Por Hugo Palma. Embajador en Japón
Próximos a un nuevo aniversario de las primeras utilizaciones de las armas atómicas, conviene considerar que por absurdo que parezca, tales catástrofes pueden repetirse. Recientemente visité Nagasaki, como antes Hiroshima, recorriendo los memoriales recordatorios de la ciudad más cristiana del Japón desde San Francisco Javier, cuyos seguidores mantuvieron su fe durante dos siglos de persecución religiosa.
La emoción que produce el recorrido es grande, pues una cosa es saber que las armas nucleares destruyeron ciudades y mataron y estropearon a centenares de miles de personas, y otra muy distinta conocer el cuadro de muertos, heridos y destrucción. La situación de los 'hibakushas', personas afectadas directamente por los ataques nucleares, sigue siendo tema actual en Japón.
Podría suponerse que la demostración irrefutable del poder destructivo de las armas nucleares y su capacidad de infligir daño a los civiles --porque es un hecho que tales armas solamente tienen sentido contra ciudades-- provocaría la más amplia y permanente movilización de estados, instituciones y personas contra la amenaza o utilización de tales armas y contra su existencia misma.
Creer que las armas nucleares no serán nuevamente utilizadas por la horrorosa pérdida de vidas humanas y destrucción de todo tipo que causarán, es solamente una expresión de deseos y no puede verificarse. La única garantía de que las ciudades y sus habitantes en cualquier parte del mundo no sean las próximas víctimas de armas nucleares, es que estas no existan. Y esto no es una expresión de deseos, sino obligación asumida en el Tratado de no Proliferación de Armas Nucleares de 1968 (TNP), que hoy cuenta con 188 miembros. Los países, según el caso, no deben adquirir armas nucleares o deben negociar de buena fe su eliminación.
La situación no es nada tranquilizante, pues mientras la mayoría de los países ha cumplido su obligación de no adquirir armas nucleares, los países poseedores de estas armas no han cumplido ni hacen lo suficiente para cumplir las suyas. Hace casi diez años que la Conferencia de Desarme de Naciones Unidas en Ginebra, donde debería negociarse la reducción y eliminación de las armas nucleares, ni siquiera acuerda una agenda. Países como India, Israel y Pakistán no son miembros del TNP y ya poseen arsenales de estas armas. Otros, como Corea del Norte e Irán, que sí lo son, para dotarse de armas nucleares desconocen sus obligaciones y desafían la comunidad internacional, generando enorme inestabilidad y riesgo pues a mayor número de poseedores mayores posibilidades de que se empleen.
La cuestión esencial es que no cabe exigir a unos el cumplimiento de obligaciones y a otros no. Que los países poseedores de armas nucleares no reduzcan y eliminen tales armas ha sido y seguirá siendo el aliciente principal para que otros países procuren obtenerlas. Además, aunque difícil no es imposible la utilización terrorista de armas nucleares o las llamadas bombas sucias que no explotan pero difunden radiación. Adicionalmente, sería ingenuo suponer que hay absoluta responsabilidad en la creación y manejo de esos artefactos. El científico pakistaní que creó las armas nucleares de ese país y estuvo algún tiempo en arresto domiciliario por haber facilitado información y posiblemente equipo para fabricarlas, ha sido ya reivindicado y hace poco un avión militar transportó armas atómicas, sin saberlo, dentro del territorio de EE.UU.
Lamentablemente, parecería que países y sociedades se hubieran vuelto complacientes con la amenaza de las armas nucleares. Incluso los países de América Latina, que adoptaron en 1967 su único acuerdo de desarme, el pionero y notable Tratado de Tlatelolco de No Proliferación Nuclear, dejaron pasar desapercibido su aniversario 40. Como las armas nucleares no se emplean desde hace seis décadas, estamos cayendo en el facilismo de creer que no se usarán, sin que haya absolutamente nada que lo asegure. Es horrible pensar que pueda ocurrir, pero es irresponsable suponer que es imposible.