Por Julio Escalante Rojas
A Estela Paredes, productora de La Tarumba, le gusta trabajar con las ventanas abiertas de su oficina. Esto no ocasionaría problemas si no fuera porque las ventanas dan a la Vía Expresa de Lima. Entonces, imagine el escenario de esta conversación y el sonido del ambiente. Bocinazos y motores rugiendo. Sin embargo, ningún ruido incomoda a Estela. "Estoy adaptada", dice. "Sin esto difícilmente puedes ser un artista en el Perú".
Era un grupo de cuatro jóvenes rebeldes el que inició La Tarumba. Subversivos del aburrimiento y actores autodidactas por vocación. "Queríamos lograr una propuesta que nos distinga, una propuesta artística y educativa". Actuaban en plazas, parques, parroquias, pasaban el sombrero. Actuaron hasta dentro de un contenedor en la selva. "Teníamos el deseo de que nos descubrieran", dice Estela Paredes. Pero ellos fueron quienes descubrieron que el futuro del grupo debía afincarse en los terreno de la música, el teatro y el circo. Su vida errante duró ocho años con un clima de caos económico y de violencia en el país. Pero eran optimistas.
En los años 90 el apoyo que recibían de la cooperación internacional para impulsar proyectos en los conos de Lima fue desapareciendo y los obligó a buscar otros recursos. Realizaron giras y todo lo ganado se invirtió. Así compraron una casona en Miraflores, que hoy sigue siendo la sede de sus talleres. Querían cubrir un vacío de la educación formal, detenerse en cada niño y desarrollar su potencial.
Desde el 2001, el grupo supo que tenía que convocar amigos artistas y profesionales para integrar un comité consultivo que tradujera su propuesta cultural en negocios concretos. Si la formación actoral de los fundadores de La Tarumba había sido autodidacta, también lo fue su ingreso a las ligas empresariales. Con años de experiencia La Tarumba había logrado una marca poderosa que podía sentarse a la mesa con otras empresas y convencerlas de jugársela por ellos. El sueño de la carpa propia estaba cerca.
Estela visitó diversos bancos y nadie quería otorgarle el préstamo final para pagar la carpa que costaba US$500 mil. "Decían que el circo no tenía un antecedente como negocio". Pero lo consiguieron con una cooperativa de ahorro. Y ya van por su sexto espectáculo en su carpa.
"Si eres capaz de abstraerte y quieres transformar un ambiente feo en algo mejor, con solo una actitud mental, lo transformas". Entonces, de pronto, la bulla de los claxon de la Vía Expresa son como olas de mar. Créelo y escucharás. Es la magia que enseña el circo.
LAS CLAVES
Participación en redes culturales. Esto nos permitió construir relaciones con artistas extranjeros, aprender de ellos y compartir experiencias.
Fidelización. Podemos movernos donde sea y el público va. Ya lo quisiera otra empresa. La fidelización tiene que ver con transmitir emoción y nos ha costado años.