Por Rafo León
No son malos, no han matado a nadie, tienen sentimientos ciertamente positivos encajados en la unidad de conciencia de la tradición hebreo cristiana. Pero son lo que son, y me temo que sin remedio: los limeños cuando viajan dentro del Perú. Hacen la misma bulla que hicieron cuando salieron en su viaje de promoción un cuarto de siglo atrás. Los guías les temen más que a las culebras, por el ruido que meten. Cuando hay que concentrarse para escuchar alguna explicación especializada en algún sendero amazónico, comienzan a gritos a encontrarle parecido a su amigo con el mono aullador que acaban de ver y eso les hace mucha gracia, y se carcajean y aplauden. O cuando ha caído la noche y hay que detenerse en el sonido de la amazonía, que en el plano de las emociones no se parece a nada, se puede escuchar algo como: "Amoooor, te estoy grabando, resbálate en el barro para colgar la toma en You Tube". Suelen ser un tanto racistas y quizás sin saberlo. Una vez escuché a una guapa chica decirle al marido: "¡Amooooor, estos también celebran la Navidad!". Estábamos en Andahuaylillas, y los jesuitas de la parroquia habían decorado con paquetes de colores un pisonai que vive en el centro de la plaza desde siempre, para que los niños se alegren. Es que no es racismo solamente, se trata de otra cosa que hasta hoy no consigo identificar a pesar de que me los encuentro con harta frecuencia en mis viajes de trabajo. Ese algo es lo que late detrás de un comentario como: "A mí me gusta más la pobreza de la sierra", soltado por un empresario cuarentón y afable, cuando baja las escaleras barrosas de una pobrísima comunidad ribereña en Pacaya Samiria.
Insisto, son buenos, son correctos. Pero son limeños. No hace mucho escuché a una joven señora preguntar a un guía de selva: "¿Hay alguna tribu cerca? Porque hemos traído horroooores de cuadernos y plumones para regalarles a los niños. Yo ya sé que no se les debe dar plata porque se convierten en mendigos, ¿no? En cambio si les das útiles escolares, van a poder salir adelante, ¿noooo?". Lo más curioso de todo es que en muchas cosas terminan teniendo la razón. Es una mala idea ir soltando plata a la gente pobre que uno se encuentra durante un viaje de turismo; mejor es, en efecto, donar herramientas que se puedan proyectar en algo sostenible, desde la educación escolar hasta el trabajo de las madres. El problema es el estilo. Si lo dice una canadiense progresista, a nadie le llama la atención. Pero si viene de una regia de colegio inglés de esos en los que al baño le dicen "la casita", el retintín de la voz, la cadencia del fraseo, el descerebramiento que está connotando el enunciado, nos habla de unas recientes jornadas de intensa capacitación en las arenas de Asia.
Llevan enormes maletas a viajes en los que no se precisa más de una mochila pequeña. Todo el día cantaletean con que sería bueno contar con un celular de emergencia para saber cómo están los enanos. En un crucero amazónico un prominente hombre de negocios limeñísimo, se me quejó: "Viejo, tendría que haber televisión, Internet, celular, son imprescindibles en el mundo moderno". Le retruqué que viajar implica exactamente lo contrario, el desenchufe, la pausa que cualquier ser humano necesita para renovarse y seguir. "No, compadre, yo quiero tener la capacidad de elección y que nadie me obligue a desenchufarme", me canceló. Con la empatía del psicoanalista que no soy, intuí que debajo de esa irritación había otro mal, más grande. Fue cosa de minutos. Y salió: "Ahorita podría estar haciendo plata, ¿te das cuenta?".
¿Cómo reconocerlos? Muy sencillo. Ellas en un trekking por los Andes o en una trocha barrosa del bosque de lluvias, suelen llevar sus propias botas porque no van a ponerse las de goma que usó antes alguien a quien no conocen. Hello Kitty pueden ser, para infarto de los guías. Ellos llevan inevitablemente correa de cuero y el polo metido dentro del pantalón, más gorrita Nike, o jipijapa de chalán. Sin embargo, la manera más efectiva de identificarlos se da cuanto te los presentan y te la sueltan: "¿Tú eres de los León de Piura?". Si les respondes que no, que eres de los León de Susan, y hacen un imperceptible mohín, limeños son.