Por Enrique Planas
Estuvo en Lima en la primera fila del desembarco de autores chilenos en la Feria Internacional del Libro de Lima. Pero no solo llegó acompañado por el prestigio literario de su premio Cervantes. A los 77 años, Jorge Edwards es un escritor en espléndida madurez. Y lo demuestra con "La casa de Dostoievsky", novela ganadora del Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica. Mientras que muchos de sus colegas de generación empiezan a repetirse, al haber agotado sus historias, cada libro que el escritor, crítico y diplomático chileno publica, sigue entusiasmando a los lectores. "Creo que el trabajo de diplomático me obligó a comenzar más tarde mi carrera de escritor. Tengo la sensación de que todavía tengo cosas por escribir", nos confiesa el escritor santiaguino. En efecto, aunque su primer libro de cuentos "El Patio", lo publicó muy joven, Edwards tuvo que postergarlo todo al abrazar la diplomacia. Sirviendo en París, recuerda, su principal trabajo en la embajada consistía en acompañar a los visitantes del embajador que pasaran por la ciudad. Una rutina diaria y enfermante, en la que debía asistir a los funcionarios de Estado en sus compras de calcetines, en elegir el lugar del almuerzo, o en nocturnas excursiones, recorrer con quienes lo solicitaran los principales espectáculos donde bailasen niñas desnudas. "Y yo estaba al lado de un general mirando a estas niñas, escuchando tonterías, cuando Cortázar estaba con Vargas Llosa en una mesa redonda disertando sobre Proust o Kafka. Yo sentía una gran frustración y quizás eso me dio la fuerte sensación de haber comenzado tarde, de que tenía que recuperar tiempo", explica el novelista.
En su más reciente novela, "La casa de Dostoievsky", Edwards nos cuenta la historia de 'El Poeta', protagonista de nombre incierto que sintetiza las personalidades de su amigo, el fundamental escritor Enrique Lihn y de él mismo, quien será testigo de los avatares políticos y culturales de la segunda mitad del siglo XX en la Chile de los años 50 y 70, Roma, París y la efervescente Cuba revolucionaria. El escritor chileno nos cuenta la historia a través de un narrador que duda, tantea y se cuestiona. Una voz tan interesante como la de su novela anterior, "El inútil de la familia". "Inventar un buen narrador es lo primero por hacer antes de escribir una novela. Y creo que mi narrador tiene algo que ver con el de un escritor latinoamericano que no se conoce nada fuera de Brasil, que es Machado de Assis. El suyo era un narrador muy bromista, que se equivocaba, que podía dudar, pero que lo hacía con fluidez y naturalidad. El interés de una historia depende de la forma en que uno la cuenta", señala.
Un narrador que duda al contar una historia es el que mejor sintoniza con el mundo de hoy, en que se acabaron las certezas...
La certeza es hasta sospechosa. Los tipos demasiado convencidos de las cosas resultan hasta majaderos. Es obligatorio dudar. Alguien ha dicho que el mío es un narrador conjetural, que puede contraponerse al narrador que pretende saberlo todo. Yo encuentro muy anticuado a ese tipo de narrador autoritario...
Algo que también vincula su novela "La casa de Dostoievsky" con la anterior "El inútil de la familia" es la preocupación por la inutilidad del oficio. ¿Por qué le preocupa este tema?
Quizás sea algo personal. Como yo pertenecí a una familia de gente de acción, de empresa, interesada en el dinero y en la cosa práctica...
Su familia es dueña del Banco Edwards en Chile...
Más bien de la rama rica de la familia, aunque esa atmósfera yo también la respiré. Lo único que quería mi padre es que nosotros nos enriqueciéramos y fuéramos como la parte rica de la familia. Porque el banco era de su primo hermano. Él trabajaba como empleado allí y le pagaban pésimo. Lo explotaban. Cada vez que pedía un aumento de sueldo, le decían: "Para qué quieres aumento, cuando tienes casa, comida y ropa limpia?
Los peores explotadores suelen ser los miembros de la propia familia.
Los peores. Y él abandonó el banco, se fue de Valparaíso a Santiago, y se dedicó a cosas completamente diferentes. Pero, claro, como yo vivía en un ambiente en el que había que hacer cosas 'útiles', hacer poesía me parecía lo inútil por esencia. Tanto así que cuando comencé a escribir se lo escondí a la familia. La sensación de inutilidad era muy marcada por mi padre. Por ejemplo, cuando en la casa se referían a Joaquín, el hijo del hermano mayor de mi abuelo, se hablaba de "el inútil de Joaquín". Era el tarambana, el perdido, era peor que yo, que es bastante decir. Era un jugador empedernido y se perdía en prostíbulos. Y le gustaba desaparecer. Siempre los amigos salían en excursiones a buscarlo y lo encontraban en hoteles de mala muerte. Causaban terror en mi familia.
Me llamó la atención que en la presentación de la novela en Buenos Aires, Álvaro Pombo, uno de los jurados, haya dicho que esta novela "demuestra que los poetas son malas personas, aprovechadores, astutos, que viven de becas". ¿Está de acuerdo con esta definición?
(Ríe) No, no totalmente de acuerdo. Lo que pasa es que los poetas son desvalidos. Pienso en César Vallejo, en Rimbaud, etc. Los poetas chilenos menos conocidos, también. Y además provocan un sentimiento de protección en las mujeres. Es lo que pasa con Teresita, personaje de la novela, quien desarrolla un fuerte sentimiento maternal con respecto a 'El Poeta'. Ella primero es su musa, después su amante, y después, su mamá.
¿Al escribir sobre 'El Poeta', recordó mucho a Enrique Lihn?
Sí, claro. Pero hay otra cosa: Hace 25 años, Enrique Lihn me contó la siguiente historia: él arrendaba en Santiago un dormitorio en una casa vieja, que era un caos. En esa pieza se empezaron a acumular sus cachivaches. Tanto, que un día le costó abrir la puerta. Entonces, tomó la determinación de salir por la ventana y no volver más. Lo dejó todo tirado allí. Y yo escribí a partir de eso un cuento largo que empezaba con la adolescencia de este poeta, su vida universitaria y que terminaba cuando el poeta salía por la ventana. Se lo di a leer a amigos y siempre me decían que aquello era una novela sin escribir. Finalmente me dediqué al asunto y salió de allí la novela.
¿La identificación de Lihn con el gobierno de Fidel Castro no minó en algún momento la amistad de ambos?
Lihn fue militante del Partido Comunista y yo no. Y en Cuba él dejó de militar. El se afilió a unas líneas medio anarquizantes que había en los comienzos de la revolución cubana, una línea medio trostkista, qué se yo. Quedó mal con el partido comunista chileno y después del Caso Padilla, quedó mal con Cuba.
Es curioso que usted haya tenido una relación tan cercana con Pablo Neruda cuando todos sus amigos, como Enrique Lihn, denostaban del poeta. ¿Cómo sobrellevó esta situación?
No fue fácil. Yo pude ser amigo de Neruda porque yo había dejado de ser poeta. No había ningún tema de rivalidad ni esas cosas. Pero al mismo tiempo, era amigo de Lihn. En algún momento, con gran ingenuidad, quise juntarlos a los dos. En París, los invité a comer a un boliche italiano. Y fue terrible. Al comienzo todo marchaba más o menos bien, pero hubo un momento en que Lihn habló mal de un músico que era muy amigo de Neruda. Y creo que Lihn fue muy injusto, porque ese músico era un tipo de un gran sentido del humor, pero Lihn se refirió a él como un payaso. Neruda montó en cólera y se acabó la conversación. Así que fracasé en mi intento pacificador. Tal vez lo hice para resolver mi esquizofrenia de ser amigo de ambos. Después yo me fui alejando de Neruda. Cuando Neruda me propuso ir a París, a trabajar en la embajada, fui reticente, y mi mujer, que era más antinerudiana que yo, me advirtió que me iba a volver loco. Pero fui. Era difícil ser amigo de Neruda al final de su vida, porque cuando él estuvo enfermo, en vísperas del Premio Nobel, le cargaba mucho trabajo a uno. Era un poco explotador...
Hace poco ha publicado su correspondencia con Neruda. ¿Le sirvió eso como una forma de deshacerse de él?
Eso fue una iniciativa de un diplomático chileno radicado en Nueva York que descubrió esas cartas en un archivo en la universidad de Princeton, a la que se las vendí por tres pesos, en una época complicada para mí, a mediados de los setenta, cuando estaba en Barcelona en una especie de exilio. Luego en la Fundación Neruda encontró otras más y con ello se armó el volumen. Yo fui reticente con ese libro. Me parece que es una correspondencia que confirma un poco mi alejamiento de Neruda. Es una correspondencia que lo presenta como un pedigueño, en las que pasa pidiéndome cosas. Desde que le consiga una correa elástica especial para poner las maletas encima de los automóviles, los papeles para su regreso a Chile, hasta que le compre unos tambores en una casa de anticuarios en París.
Los problemas de ser amigo de un empedernido coleccionista...
Y yo no era coleccionista de nada. Solo conservo unas cosas que le sobraron a él. Como subproductos ínfimos de sus colecciones. Neruda era insoportable como coleccionista, absolutamente obseso...
¿Neruda aceptaba negativas?
Era difícil. Yo le dije que no a algunas cosas y se quedaba muy molesto. Yo perdí tiempo con él, pero también aprendí cosas, sobre todo a mirar los objetos y encontrar en ellos un interés que fuera más allá.
"La casa de Dostoievsky", además de hablarnos de los poetas de su generación, también da cuenta de la ciudad de Santiago que vivió su generación. ¿Qué queda de ella?
Quedan restos fósiles, como las marcas de un pescado en una roca. Ese Santiago desapareció casi íntegramente. Por ejemplo, el Club de los hijos de Tarapacá, que era un lugar increíble en los altos del café Bosco. Se accedía a él subiendo una escalera cochambrosa y maloliente. Allí nos juntábamos con los poetas mayores, los surrealistas, los del grupo de la Mandrágora. También estaba Nicanor Parra, pero siempre en un grupo aparte. La gente ya no sabe que existían esos lugares. Bajábamos la escalera cuando ya estaba amaneciendo, y era una sensación curiosa. Se acercaban unas señoras uniformadas del Ejército de Salvación para salvar nuestras almas perdidas. Y nosotros llevábamos un círculo negro alrededor de la boca, producto de los vinos malos que tomábamos. Partía a mi casa, que no quedaba muy lejos de allí, caminando por La Alameda, muy asustado de que mis padres me vieran con ese círculo negro de vino.
¿Tiene alguna respuesta que explique por qué Chile es un país de poetas?
No lo sé. Aunque hay novelistas también, en Chile hay poca cultura de lo que es una novela. La gente, generalmente, es desafecta a lo novelesco. En cambio, leen fácilmente un poema. Hay una gran atención puesta en los poetas, mucho mayor que en los novelistas.
PERFIL
NOMBRE. Jorge Edwards (Santiago, 1931)
TRAYECTORIA. Graduado en Derecho por la Universidad de Chile (1958), comenzó la carrera diplomática y fue nombrado secretario de la Embajada de Chile en París en 1962, donde trabó amistad con Vargas Llosa, García Márquez y Cortázar, entre otros. En 1971, el gobierno de Allende lo envió como embajador a la Cuba de Fidel Castro, puesto en el que estuvo apenas tres meses por sus discrepancias con ese gobierno, siendo obligado a salir del país. Aquella experiencia la cuenta en "Persona non grata" (1973). Fue enviado de nuevo a París, bajo las órdenes de Pablo Neruda. Tras el golpe de Pinochet, se vio forzado a abandonar la diplomacia, exiliándose en Barcelona (España).
PREMIOS. Entre los principales se cuentan el Premio Nacional de Literatura (1994) y el Premio Cervantes (1999).
NOVELAS. "El peso de la noche" (1965), "Persona non grata" (1973), "Los convidados de piedra" (1978), "El museo de cera" (1981), "La mujer imaginaria" (1985), "El anfitrión" (1988), "El origen del mundo" (1996), "El sueño de la historia" (2000), "El inútil de la familia" (2004). "La casa de Dostoievsky" (2008).