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UNA ENTREVISTA CON JORGE VILLACORTA

"La calle en Lima es un espacio desaprovechado"

Para el crítico de arte y curador independiente los puentes entre industria cultural y artes visuales son prácticamente inexistentes en nuestro país. Experiencias como "La semana del arte" o "La noche en blanco" son, en palabras de Villacorta, los únicos espacios que podrían, hoy, abrir una brecha

Por Diego Otero

Una industria cultural en torno a las artes visuales suele estar enmarcada por el triángulo que forman las galerías de arte, los museos y el mercado. Jorge Villacorta es claro desde el inicio: "aquí todo está a medio hacer: igual que la estructura del Museo de Arte Contemporáneo de Barranco". Y es precisamente el museo, en tanto centro de gravedad de la oferta artística consolidada de una sociedad el que, en otras latitudes, funciona -para bien y para mal- como base de las industrias culturales. "Pensemos en el famoso Guggenheim de Bilbao", dice Villacorta. "Muchos expertos coinciden en que se trata de un museo que no ofrece las mejores condiciones para plantear exposiciones, pues tiende con mucha fuerza hacia la espectacularización y el entretenimiento, pero eso, en cierta medida, no importa, pues ahora la marca Guggenheim le ha brindado otra dimensión a la ciudad, convirtiéndola en un referente y en un punto obligado de los circuitos turísticos".

Diera la impresión de que en el Perú no se tiene conciencia de la función que puede tener un museo en ese sentido.
-Un caso que, salvando las obvias distancias, me recuerda al del Guggenheim, es el del Museo de las Tumbas Reales de Sipán. Se trata de un museo erigido en una zona no capitalizada en términos turísticos. Y, en ese sentido, uno se puede preguntar: ¿por qué no proponer paquetes en los que se ofrezca un recorrido por la zona Moche-Chimú, digamos, que incluya una visita a este museo y a los restos arqueológicos de Trujillo, pero también a Máncora, por ejemplo? ¿No podría ser esa una interesante contraoferta al polo que representa Machu Picchu? Por otro lado tampoco entiendo cómo -dada nuestra avasalladora biodiversidad, y dado el interés que los problemas medioambientales encarnan hoy día- no tenemos un gran museo de historia natural. Creo que todo eso dice cosas.

El problema, de hecho, excede a las artes visuales.
-Definitivamente, pero en las artes visuales es muy patente. En ausencia de una industria cultural que opere como soporte, los artistas podrían concebir obras que ironizaran sobre ese vacío, pero no ocurre. Creo que esa es la prueba más palpable de la inocencia que existe en el medio con respecto al tema. Es curioso, pero ni siquiera las tres versiones de la Bienal de Arte de Lima -a pesar del gran éxito que representaron en tanto flujo de público y en tanto repercusión que nos colocó, por un momento, en el mapa de las artes visuales de Sudamérica- lograron consolidar la idea de que el arte puede tener réditos y dar pie a una cadena de beneficios para la ciudad. El alcalde Castañeda Lossio no capitalizó el trabajo invertido en la consolidación de Lima como plaza de arte contemporáneo, y esa es una torpeza inentendible.

Quizá cayó en la trampa usual de nuestras autoridades: no construir nada sobre el legado del gobernante anterior.
-Sí, cierto, pero también hay ahí una terrible falta de visión, porque él pudo haber reinventado la bienal; pudo haberla repotenciado e incluso pudo haberla convertido en una de las banderas de su gestión. En ese sentido, lo crucial ahora, desde mi punto de vista, es ver qué va a pasar tanto con "La semana del arte" como con "La noche en blanco", que son las circunstancias que mejor han funcionado últimamente en términos del vínculo entre el público y la experiencia artística.

Curiosamente, ambas experiencias tienen que ver con la calle: el circuito trazado entre galerías en "La semana del arte", y el redescubrimiento de la ciudad como espacio de encuentro y manifestaciones culturales en "La noche en blanco".
-Uno incluso podría decir que un signo de una industria cultural naciente en el Perú podría ser la forma en que El Comercio se asoció a "La semana del arte". El Comercio no solo actuó como un auspiciador, porque en última instancia fue quien creó la imagen del evento a los ojos del público. Theodor Adorno creía que la cultura debía ser autónoma frente a la economía. Él asumía que la economía podía ser una base capaz de alimentar a las expresiones culturales, pero de ninguna manera ser más importante que éstas. Eso era lo que lo desesperaba de Estados Unidos, país en el que se exilió. Pero en el Perú, al no haber demasiado dinero, solo se puede detectar signos de experiencias aisladas que se pueden convertir en plataformas para negocios. El Comercio, por ejemplo, ha presentado "La semana del arte" como un evento de entretenimiento, asequible a todos, y el hecho de ir a la galería como una forma de esparcimiento. Lo interesante es que una vez que se ha establecido eso, que se ha ofertado el paquete de esa manera, se pueden ir introduciendo, en esa plataforma, auténticas expresiones culturales.

"La noche en blanco" congregó una cantidad realmente impresionante de gente -que pudo apreciar manifestaciones artísticas de diversa índole en la calle, gratuitamente-, y tú fuiste uno de los organizadores. Imagino que piensan continuar con la experiencia.
-En principio sí. Digamos que nuestro punto de partida fue idealista. Quisimos revertir la idea de que durante demasiado tiempo hemos estado acostumbrados a vivir detrás de nuestras puertas. La calle en Lima es un espacio vedado, desaprovechado. Quizá esto tenga que ver con que hemos vivido psicológicamente programados para pensar que la calle entraña cierto peligro, y que en consecuencia solo le pertenece a los autos. "La noche en blanco", en última instancia, era una puesta en cuestión de nuestros problemas de ciudadanía, porque para que ésta funcione las personas deben tener la certeza de que el espacio público les pertenece. Y claro, ahí empieza también el doble filo, porque, dadas esas circunstancias, la gente se predispone a consumir lo que los organizadores le proponen. Y entonces se corre el riesgo de que un evento como "La noche en blanco" sea instrumentalizado, diluyéndose así su condición de plataforma artística democrática, digamos. Y si bien ese riesgo se extiende en realidad a cualquier manifestación de una industria cultural, se trata de un riesgo que se debe tomar. No creo equivocarme al pensar que, en cualquier caso, si las cosas se llevan a cabo con sensatez, los beneficios pueden ser mayores que los bemoles.

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