Por: Juan Paredes Castro |
El Congreso es mucho más un mito que una realidad. Sin embargo, insistimos en vivir del mito, con la consecuencia de que nuestra decepción va a ser siempre muy grande.
De la realidad, ni hablar. El Congreso sigue siendo lo que sus integrantes quieren que sea: un monumento a la mediocridad.
Una parte del mito consiste en que un cambio en la presidencia, como el que viene en estos días, le cambiará la vida al Congreso, cuando lo que todos sabemos es que no tendremos sino más de lo mismo, salvo algunos nuevos matices de escándalo e impunidad.
Ni Unidad Nacional ni el fujimorismo ni el humalismo desean la presidencia. Su interés está volcado hacia las próximas elecciones generales, a las que buscan llegar sin desgastes políticos. Quedan en la partida el Apra, que sí necesita de la presidencia por tratarse del partido de gobierno, y Acción Popular y su candidato Víctor García Belaunde que no tienen nada que arriesgar de aquí al 2011 y pretenden aglutinar los votos de la oposición.
En suma, el humalismo y el fujimorismo son los alfiles a los que tendrán que recurrir, para bien o para mal, los presidenciables de estos días. Ambos bandos son capaces de quebrar al oficialismo como quebrar a la oposición. Por supuesto que la cuota de toma y daca o la hipoteca a futuro, en manos de quien gane, no podrá ser negada ni disimulada fácilmente, sino sobrellevada y aprovechada con templado cinismo.
La otra parte del mito es creer que el Congreso es representativo y representable, cuando no es ninguna de las dos cosas. Aquí la ironía consiste en la necesidad de contar con un Senado y una Cámara de Diputados, frente a un rechazo público a cualquier posibilidad de aumento del número de representantes. Nadie acepta que se hable de más costos de planilla en un Congreso improductivo y desprestigiado.
El mito más grave nos conduce recurrentemente a idealizar un Congreso capaz de concertar, de hacer reformas constitucionales inteligentes y puntuales, de legislar con la más alta calidad que exige la posición económica y financiera del país de estos tiempos, y de confiar en comisiones investigadoras y de ética. Ya conocemos lo que supone despertar de esta irrealidad.
Finalmente forma parte de nuestra dramática porción de realidad el hecho de que año a año seguimos pidiendo peras al olmo de cara a un Congreso en el que hemos dejado de creer y confiar.
Esta muestra de laboratorio en el microscopio político peruano tiene que ser muy tomada en cuenta. Forma parte, probablemente, de uno de los más potenciales factores de fragilidad e ineficacia de nuestra democracia, y de alimento cotidiano de las dosis de proautoritarismo que cruzan peligrosamente nuestro sistema institucional.