institucionalidad a lo largo de su historia, fuese por fin el Perú.

¿Por qué este sueño optimista de Álvaro Rojas Samanez no lo tuvieron o lo tienen muchos de nuestros políticos fundadores de partidos, o si lo tuvieron y lo tienen, quién o quiénes, más abajo, o más allá, se encargaron y se encargan de estropearlo?

Más de una restauración democrática debió haberlo llenado de escepticismo y miedo, como más de una interrupción constitucional debió haberle encendido la esperanza de una vuelta a la normalidad, con la incómoda pregunta de siempre: ¿qué es una vuelta a la normalidad en el Perú?

Una vuelta a la normalidad, por ejemplo, con la convocatoria a elecciones generales como si el país no se jugara su suerte en ella; con la reaparición de partidos y candidatos repletos de derechos propios y huérfanos de obligaciones con el país; y con un Estado divorciado del cambio y de la modernidad.

A Rojas lo animaba y lo decepcionaba el período político de transición de los últimos ocho años que siguieron al derrumbe del régimen autocrático y corrupto de Alberto Fujimori. Lo animaba que de Valentín Paniagua a Alan García, pasando por Alejandro Toledo, hayamos recuperado la pirámide de nuestras reglas democráticas. Pero lo decepcionaba que buena parte de esa pirámide, como la libertad de fundar y desarrollar partidos políticos, careciera de efectivo contenido democrático interno, o cómo las normas constitucionales y legales vinculadas al sistema electoral, a la representación en el Congreso y al funcionamiento unicameral de este, no sirvieran sino para hacer de nuestra vida política todo un desenvolvimiento de mediocridad.

Con perdón de los politólogos, Rojas fue siempre para muchos que lo conocimos de cerca un observador agudo y constante de la historia política peruana, con todos sus aciertos y equivocaciones. Pero más que eso buscaba, con ansiedad, que los cambios que deseaba vivamente en los partidos políticos ¡sobrevinieran ya!

Confiamos en que las lecciones de Álvaro Rojas no hayan entrado por una oreja y salido por la otra de nuestra clase política y que nos recuerden que de la reeducación de esta depende que el país no tire por la borda otra década más de las tantas que hemos enajenado.

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