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EDITORIAL

La dupla cómplice Fujimori-Montesinos

El esperado reencuentro entre el ex presidente Alberto Fujimori y su ex asesor Vladimiro Montesinos sirvió principalmente para comprobar cómo, a pesar del tiempo, mantienen su relación de afinidad y complicidad, no exenta de cinismo y frío cálculo personal.

La voceada nueva intención de Montesinos de limpiar de toda responsabilidad a Fujimori en graves delitos contra derechos humanos contrasta con sus declaraciones previas. Estas, que constan en diferentes documentos judiciales y como tales deben ser apreciadas por el tribunal, enfatizan que el ex presidente sabía y urdía todo, y que Montesinos ejecutaba.

En cualquier caso, atendiendo a su personalidad desquiciada, no se puede descartar que esta aparente intención de no confrontar a su ex jefe, obedezca a un esquema de aprovechamiento futuro, en caso de que el grupo fujimorista retome algunas esferas de poder.

En lo formal, aparte del exagerado y hasta ridículo histrionismo del ex asesor, hay que llamar la atención sobre su actitud arrogante y altanera respecto de los jueces y fiscales. Es más, las autoridades judiciales tienen que evaluar críticamente la manera en que Montesinos abusó del derecho al silencio, para hablar o interrumpir abruptamente la sesión según su interés y conveniencia.

Eso es tan intolerable como su evidente intención de desacreditar a personajes incómodos, para él y los fujimoristas procesados por corrupción. Por ejemplo, el fiscal Avelino Guillén, a quien intentó presentar como parte de su esquema de corrupción, lo cual fue rechazado y aclarado por el fiscal.

También fue ridículo y frustrado su esfuerzo por mantener su careta de espía de alto vuelo. Luego de compararse con los altos mandos de la CIA y colocarse protagónicamente en escenarios falsos, cayó en serias contradicciones y yerros inadmisibles en un agente de Inteligencia. Así, de modo innecesario e irresponsable, abundó, con la misma falta de credibilidad, en detalles sobre el sembrado de agentes en el Ecuador, durante el conflicto ya superado, lo que pudiera causar algún resquemor diplomático ahora. Y aceptó que se puede delinquir por "razones de Estado", lo que revela su honda fragilidad ética y su ánimo de justificar los excesos propios y del régimen fujimorista.

Esta reaparición de Montesinos tiene que ser evaluada objetivamente, distinguiendo entre su afán de protagonismo, su cinismo y su ambición desmedida de poder y su aguda animosidad contra el Estado de derecho y quienes lo representan. Corresponde en este caso a los jueces actuar con sensatez para imponer el imperio de la ley, rechazar cualquier estrategia burda y proterva de burlarse de ella, y aplicar justicia y castigar a quienes delinquieron con tanta premeditación y alevosía.

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