Por: Juan Paredes Castro |
Nunca podrá decir el Apra que no estuvo en sus manos sacar por lo menos tres reformas constitucionales en la legislatura que acaba hoy hecha una desgracia.
Perdió visión y moral. Perdió oportunidad. Perdió los papeles. Y perdió hasta la más elemental aritmética.
Un buen trabajo parlamentario suyo le hubiera permitido reunir 97 votos, por supuesto sin el humalismo, y 86 votos, con un par de fujimoristas que conquistara en el camino.
Pudo más, en el fondo de la debacle legislativa de las últimas 48 horas, la disputa a muerte entre Luis Negreiros Criado y Javier Velásquez Quesquén por la presidencia del Congreso. Ambos terminaron provocando una fiebre generalizada de apetencias internas de poder, de la que el Partido Nacionalista se sirvió para hacer picadillo una agenda parlamentaria que todos habían jurado respetar, inclusive con acuerdos de portavoces que luego cada grupo arrojó a la papelera.
Lo cierto es que en este ingrato trance de pedir peras al olmo en la cara de un Congreso tan desprestigiado, conviene recordarle a la gente cómo el Apra ha venido tirando por la borda lo que ahora ya no puede rescatar. Es decir: 36 votos suyos, que sumados a los de Unidad Nacional (15), Unión por el Perú (19), Alianza Parlamentaria (9), Renovación (2) y Grupo Parlamentario Especial Demócrata (3) le aseguraban 84 votos, número suficiente para aprobar las reformas constitucionales planteadas y dictaminadas, entre ellas la más crucial: la de la reforma judicial.
Aquí no contamos al fujimorismo (13) ni al humalismo (23), el primero empeñado en no reformar la actual Constitución y el segundo empecinado en retornar a la del 79, en una trasnochada manía desestabilizadora radical.
El Apra, a la cabeza, por segunda vez, de la presidencia del Congreso, no tiene manera de autojustificarse. Es más: acabó cediendo al cálculo de votos de Negreiros y Velásquez, en una aritmética que no mide, a su paso, ninguna consecuencia, como el profundo daño infligido a la institución parlamentaria y al país.
Esperemos no pasar de este grotesco final de legislatura a una elección de la presidencia del Congreso del mismo corte de estos días, es decir, basada en la más pobre moral política y en la más abundante canasta de intereses partidarios.
Lástima que las más importantes reformas constitucionales tengan que esperar algún destello de civilización política a futuro, mientras el Apra y el humalismo deben asumir el alto costo político de su injusto aplazamiento.