Por Richard Webb
Para muchos, la ruina de Eva y Adán fue por un pecado de soberbia, pero yo creo que fue por pasión científica --la necesidad de saber--. Insistieron en comer del Árbol de la Ciencia y no me explico por qué la religión descubre allí un pecado, el mismísimo pecado original. En todo caso, si el rechazo al saber es un mérito religioso, el Perú se ganaría un premio celestial. Una comparación del gasto en investigación y desarrollo tecnológico en 69 países, recopilada por el Banco Mundial, dice que estamos en el último lugar. Más gastan en relación al tamaño de sus economías Burundi y Uganda, en África; Mongolia y Kazajistán, en Asia; y Guatemala y Trinidad, en América Latina. Chile, al que queremos alcanzar, gasta más en investigación en un año que nosotros en ocho.
No es que hayan faltado los próceres de la ciencia. La breve visita del joven Humboldt en 1802 dejó un legado en nuestra geografía. Medio siglo después, en 1850, llegó Antonio Raimondi, científico apasionado quien, en los cuarenta años que permaneció en el Perú, no paró un día de recorrer el país, escribir las memorias de sus observaciones científicas y formar alumnos en San Marcos. Otro investigador infatigable fue el botánico alemán Augusto Weberhauer, quien vino al Perú en 1901 y permaneció también hasta su muerte, en 1947.
No obstante el brillo de esas estrellas, la época de oro para la ciencia en el Perú se produjo antes, durante el supuesto oscurantismo del Virreinato, y se centró en el colegio universitario San Pablo. A lo largo de 199 años los Jesuitas de San Pablo fueron la avanzada científica del Nuevo Continente, el Silicon Valley de la Colonia. Como ha escrito Manuel Ruiz Huidobro, "Ahí no solo se hablaba siete idiomas europeos, se habían elaborado gramáticas y diccionarios de ocho lenguas nativas... se contaba con un laboratorio de ciencias donde se experimentaban los conocimientos que recibían de Europa, una botica destinada a preparar los remedios para el virreinato y a realizar investigación médica, allí se educó Bernabé Cobo, de quien dice Raúl Porras que es el precursor de toda la ciencia peruana". A cien años de existencia, la universidad de Harvard contaba con apenas cuatro mil libros cuando San Pablo tenía 40 mil.
Tampoco ha estado ausente la tecnología en nuestra historia. La metalurgia ha convertido cerros improductivos en minas, el ferrocarril hizo posible la conquista de la sierra, el tangüis revolucionó la agricultura de la costa, la ingeniería aplicada abrió las riquezas del mar peruano y, ahora, las maravillas de las telecomunicaciones integran al país y conectan cada hogar al mundo. Sería difícil encontrar algún aspecto de la vida nacional en el que el avance de la tecnología no haya jugado un papel importante.
Pero hoy le damos la espalda a la ciencia. Los pocos científicos que tenemos --en el Instituto Geofísico del Perú, en el Instituto del Mar, en algunas universidades y centros de investigación-- trabajan huérfanos de apoyo y de reconocimiento. Y es cuando más los necesitamos. Primero, para competir en la era del conocimiento y de la globalización. Nos confiamos en la riqueza natural, pero en gran parte esos recursos son invento de la ciencia y la tecnología. Luego, la necesitamos para crear una sociedad integrada. Investigando a nuestro propio país, a través de las ciencias naturales, pero también las ciencias humanas, como las bautizó Basadre --la arqueología, la historia, la antropología y la sociología-- descubriremos valores para compartir y para volvernos una nación. La verdad os hará libre, dijo Jesús.