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EL SÍNDROME DEL REPUDIO CONSTITUCIONAL

El otorongo y el cangrejo

Por FernandoVivas. Periodista

¿A quién diablos le importa la firma debajo de los 206 artículos de nuestra actual Constitución promulgada en 1993? Me importa un comino que sea la de Jaime Yoshiyama, miembro del fujimorismo golpista que aborrezco y no la de Víctor Raúl Haya de la Torre, por quien profeso gran respeto y que rubricó la carta de 1979 en su lecho de muerte (en rigor, la firma que se publica es la de Luis Alberto Sánchez quien, por la enfermedad de Haya, lo reemplazó en la presidencia de la Asamblea Constituyente).

Me importa un bledo la estirpe de la carta porque es una herramienta funcional y consensuada, y si de hacer historia se trata, pues ambas surgieron de asambleas convocadas por dictaduras con propósitos non santos. La primera quiso entretenernos hasta su mutis negociado, la segunda quiso manipularnos hasta la náusea.

Lo que me importa es que la carta que nos rige fue elaborada por las fuerzas políticas más importantes (sino estuvo el humalismo, fue porque no existía) y desde el 93 se han hecho reformas que habría que readaptar al viejo texto provocando limbos legales y jaladas de mechas en el intento. Que la del 79 era más social y esta del 93 más liberal, caray, es más simple debatir cualquier ajuste ya mismo sobre lo vigente.

Dentro de mi moderado pragmatismo, no cabe provocar un patatús constitucional solo para saciar el apetito simbólico de otorongos con patas de cangrejo.

Por supuesto, entiendo que detrás de sus exabruptos hay cálculos y alianzas en pos de la presidencia del Congreso. Pero quiero referirme a los políticos que creen de buena fe, quizá porque otros de mala fe se los han hecho creer, que un cambio de constitución es indispensable para refundar todo lo que recusan de la república: un 'wishful thinking' surgido desde una ingenuidad antisistema. Nuestros vecinos ecuatorianos y bolivianos están en ese trance. Hace poco conversé con una asambleísta ecuatoriana que hablaba con tal entusiasmo de los artículos reglamentaristas que estaba redactando sobre el poder económico y las comunicaciones, que sentí que de veras creía que de esa forma se resolverían sus 'impasses' nacionales.

Volver a un viejo texto es secundario para algunos, pero si eso significa repudiar el actual, entonces ahí hay algo trascendente que los puede sacar de su apatía y compensar su bajo rendimiento legislativo, haciéndolos sentir revolucionarios sin abandonar su curul. Síndrome de repudio constitucional que, para colmo de ironía, frustró un debate con previo acuerdo sobre un paquete de reformas constitucionales.

Ojalá los humalistas se convenzan de que es mejor hacer reformas constitucionales que repudiar constituciones y los apristas de la vieja escuela depongan reclamos del 79 que no son ni prácticos ni democráticos pues el país no está para perder el tiempo mientras otros honran a sus símbolos partidarios.

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