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ECONOMÍA

Muki Palacios: la vuelta a la vida de una ejecutiva

Experta en talleres de motivación

Por Antonio Orjeda

Muki --así llama todo el mundo a María del Carmen Palacios-- entró al baño y se puso a llorar. Daba gracias al cielo. Recién egresada de Psicología, había entrado como practicante a AFP Unión Vida. Le encargaron dictar talleres al personal (a todo el personal). Dictó 80 (en todo el país). Al término de uno de estos buscó un baño. Estaba feliz. Muki había encontrado su pasión.

Se casó, renunció y, con una amiga, creó Precisión Empresarial. Desde el saque les fue bestial. En junio del 2006 abrió su propia empresa, seis meses después se olvidó de esta. Roberto, su esposo, el hombre de su vida, había muerto. Muki tenía 33 años.

En 1998, con su socia creó una consultora; el 2006, sola abrió una segunda empresa. Hace año y medio su vida cambió.
A los seis meses de que la formé (Integracción) cambió por completo.

Hasta entonces, como empresaria, ¿qué había logrado?
Económicamente, todo.

Tenía clientes de primera.
Casi todos los bancos, casi todas las AFP... y ni siquiera sabía cuánto estaba facturando.

Le gustaba tanto su oficio que creó Integracción para ampliar su servicio. Comenzó a dar talleres de desarrollo personal, su herramienta principal eran los valores.
Mi tema es el autoconocimiento: identificar tus fortalezas, tus talentos y expresarlos en tu trabajo. Aprender a centrarnos en lo buenos que somos.

Sin embargo, usted, la persona que enseñaba a otros a que vieran la vida en positivo, terminó tomando antidepresivos.
Pensé que nunca más podría volver a dictar un taller... Una característica mía es que me gusta estar siempre en el auto con música muy alegre, dando gracias por la familia que tengo, por el trabajo que tengo, por los amigos que tengo, por el esposo que tenía... Cuando sucedió 'eso', yo dije: "Ya nunca voy a poder escuchar una canción alegre en el auto. Ya no voy a poder dictar talleres de nada"... Mi vida, de la noche a la mañana, fue un apagón.

Y ese apagón...
Se debió a que fallece Eduardo en un accidente. Salió a comprar, nunca más regresó... Una amiga me hizo recordar hace poco que cuando eso pasó, yo le dije que mi vida era un apagón y que mi única meta de ese día era prender una velita y, al día siguiente, otra... Mis velitas eran cosas tan superficiales como tejer una chalina, enmarcar un cuadro...

Mientras eso ocurría, ¿qué fue de sus empresas?
El primer tema duro que enfrenté fue que, cuando Eduardo fallece, nos faltaban cuatro días para irnos de crucero con mi hijo (el mayor) y otra pareja de amigos... Lo bueno fue que, ante esa situación, yo no perdí mi norte: "Mi hijo me necesita, ¡tengo que ir!". "Muki, no puedes ni pararte", me decían. "¡Encararé!". Y fui... En esos momentos todavía estaba desconcertada. Mi socia también, pues Eduardo trabajaba con nosotras y ella también lo quería mucho... Pero la empresa ya la habíamos hecho. Los clientes seguían enviando a su gente. Precisión Empresarial siguió caminando, pero Integracción no. Ni siquiera se me ocurría pensar en Integracción. El tema era: ¡Ahora, qué! Eduardo fue mi primer enamorado, mi único enamorado; el papá de mis hijos. Nos conocimos a los 17 años...

La vida pareció ensañarse con usted: al mes le vaciaron la casa.
Me pasaron muchas cosas. Pero primero: tuve que enfrentar a mi tráiler.

Su casa rodante, en la que Eduardo murió.
Sí. Mis hijos querían ir... Yo hacía spinning con Eduardo, trabajaba con Eduardo, pasaba todos los fines de semana con él... A las cinco de la tarde estaba en el tráiler. Sola. ¡Qué hago! Yo tenía que imponerme por mis hijos. Eso aprendí, y ahora siempre lo digo: Uno tiene que aprender a postergar, primero son los objetivos mayores; y esos eran mis hijos. Me acuerdo de un momento decisivo: estaba en la playa, en el tráiler, y me decía: "Hubiera ido a tal sitio con él, le hubiera aceptado esto, aquello...". Todos los 'hubiera'. Pero llegó un momento en el que dije: "Eduardito, ¿qué tal si hacemos las pases? Yo te perdono por la forma en que falleciste y tú me perdonas todos los 'hubieras' que yo no hice. Que nuestros recuerdos sean de las cosas lindas"... Y me curé. En lugar de quedarme en el pensamiento negativo, ¡yo actué! Mi objetivo era hacer felices a mis hijos: hacer hijos con todos los recursos para que puedan enfrentar la vida.

Hoy a vuelto a dar talleres, sus clientes siguen siendo empresas A1. ¿Cómo lo ha logrado?
Cuando mi mamá me llamó y me dijo: "Mukita, han entrado a tu casa". ¡A mí en la vida me habían robado! Yo estaba en Huaraz. Tiré mi celular. Lo destrocé --cosa que nunca había hecho--. Me tiré al piso. "¡Yo no soy de cemento! ¡No soy de metal! ¡Ya no puedo más!"... De pronto, sentí algo en mí... (María del Carmen se ha puesto de pie) "¡Ah! ¿Me quieres joder? ¿Quieres que yo esté mal? ¡Yo voy a ser más fuerte que tú!". Mi lenguaje corporal era brutal. No lo podía entender. Y una mañana, un mes después de haber estado en Madrid, en una corrida de toros, desperté con una claridad y dije: "¡Yo soy un torero!". Me acordé de una situación que vi en la plaza, pero que cuando la vi no me hizo nada: el toro había embestido al torero una, dos, tres veces. La sangre le salía como una manguera. Estaba en el piso cuando, no sé cómo, se pone un pañuelo encima de la herida y se para. Va hacia el animal y, cuando lo mató, sacó una fuerza que yo nunca había visto... Me puse a llorar. Dije: "Ese soy yo: ¡acabo de matar al toro!".

¿Quién era el toro?
La muerte de Eduardo, ese fue un toro brutal, salvaje, de 600 kilos. Mi hijo tenía que estar con antidepresivos. ¡No había derecho! Pero ¿cuál fue mi estocada final? Cuando llegué de Madrid, yo todavía no estaba en capacidad de dictar talleres, ¡qué talleres iba yo a dictar! Pero me llamaron de la Universidad del Pacífico. Quien me llamó sabía cómo yo trabajaba. Llegué un domingo, ella me llamó el lunes y me dijo: "Muki, dictas hoy a la una". Era un taller de Comunicaciones. ¿Cómo lo iba a hacer? Yo no tenía ejemplos que dar... Qué pasa: en mis talleres yo apelo a lo cotidiano, todos mis ejemplos son sobre lo que pasa a mi alrededor: mi socia, Eduardo, mis hijos, mi tráiler... Y justo, el último taller que con Eduardo habíamos trabajado, era sobre Comunicaciones. Yo tenía esa presentación ¡y ese era el único trabajo al que podía recurrir! Fui. Estaba asustada. Pero cuando tú te metes en lo que a ti te gusta... De regreso a casa manejé llorando a mares. En casa no iba a haber nadie a quien contarle cómo me había ido...

Eso fue en junio...
Hasta entonces no había visto nada de Integracción. No me interesaba.

En junio regresó al ruedo.
De ahí dicté un montón de talleres, y cuando les dicté el último, les dije: "Señores, quiero agradecerles la oportunidad que me han dado. Yo hace año y medio perdí a mi marido, a quien creó esto que hemos estado viendo y que pensé que nunca más iba a poder dictar". Para mí, hacer esa declaración fue decir: "Sí puedo". Por eso para mí fue tan significativo que, después de haber dictado todos esos talleres, la rectora (de la Universidad Pacífico) me buscara para felicitarme por los buenos resultados... A partir de ahí me di cuenta de que quiero vivir intensamente, de que quiero disfrutar y ser una luz que ilumine el lugar donde me encuentre. Pero ahora que he vuelto a dictar talleres tampoco es que pretenda entregarme por completo a eso, pues la decisión de abrir mi empresa fue la de mantener el equilibrio entre madre y ejecutiva. Para mí, la vida con mis hijos no tiene precio. Por eso ahora elijo con quiénes quiero trabajar. Lo hago más por satisfacción personal.

Tras la experiencia vivida, ¿cuál es el plus que le ha añadido a sus talleres?
Enseñar que todo el drama que yo viví en año y medio la gente lo puede resolver en menos tiempo, porque hay demasiados mitos: el duelo, que tienes que llorar y llorar... Que no esperen a perder algo para valorarlo, que vivan intensamente, con pasión; y que acepten que el miedo y la rabia existen, porque lo que levantó a ese torero ¡fue su rabia! Pero no una rabia que tenía que ser volcada como si él fuese otro toro, otro animal. Porque a mí ¡fue la rabia la que me salvó! Pero yo soy un ser racional, con valores, con principios, ¡con objetivos! No sabía cómo volcar mi rabia... Pero cuando vi al torero me di cuenta, y dije: "Tengo que hacerlo con arte, con seguridad, con temple".

Dígame, ¿cómo explica que aquí haya tantos que se la pasan quejándose porque no hay oportunidades?
Eso no entra en mi cerebro. No puedo soportar que la gente se sienta víctima. Acá todos se sienten merecedores de todo y piden y piden y piden. ¿Y acaso se ponen a pensar si es que dan?

¿Cuál es el obstáculo más grande?
¡Ese! ¡La mentalidad de la gente! Por eso, esa es mi meta: enseñar que todo está en nosotros, que nosotros elegimos, que nosotros somos los responsables de todo lo bonito y feo que tenemos; y si no nos gusta lo que tenemos, pues ¡hagamos algo! Pero hagámoslo con entusiasmo... Si a mí me ha pasado esto y ahora tengo tantas ilusiones, ¿por qué personas que no han sufrido un dolor tan grande no pueden ser felices?

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