Por Ricardo Bedoya
La Filmoteca de la Universidad Católica tiene un mes intenso. En junio presentará ciclos muy completos con películas de Federico Fellini y Ernst Lubitsch, así como panoramas sobre la "comedia a la italiana" y el cine vinculado con Mayo del 68. También proyectará un grupo de cintas recientes que no se estrenaron por aquí.
LUBITSCH
Sin duda, el ciclo Ernst Lubitsch es uno de los más atractivos, ya que el cineasta alemán (1892-1947) es casi un desconocido entre nosotros. Truffaut decía que Lubitsch era un príncipe; la encarnación de uno de esos personajes frívolos, maliciosos, relajados y hedonistas que abundan en sus películas, sea en las que hizo en Berlín durante los años de la Primera Guerra Mundial y en la inmediata postguerra, o en Hollywood, hacia donde emigró a mediados de la década de los veinte.
El cine de Lubitsch, en Alemania y en Norteamérica, es un placer. Dominaba la comedia sofisticada como nadie y es imposible imaginarlo dirigiendo un western o un policial. Sus mundos preferidos fueron los de la evasión y la irrealidad: un Versalles de cartón piedra; decorados venecianos fabricados en un set de la Paramount; el mundo de los estudiantes de la vieja Heidelberg reconstruido en el Hollywood silente; París recreado en los estudios de la Metro. Y en ellos, sus personajes embarcados en juegos de engaños, estafas, estrategias de seducción. La falsedad siempre salta a la vista, pero no importa, porque Lubitsch gira siempre sobre el mismo tema: ¿dónde acaba la ilusión? ¿Dónde empieza la verdad? De las comedias y melodramas históricos alemanes (Los ojos de la momia Ma; La muñeca; Ana Bolena; Madame Dubarry, entre otras) pasó a las operetas hollywoodenses o musicales destinados a llamar la atención sobre las posibilidades del nuevo cine sonoro (Monte Carlo; El teniente sonriente; Una hora contigo; La viuda alegre) y de allí a las comedias de situaciones, que son sus obras maestras (la muda The Marrige Circle; las sonoras Trouble in Paradise; Ninotchka; The Shop Around the Corner; Ser o no ser; El cielo puede esperar). En todas inventó formas de decir, modos de expresar, recursos para hacerle un guiño al espectador induciéndole a imaginar a los personajes envueltos en todo tipo de situaciones salaces. Supo además modular la comedia con la emoción, el drama, el recuento vital, la melancolía o el tono elegíaco presente en una película única: El cielo puede esperar.
COMEDIA A LA ITALIANA
Otro ciclo que llama la atención es el de la "Comedia a la italiana", que agrupa títulos que no se ven hace muchos años. Se trata de "comedia a la italiana" y no de comedia italiana, que es distinto. La "comedia a la italiana" es un subgénero, un capítulo de la historia de la comedia en Italia que, como sabemos, tiene raíces antiguas y profundas.
La "comedia a la italiana" surge luego del éxito mundial de las películas neorrealistas filmadas en la postguerra como Roma, ciudad abierta, El lustrabotas o Ladrones de bicicletas, que dramatizaban los problemas sociales más agudos de entonces: la desocupación y el mercado negro.
En los años cincuenta el cine italiano fue cambiando, como el país mismo. Inversiones llegadas de América transformaron el espíritu crítico del neorrealismo en una mirada blanda y colorida, con divas de exportación, como Sophia Loren, Gina Lollobrigida, Silvana Mangano, agitando la libido de los habitantes de un Nápoles de postal y de un Vittorio de Sica de opereta. El país prosperaba, se enriquecía y muchos aprendían el "arte de arreglárselas". Es decir, de subir más rápido y trepar con eficacia. La "comedia a la italiana" nace entonces para ilustrar, con humor grotesco, esas nuevas estrategias de la codicia y la supervivencia. Desde Los desconocidos de siempre hasta Los nuevos monstruos, los personajes de la "comedia a la italiana" conforman una galería de seres despiadados, vividores, arribistas, inescrupulosos, estafadores, monstruosos. Su desparpajo, crueldad y rapacidad son tan enormes que mueven a la risa incómoda. Allí están Vittorio Gassman, Ugo Tognazzi, Alberto Sordi o Nino Manfredi, los actores que mejor encarnan esta vertiente de la comedia, para lucir su fanfarronería en películas tan notables como Il sorpasso, Los monstruos, Los complejos, Feos, sucios y malos, Los nuevos monstruos, entre otras. Las películas de la "comedia a la italiana" son también el retrato de una época, sobre todo de los años sesenta. Allí están las autopistas, el auge del turismo, las ciudades transformándose, las playas y el consumismo. Los mismos ingredientes que en las películas de Antonioni. Pero allí donde el director de El eclipse y La aventura encontraba solo "noia", despersonalización y angustia, Dino Risi, Luigi Comencini, Pietro Germi, Mario Monicelli, entre otros realizadores, veían posibilidades para la comedia de costumbres, la sátira o el sarcasmo que ataca a todo: la institución del matrimonio indisoluble; la virginidad sacrosanta; el estigma de la "cornamenta" en Sicilia.
La "comedia a la italiana" no tiene el reconocimiento que merece porque fue opacada por el cine de autor que se hacía en Italia en esos años. Las cintas de Fellini, Antonioni y Visconti eclipsaron a Seducida y abandonada o Los monstruos. Lástima, porque la "comedia a la italiana" es un ejemplo insuperable del cine entendido como trabajo colectivo, como creación de grupo: directores, guionistas (Age, Scarpelli, Guerra, Scola, entre otros) y actores aportaron imaginación y anécdotas, propuestas de tratamientos y chistes interminables.