Por Antonio Orjeda
Ashoka es una red mundial de emprendedores sociales y Anna Zucchetti es miembro de esta gente cuyo único interés es que usted, que todos, vivamos en un planeta mejor. Sí, sabe que para el común de terrícolas ser idealista es cosa de adolescentes. Anna tiene 41, es directora del Grupo Gea y, gracias al cielo, sigue dando pelea.
Ella y su equipo trabajan en la concientización de personas, de empresas, de comunidades. Valentina, su hija, crece viéndola luchar, viéndola sonreír. Es aún pequeña. Pronto sabrá que el valle de Lurín --lo que aún queda de él-- sonríe gracias a mamá.
¿Se puede saber por qué los ambientalistas se oponen tanto al desarrollo de las ciudades?
(De inmediato capta que la pregunta es irónica y se mata de risa) ¡Eso te lo has inventado tú! Nosotros no nos oponemos. Lo que nosotros queremos es mejores ciudades. Es cierto, hay un cliché, pues lo ambiental se contrapone al cemento, pero no necesariamente es así: una ciudad bien construida es un maravilloso ambiente. Y nosotros queremos eso: ciudades más bellas.
El 2002, "Caretas" le otorgó el Premio a la Resistencia. De usted dijo que es un hueso duro de roer. La revista se refería a su defensa del valle de Lurín.
Desde chiquita mis papás decían que era testaruda. Creo que esa es una de mis características positivas --y también negativa--. En el caso del valle de Lurín, empezamos ese sueño hace 10 años y no hemos tirado la toalla todavía. Pese a la fuerte presión que hay (de parte de constructoras y autoridades) debido al crecimiento de la ciudad.
Lima tenía tres valles. Dos (el del río Rímac y el del río Chillón) han sido ya casi cubiertos de cemento. Nos queda el de Lurín. ¿Por qué los limeños no entendemos la importancia de preservarlo?
Los limeños sí lo entienden. Quizás no esté entre sus prioridades --ten en cuenta que en Lima todavía hay un millón de habitantes que no tienen agua--, pero en todas nuestras entrevistas y conversaciones --no con decenas, sino con cientos de personas-- hemos comprobado su preocupación. Los que no entienden, los que no internalizan la importancia del valle son las autoridades.
¿Por qué es importante?
Desde el punto de vista ambiental, el valle presta servicios a la capital: aire limpio, tierras agrícolas a una ciudad en el desierto, agua. Pero además tiene un valor simbólico, pues como dices: ya se han destruido dos valles. ¿Por qué no podemos demostrar que la ciudad puede crecer de otra manera? ¿Incorporando y conservando los reductos de naturaleza que la ciudad tiene? Una buena política ambiental urbana, por ejemplo, sería poner en valor el humedal de los Pantanos de Villa. Costaría mucho menos que el Circuito Mágico del Agua (del Parque de la Reserva) y podría convertirse en un espacio de recreación para todo el cono sur.
Castañeda ha gastado millones de dólares en esas piletas y prácticamente nada en temas de medio ambiente.
Sí, esa es una de las mayores críticas que podemos hacerle. Si bien la renovación del Parque de la Reserva ha tenido mucho éxito --las fuentes son lindas--, inversiones mucho menores podrían hacerse para recuperar y conservar zonas, como el valle de Lurín, los humedales de Villa, de Ventanilla, que podrían convertirse en grandes parques, en grandes zonas naturales ¡desconcentradas de Lima!
Lamentablemente, hacer obras visuales es más rentable --marketeramente hablando-- que atender lo trascendente.
Claro, el rédito político de haber hecho esas fuentes es mucho mayor que la conservación de un valle... Aunque yo creo que con un buen proyecto arquitectónico y paisajístico ¡se podría haber hecho maravillas! Nosotros --exagerando un poco-- decimos que podría hacerse el Central Park de Lima sur. En Nueva York, Central Park era un humedal urbano, pero unos visionarios pensaron en el crecimiento de la ciudad y decidieron promover políticas para conservarlo y ponerlo en valor. ¡Míralo ahora!
Lo que nos falta es autoridades visionarias.
Esa es una de las mayores carencias del país.
Usted es italiana, estudió en Inglaterra y llegó al Perú a los 24 años. ¿Por qué se quedó?
El Perú atrapa. Yo vine por dos años, un poco a la aventura. Era una joven ingenua (ríe) que quería ayudar a cambiar el mundo. Europa me asfixiaba. Me parecía una vieja señora muy sentada en sí misma, de espaldas a la realidad del resto del mundo. Un lugar donde todo estaba resuelto, y como desde chica he tenido este espíritu de aventura --yo viajaba mucho con mis padres--, se me presentó la oportunidad de venir y, cuando llegué, el país me atrapó. Este es un país con muchísimas riquezas.
Diversos investigadores destacan en usted algo de lo que carece el común de ambientalistas: valentía y constancia. Si usted ya no es la chica ingenua que llegó hace 17 años, ¿por qué continúa?
Creo que sigo siendo ingenua... y sigo teniendo sueños. No puedo renunciar a ellos. Me sentiría asfixiada y anulada si trabajara en un espacio que tuviera solo un fin comercial o un fin académico... Un día, mientras hacía mi doctorado en Cambridge (Inglaterra) me pregunté: ¿Qué quiero hacer? No me veía como un ratón de laboratorio ni como una investigadora al servicio de la industria farmacéutica o biotecnológica. ¡A mí me apasionan los temas sociales! Empecé a investigar sobre otro campo de la biología: el campo ambiental, y me atrapó.
Tiene que haber enfrentado casos en los que la presión debió ser muy fuerte. Cuénteme uno.
Los primeros años, cuando estábamos incubando el programa Valle Verde. Hubo mucha presión, tanto por parte del alcalde de Lurín (Oswaldo Weberhofer) como de industrias y empresas que estaban aliadas con él. Hubo también mucho hostigamiento por parte de la Municipalidad de Lima. Hubo amenazas. Me enfermé. Me sentí muy mal. Me cuestionaba: para qué enfermarme, dormir mal, ¡y por una causa que a otros no les interesa!
¡Ni siquiera se trataba de su país!
Exacto. Además, uno puede decir: "Salvemos el Manu, ¡Machu Picchu!". ¡Cosas por las que vale la pena dar la vida! El valle de Lurín no tiene ese mismo efecto psicológico (ríe)... Pero hacerlo (defenderlo) me ha ayudado a hacerme más fuerte.
En realidad, pudo haberlo dejado.
Me cuesta tirar la toalla. Además, aun en la situación actual, en la que no podemos decir: "¡El valle está a salvo de toda presión!", igual hemos tenido éxitos. Primero, quienes ahí viven tienen mucha más conciencia sobre el valor de ese territorio; segundo, hay muchas inversiones que ahora se están haciendo en otro sentido (en el de la sustentabilidad, el de las buenas prácticas que nosotros promovemos: desde producción orgánica de hortalizas y granjas educativas a ecomuseos de turismo ambiental).
¿Cómo entender que muchos ambientalistas terminen pasándose al otro bando y asesorando a empresas que antes combatían?
¿Sí? ¿Tú crees que eso pase?
¡Por favor!
(Se mata de risa) Con los años uno se vuelve más conservador, pierde energía, se vuelve menos idealista, trata de conciliar más. Aunque si uno no renuncia a ciertos principios, a ciertos ideales, conciliar puede convertirse en una forma de sabiduría... Yo nunca he sido una ambientalista radical. Desde chica me enseñaron que el diálogo es importante, y con los años creo haber adquirido mayor talento para la conciliación... Las formas pueden cambiar, lo importante es que la esencia quede. Yo nunca voy a renunciar a mi esencia. El día que me veas asesorando o defendiendo a un contaminador, ¡denúnciame, por favor! (ríe)...
Precisamente, el argumento de muchos para dejar de luchar es que, una vez que tienen familia, que tienen hijos, estos pasan a ser su prioridad y, en su nombre, renuncian a sus ideales.
Esa puede ser una estrategia de supervivencia, pero es lamentable. Claro, si de por medio hay amenazas (a tu vida, a tu bienestar emocional), uno tiene que elegir sobrevivir. Pero renunciar no quiere decir irse al bando opuesto.
LA FICHA
Nombre: Anna Zucchetti.
Colegio: La primaria, en el Edmundo de Amicis, y la secundaria, en dos escuelas experimentales, siempre en su Italia natal.
Estudios: Bióloga de la Universidad de Surrey (Inglaterra), con maestrías en biotecnología por la U. de Cambridge y en tecnología ambiental por el Imperial College of Science, Technology and Medicine, ambas también en Inglaterra. Tiene además una maestría en educación ambiental por la U. de Madrid, España.
Edad: 41 años.
Cargo: Directora del Grupo Gea.