Por Miguel Vivanco. Corresponsal
WASHINGTON. Desde hace unos días los estadounidenses viven entre la ilusión y la incredulidad. Todos hablan del joven senador que merced a su empeño académico y profesional ahora tiene la posibilidad histórica de convertirse en el primer presidente afroamericano de Estados Unidos. Su triunfo en las elecciones primarias del Partido Demócrata no solo tuvo repercusiones políticas mundiales, sino que revivió la vigencia del denominado sueño americano.
Hoy todos hablan de sus cualidades, señalan sus defectos, escudriñan en su pasado y --algunos atrevidos-- hasta especulan en privado sobre su pronta desaparición física.
Quienes han tenido la oportunidad de escuchar algunos de sus discursos en vivo, con un manejo extraordinario del idioma verbal y corporal, de inmediato se percatan de que se trata de un político muy distinto a los demás, diametralmente opuesto a su rival republicano, el veterano senador de Arizona John McCain.
La otra noche al observarlo durante un multitudinario mitin realizado en Prince William (Virginia), más conocido como el Condado del Diablo por perseguir legalmente a los inmigrantes indocumentados, los recuerdos del asesinado senador Robert F. Kennedy se hicieron presentes.
Hace cuatro décadas Kennedy defendía la igualdad racial, calificaba de grave error el hecho de que Estados Unidos combatiera en Vietnam y vaticinaba que antes de que pasaran 50 años el país tendría un presidente negro.
Quizás en el 2008 su pensamiento se haga realidad. Lo triste es que al carismático Bobby lo mataron un día después de ganar las primarias de California. ¿Otro estilo en la Casa Blanca?