Edición impresa

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook

FILOSOFEMAS

Oda a la Alegría

Por Francisco Miró Quesada Cantuarias. Filósofo

La Novena Sinfonía de Beethoven es, probablemente, la más famosa de todas las sinfonías que se conocen. Digo probablemente porque hay otras, como las de Bach y de Mozart, que también son extraordinarias.

Se ha discutido hasta el cansancio sobre el punto y, como sucede casi siempre, nunca se ha llegado a un acuerdo definitivo. Aunque la discusión no se ha zanjado, lo que aumentó la fama de Beethoven fue la originalidad de la Novena Sinfonía. Contra todas las reglas, haciendo gala de un atrevimiento que solo puede tener un genio, introdujo un coro de voces que produjo una sensación de desconcierto en los oyentes. Para algunos fue un atrevimiento imperdonable, para otros fue una maravillosa audacia creadora. Hoy todo el mundo, salvo raras excepciones, piensa lo último.

Lo más impactante de la innovación es lo que canta el coro, un poema de Friedrich Schiller, cuyo título es "Oda a la Alegría". Schiller es un de los más grandes poetas alemanes. La mayoría lo considera como el segundo, después de Goethe. Sin embargo, para algunos entendidos es el más grande de todos.

Vale la pena que el lector conozca los versos de la oda. Aunque cuando se trata de poesía, no debemos olvidar lo que dice la famosa frase italiana: "Traduttore, tradittore" ("Traductor, traidor").

"¡Alegría, hermosa chispa celestial de Eliseo, la hija engendrada! Traspasamos de tu divino santuario el umbral, ebrios de fuego, como una llamarada. Tus hechizos traban nuevamente lo que con su rigor ha separado la fuerza de la costumbre. Todos los hombres se unen fraternalmente donde tus blandas alas se han posado. ¡Multitudes, fundíos en un abrazo cariñoso! ¡Sea este beso para el mundo todo! Hermanos sobre el firmamento de estrellas tachonado, debe habitar un padre bueno y amoroso. El que aquella meta ha logrado, el que amigo de un amigo puede llamarse, aquel que una esposa prudente ha ganado, a este grandioso júbilo debe aunarse. Sí, también, aquel que puede suya llamar, aunque sea un alma en medio de este mundo. Mas, el que nunca esto haya podido lograr, apártese de esta alianza con dolor profundo. ¡Alegría, beberá toda criatura de los pechos de nuestra madre natura, así, el hombre bueno, como el malvado, seguirán su rastro de rosas trazado! Ella fue la que de besos nos colmó, fieles amigos hasta la muerte, los dos. Al gusano también el placer concedió, y el querubín está de frente ante Dios. ¿Os postráis humanidad? ¿Mundo entero, adivináis al creador? Buscadlo sobre las estrellas sin temor, allí está su morada, con seguridad.

Beethoven dedicó su sinfonía a la alegría. Sabemos que unas son tristes y otras alegres. Fue su última sinfonía, y quiso manifestar en ella su visión optimista de la vida. Aunque él mismo ya no pudo dirigirla, pues se había vuelto completamente sordo. Su innovación de introducir el coro no solo fue genial por haberse atrevido, lo que, según una centenaria tradición, parecía una blasfemia, sino, además, en elegir el hermoso poema de Schiller, que es grandioso.

Y, nuevamente, debo plantear el problema del genio, un tema que he abordado varias veces. Un genio es el que ve algo que nadie había imaginado antes que él. ¿Por qué tiene esta capacidad? Varias teorías tratan de explicarlo, pero ninguna de ellas, incluso las más modernas, me ha convencido.

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook