Por: Juan Paredes Castro |
El nuevo presidente del Congreso, Javier Velásquez Quesquén, tiene el buen propósito de basar su gestión parlamentaria en un entusiasta esfuerzo de concertación que, por lo visto, dista mucho de las intenciones e intereses de su principal socio: el fujimorismo.
Esto quiere decir que si la concertación que pretende impulsar Velásquez Quesquén al interior del Congreso no comienza por casa, es decir, por el ámbito de la alianza constituida recientemente, así sea para cuestiones de votación y nada más, no podrá llegar más lejos. Es más: el poder mismo del nuevo líder del Legislativo empezará a deteriorarse rápidamente.
A esta crucial situación abona el hecho de que la lideresa del fujimorismo, Keiko Fujimori, y su colega y gonfalonero más cercano, Carlos Raffo, insisten en reclamar públicamente la cabeza del primer ministro, Jorge del Castillo, como parte de lo que sería un acuerdo en la sombra que el Apra debería apresurarse en desmentir oficialmente antes de que todo el mundo termine creyendo que es cierto.
De la misma manera como el Partido Popular Cristiano y Solidaridad han trazado por ahora una línea de escisión que los pone de este y del otro lado, el Apra y el fujimorismo, aunque no forman parte de una alianza formal, traen consigo a esta nueva legislatura un pacto de votación y compromiso político que tiene la obligación de ser veraz y transparente y de por lo menos insinuar qué persigue, si afianzar la democracia, con sus fines y medios, o servirse mutuamente en el puro y concreto terreno de los intereses partidarios.
Velásquez Quesquén tiene que saber que su proyecto de concertación a distintos niveles del Congreso exigirá de todas sus partes una clara voluntad de ceder y conceder y otra de eliminación drástica de camisas de fuerza. De otra manera estaría confundiendo una concertación a favor de la mejora laboral y moral del Congreso por un ejercicio de toma y daca, es decir de servidumbre y acomodos por debajo de la mesa. Si este es el tipo de concertación que piensa llevar adelante Velásquez Quesquén y que se parece mucho al producto final que generó su victoria por la presidencia, no hay nada que anuncie un cambio real y efectivo en el Congreso.
La primera señal de que la concertación prometida podrá abrirse paso en el Congreso será aquella que no traiga ningún condicionamiento político sectario ni peor aun, el pedido de cabeza de alguien como el primer ministro.
Ese es el reto de Velásquez Quesquén y, por supuesto, también de su partido, el Apra.