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LA NUEVA LIMA VISTA DESDE LOS OJOS DE UN CHILENO

Impresiones limeñas

Por Jorge Edwards (*). Escritor

Lourdes Flores acaba de acusar a Alan García de ser el "presidente de los ricos". Es una vuelta de mano, puesto que García, durante la campaña, la acusó de ser la "candidata de los ricos". Ahora bien, no siempre los candidatos, cuando llegan al gobierno, hacen lo que se espera de ellos. En el caso de Alan García, la sorpresa fue su cambio extremo, desde las posiciones demagógicas, estatistas, populistas, de su primera presidencia, hasta su actual descubrimiento del mercado. El Apra antiguo, el de Víctor Raúl Haya de la Torre, el de los años 50 y 60, un movimiento que alcancé a observar en toda su retórica en una concentración en la plaza principal de Trujillo a mediados de 1970, tenía una fuerte corriente nacionalista y antiimperialista. A pesar de eso las cabezas más destacadas del aprismo habían empezado a revisar los dogmas políticos de los comienzos. Me acuerdo de algunas conversaciones con Luis Alberto Sánchez en aquellas semanas de vísperas del triunfo de Allende en Chile. En una ocasión, en mi casa de consejero de la embajada chilena en Lima, mientras esperábamos a Pablo Neruda, Sánchez, que tenía una lengua acerada, chispeante, me comentó lo siguiente: si Pablo Neruda es comunista, quiere decir que yo soy chino. El poeta llegó tarde, ya que había sido convocado a una conversación con el presidente Velasco Alvarado en la casa de gobierno, y todo desembocó al final en un encuentro amable alrededor de un seco de cordero. Uno de los testigos de ese almuerzo me lo acaba de recordar ahora en Lima.

El problema de la militancia del poeta de "Canto General" no era tan simple como lo mostraba Luis Alberto Sánchez, pero a mí me parecía observar, en cualquier caso, que ya en la plana mayor del Apra había un proceso de revisión doctrinaria bastante profundo, acompañado por una clara y reveladora distancia con respecto a los primeros pasos del castrismo. No es extraño, entonces, que el Alan García de la segunda presidencia demuestre a cada rato algo que se podría llamar aceptación de las leyes del mercado, de las realidades implacables de nuestro vilipendiado sistema capitalista.

Asistí recién a la Feria Internacional del Libro de Lima y me moví en general por los sectores burgueses y de clase media de la capital peruana, por Miraflores, por San Isidro, hasta llegar a los recintos feriales en las cercanías del Hipódromo de Monterrico y junto a grandes moles de supermercados cuyos nombres conocemos de memoria: Falabella, Ripley. No tuve tiempo de entrar a esos desmesurados galpones y tampoco, para decir la verdad, sentí mucha curiosidad o mucho interés por hacerlo. Me interesa hablar ahora de esta Lima próspera, invadida por los supermercados y las cadenas de farmacias de Chile. Es evidente la limpieza de la ciudad, la calidad y el cuidado de los jardines, la apariencia de las casas y los edificios. En un contexto así, en una prosperidad que parece estrenada hace muy poco, después de años interminables de frustración, de conflicto, la idea de igualdad no figura, ni mucho menos, en la primera línea de las preocupaciones. Estamos en Lima, la horrible, para citar al desaparecido Sebastián Salazar Bondy, y estamos a la vez en Montparnasse, en Saint-Germain-des Près, en el East Village de Nueva York.

Por lo menos, Alan García ha conseguido hasta este momento alcanzar unos resultados notables en las cifras de la llamada macroeconomía. No ha entrado a fondo en el tema de la desigualdad o, si quieren ustedes, de la igualdad de oportunidades, pero sus anuncios públicos más recientes van en esa dirección. Por mi parte, veo las cosas con optimismo y con mirada latinoamericana. Si Perú se desarrolla bien, en forma sostenida, el cono sur de América Latina puede cambiar en forma sorprendente. Además, en la Feria del Libro noté un fenómeno que no es menor. Los recintos no son tan grandes como los chilenos pero el público era numeroso, entusiasta, ávido de lectura y de contacto con los autores, comprador de libros. Me hago entonces, en vista de esto, una composición de lugar. Es probable que en una primera etapa el crecimiento económico peruano sea tan poco igualitario como el nuestro. Pero, a lo mejor, y a diferencia del nuestro, es un crecimiento con libros, con lectores, con una energía y una curiosidad intelectual que nosotros no hemos conocido. Y en ese caso, los anuncios de Alan García de que la economía peruana va a sobrepasar pronto a la chilena tendrían sentido. La lectura puede cambiar la orientación del desarrollo económico e influir en las prioridades. Nosotros, en nuestra angosta faja de tierra, llevados por nuestro realismo mezquino, por nuestra complaciente picardía, por la suposición, la ingenua suposición, de que sabemos más que todos los otros, no creemos ni creeremos nunca que esto pueda ocurrir. Y somos los mayores especialistas de América del Sur en los desarrollos frustrados, en los panes que se queman en las puertas de los hornos. ¿No lo sabían ustedes? Pues bien, recomiendo imitar a los limeños de estos días, ya que no pude viajar hasta un poco más lejos: pónganse a leer libros, y a pensar, aparte de trabajar. Yo leo "La casa de cartón", de Martín Adán, y me digo para mis adentros: es menos ingenuo que el Vicente Huidobro de las "Tres inmensas novelas" y menos latero que el Juan Emar de "Umbral". Pero esto, por favor, y para citar a mi amigo Jaime Bayly, no se lo digan ustedes a nadie.

(*) EXTRAÍDO DEL ORIGINAL CEDIDO POR "LA SEGUNDA" DE CHILE, DIARIO DEL CUAL JORGE EDWARDS ES COLUMNISTA EXCLUSIVO.

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