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¿Lucro versus moralidad?

Rincón del autor. Aliviar la pobreza y hacer un buen negocio. La receta, que aplican algunos empresarios, es que el lucro y la mejora social pueden y deben ir de la mano

Por Richard Webb

"Es un escándalo", dijo Mohammed Yunus, Premio Nobel de la Paz y fundador de Grameen Bank, el más renombrado programa de microcrédito en el mundo. Fue su comentario ante las noticias de las fabulosas ganancias logradas por los dueños de Compartamos, un exitoso banco de microcrédito mexicano. Vendiendo apenas un tercio de su capital, los accionistas se hicieron de 458 millones de dólares. "El microcrédito debe consistir en proteger a los pobres de los prestamistas, no someterlos a nuevos usureros", dijo Yunus.

Otras personalidades se sumaron a la indignación. La directora del proyecto de apoyo a las microfinanzas del Banco Mundial dijo que el microcrédito no sobrevivirá si deja de ser ético. El presidente de una ONG acusó a Compartamos de usura. No se debe lucrar con el dinero de los pobres, decían los que protestaban.

Todo esto contrasta vivamente con el argumento "La fortuna en el fondo de la pirámide," libro best seller que afirma que los cuatro mil millones de pobres en el mundo constituyen un masivo mercado potencial, y que orientar la producción hacia esa población sería una forma de matar dos pájaros de un tiro, aliviando la pobreza y haciendo un buen negocio. Para el autor, C. K. Prahala, el lucro y la mejora social pueden y deben ir de la mano.

Desde hace algún tiempo, y sin necesidad de leer su libro, empresarios peruanos vienen aplicando la receta de Prahala, haciendo fortuna con productos más baratos y mejor adaptados para la población de bajos ingresos, como es la ropa de Gamarra, los baldes de plástico, las nuevas gaseosas, las zapatillas chinas, los mototaxis y los celulares prepago. Las comuneras en la sierra ahora visten chaquetas y pantalones de fábrica, ahorrándose los meses de trabajo que cuesta tejer las vestimentas tradicionales.

El fabricante de Gamarra está imitando el camino de los empresarios pioneros de Europa y Estados Unidos de hace dos o tres siglos, quienes forjaron la Revolución Industrial aplicando la tecnología y los métodos modernos de distribución para abrir mercado, no entre la aristocracia sino la población mayoritaria. La casi eliminación de la pobreza en esos países fue el resultado, no de obras de caridad ni del trabajo de ONG, sino de la producción en gran escala y del abaratamiento de las necesidades básicas de la población. El motor de ese desarrollo benéfico fue el lucro, y no la responsabilidad social de los industriales de Manchester, Detroit y Pittsburgh. Algunos dejaron grandes fortunas para obras de bien social, creando por ejemplo las fundaciones Carnegie, Rockefeller y Ford, y hoy Bill Gates hace lo mismo, pero mucho más grandes fueron las fortunas que se quedaron en manos de los ricos, fortunas que sin duda alguna se lograron lucrando con el dinero de los consumidores pobres.

Quizá la mejor ilustración de la receta de Prahala es el crecimiento como espuma que ha experimentado el microcrédito en muchos países en desarrollo, entre los cuales el Perú es un caso excepcional.

El éxito de Compartamos en México tuvo incluso un precursor en el Perú en la figura del especialista enviado por el gobierno de Alemania para asesorar en la creación de las cajas municipales de ahorro y crédito, proyecto que ha tenido un extraordinario éxito al darle al pequeño empresario una oportunidad para hacer negocio sin caer en manos del carísimo crédito de un prestamista. Cuando el especialista alemán terminó su labor en el Perú, se dedicó a replicar lo hecho aquí en otros países, ya no como mero asesor sino como accionista, y hoy es el dueño multimillonario de veinte bancos de microcrédito. Me quito el sombrero. Que vivan la moralidad, la caridad y la responsabilidad social. Pero no despreciemos el poder transformador del lucro.

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