Por Abelardo Sánchez León
Cuando era pequeño mis padres tenían algunos rituales vincu lados al centro de la ciudad: íbamos a los cines Lido, Tacna o Metro, tomábamos lonche en el Atlantic, escuchábamos los conciertos en el teatro Municipal e íbamos a la iglesia de La Merced. En el trayecto divisaba un edificio que abarcaba toda una manzana en la avenida Wilson y mi padre calentaba mi imaginación explicándome que se trataba de un convento de clausura. Las monjitas que vivían dentro no nos veían y no las podíamos ver. Vivían en un mundo perfecto, bañado de armonía.
Hace un año las visité gracias a Cristabel Ayala, una de mis alumnas más dedicadas. Le expliqué que el destino es así, que por fin veía sus caras, escuchaba sus voces y me alegraba con sus risas. Ingresamos por una puerta lateral y de inmediato reconocí ese olor que proviene de una cocina sana. La costumbre de concebir la rutina en grupo y de hacer las tareas sin una noción exacerbada de lo individual siempre me ha llamado la atención. Yo vivo en un ambiente de jerarquías, de rotación de autoridades, de nociones precisas del poder. Con la edad es más difícil hacer amigos y las relaciones se entablan a partir de qué cargo ocupas y cuáles podrían ser tus ambiciones.
Hace unos días Cristabel me invitó a festejar su santo en una de las casas que tiene la congregación en El Agustino. La responsable del grupo, quizá la superiora, la jefa en nuestro lenguaje, me dijo que era bueno estar allí y no olvidarse de las condiciones de vida de los pobres. Estábamos invitados Luis Olivera y yo, y los dos habíamos trabajado en 'el cerro', como lo llamábamos, hacía 30 años. ¡Pucha, el tiempo! El progreso era evidente en el barrio de La Corporación y reconocí, sin problemas, aquella ladera maciza taponeada de viviendas.
El almuerzo fue una maravilla. No solo festejábamos el santo de Cristabel, sino el simple hecho de estar vivos. Festejábamos la vida, cosa que no hago con frecuencia, porque me dejo arrastrar por unos sentimientos mezquinos, sociológicos, de estatus y roles, expectativas y vínculos formales. Las chicas, o sea las novatas, venían del interior del país. Una de ellas venía de Imacita, cerca de Imaza, de Santa María de Nieva, de Bagua para que nos ubiquemos en el mapa, un caserío que se baña a orillas del Marañón. Un solo de verde que debe extrañar en la aridez de El Agustino, el barrio donde nació Tula, me documentan llenas de risa, y de donde ellas salen a diario a capacitarse. Al salir de El Agustino, una vez que estamos en Circunvalación, pienso: las he visto. Después de tantos años he visto el cielo, más arriba de aquel de mi ciudad.