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CHESPIRITO ESTRENA "11 Y 12"

El humor y los números

Por Enrique Planas

Como sucede con los clásicos, la obra de Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, se encuentra en un lugar más allá del bien y del mal. Personajes como el Chavo del Ocho, el Chapulín o el doctor Chapatín son universales, por lo que resulta absurdo ponerse a criticar detalles de incorrección política. Por ello, intentar hacer una crítica formal de "11 y 12", la exitosísima obra del casi octogenario humorista mexicano sería un esfuerzo tan inútil como risible. Qué importa que la puesta en escena resulte estática, plana y convencional, lo que quiere el público es ver a su ídolo, treinta años después de su primera visita. En verdad, la experiencia del estreno podría compararse con presenciar un programa como "Teatro desde el teatro", solo que con el genial Chespirito en lugar del acostumbrado Ricky Tosso, salvando claras distancias.

Más que un espectáculo teatral, estamos frente al homenaje a un héroe cultural. El público espera paciente y rompe en aplausos cuando Gómez Bolaños entra a escena en su papel de Eloy Madrazo, chofer de un tráiler de 40 toneladas que, por accidente, atropella a un hombre mutilándole lo que él llama, en divertido juego de lenguaje, los números 11 y 12. El doctor, un ginecólogo de oficio y cirujano en sus ratos libres, ofrece solucionar su problema de masculinidad perdida con un delicado trasplante, cuyo donante será muy difícil de encontrar. A los 79 años, es notable el despliegue físico de un Chespirito, que nos entrega un personaje cercano al memorable Chómpiras más que a cualquier otro de su repertorio.

Curiosa fascinación la que tiene Chespirito con los trasplantes. Seguro el lector recuerda aquel capítulo de "El Chapulín Colorado" en el que, después de perder una mano en un accidente, un médico obligado por la escasez de donantes, termina trasplantándole la de una delicada bailarina. Así, con la femineidad implantada en un extremo de su cuerpo, el macho mexicano se ve, de pronto, invadido por otra identidad. En "11 y 12" el ridículo por la amputación y la pérdida de la masculinidad también resulta el centro del humor chespiritiano sintonizando tanto con el humor quevediano como con la simple crueldad popular.

Mas allá de la obra y de nuestro homenaje al entrañable Chespirito, es preciso decir que fue una pésima elección de la producción peruana elegir el auditorio del colegio San Agustín como espacio para este montaje. Se trata de una sala muy mal construida, que casi no tiene fondo, mientras que la boca del escenario resulta enorme para los actores, quienes deben esforzarse por alcanzar los extremos del espacio, dispersando la atención en la escena por causa de los obligados desplazamientos.

Por otro lado, el trato para con la prensa, apiñada en la última fila de la mezzanine resulta indignante. Felizmente, queda el humor, el cariño y la sencillez del maestro mexicano para olvidar el maltrato de nuestros productores.

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