Por Sergio Muñoz Bata. Periodista
Después de un extenuante viaje al exterior cuyo éxito rebasó por mucho todas las expectativas, Barack Obama ha vuelto a casa respondiendo a quienes le criticaron por ausentarse del país en plena campaña presidencial con un argumento que, con impecable lógica, vincula la resolución de algunos de los grandes problemas nacionales a una agenda de política exterior razonada y razonable.
La aclaración viene a cuento porque desde el momento en el que anunció su viaje al extranjero sus críticos, en los sectores más chauvinistas del país, le acusaron de insensibilidad ante los problemas nacionales. Tampoco han faltado quienes siguen sugiriendo que el aplauso de 200.000 personas en Berlín ni tendrá eco en Peoria, Illinois, ni le dará votos en Denver, Colorado. Difiero con los críticos y a los hechos me remito. Considere, por ejemplo, cómo durante una conferencia de prensa en Iraq, Obama situó la ocupación militar en el contexto adecuado al definirla como un tema internacional pero cuya verdadera trascendencia es nacional.
Después de oír el análisis del general David Petraeus, sobre las inconveniencias de fijar un horizonte definido para retirar a las tropas estadounidenses de Iraq, Obama reafirmó su convicción de que en caso de ganar la presidencia, estas saldrían en un plazo de 16 meses y subrayó que la decisión de cómo emplear el dinero de los contribuyentes no le corresponde a las Fuerzas Armadas, sino al presidente. Y agregó: "No podemos continuar gastando US$10.000 millones al mes en Iraq en un momento en el que tenemos tantas necesidades urgentes en Estados Unidos".
Este domingo, en su intervención durante un foro con periodistas minoritarios en Chicago, Illinois, Obama le dio un nuevo giro a su tesis al señalar que el tema de la inmigración solo se resolverá integralmente cuando se le enmarque en su contexto internacional, se reconozcan las necesidades laborales de ciertos sectores de la economía y se procure la cooperación de los países vecinos.
Siguiendo el hilo de la propuesta de Obama yo la extendería para sostener que no solo está en lo correcto sino que ningún enfoque de los grandes temas de la agenda nacional, como por ejemplo el de la seguridad nacional, el combate al terrorismo y al narcotráfico, la política energética del país o la economía nacional, tendría sentido si no se le vincula a una agenda de política exterior que privilegie la cooperación sobre la confrontación.
Reconozco que el nacionalismo es una de las características definitorias de los estadounidenses y que su provincialismo a menudo les lleva a desconfiar del extranjero. Sin embargo, según revela una encuesta reciente del Pew Research Center, por primera vez en la historia la mayoría de los votantes estadounidenses cree que la pérdida de respeto internacional a su país es un problema mayor.
Lo que Obama ha mostrado con este viaje al exterior es que mejorar la imagen del país no es imposible. Considere por ejemplo que aun cuando, según la misma encuesta, el 34% de los alemanes entrevistados declaró no tener ninguna simpatía por los estadounidenses y seis de cada diez alemanes piensan que EE.UU. se precipita inexorablemente hacia la ruina, hace apenas unos días más de 200.000 berlineses se congregaron en las calles de la ciudad para oír entusiasmados el discurso de un político estadounidense que no se parece ni a ellos ni a los políticos que los representan y para aclamarlo no solo porque no se parece nada al actual presidente de EE.UU. sino porque le creyeron su promesa de cambio y les gustó la idea de tener un ciudadano estadounidense que se ve a sí mismo como ciudadano del mundo.