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CRÍTICAS. Películas del día

Tropa de élite

Por Alberto Servat

A primera vista se podría decir que estamos frente a una película efectista porque apuesta por una narrativa en constante movimiento, escenas violentas imparables y un estilo visual heredado de MTV. Pero conformarnos con esa idea sería irresponsable de nuestra parte y no haríamos justicia a una película que se distingue entre muchas otras de su propio género, porque "Tropa de élite", de José Padilha marca una tremenda diferencia con un discurso diferente, porque centra su atención en un personaje extraño en estos días: el policía honesto. En una época de exaltación del crimen, donde muchas veces compartimos el punto de vista de los criminales en la pantalla, contar la historia de un agente de la ley en Latinoamérica que cree en la justicia y es tan obstinado que enfrenta la corrupción institucional es un caso aparte.

El capitán Nascimento (Wagner Moura) debe elegir un sucesor antes de que el cumplimiento del deber termine con su estabilidad emocional. Los dos candidatos son Neto (Caio Junqueira) y Matias (André Ramiro), quienes se conocen desde la infancia y forman parte del mismo escuadrón.

Pero no se trata de un fresco en donde los personajes oscilan entre el bien y el mal. Al contrario, la mezcla de valores, la mirada crítica, la intranquilidad social son elementos que enriquecen un relato que por momentos es conmovedor y por otros visceral como su sensacional arranque en medio de las favelas, en una chirriante fiesta en Babilonia. A partir de ese momento sabemos qué terreno estamos pisando y hacia dónde nos conduce su director, porque se vale de la voz en 'off' del protagonista para dar sentido al relato. Se puede reprochar el discurso casi literario, pero es interesante de comienzo a fin porque no siempre las imágenes son lo que parecen. Entonces el filme adquiere fuerza y nada resulta redundante. Es curiosa la manera en que Padilha rinde tributo a los hombres que día a día arriesgan su vida por un ideal, sin recibir mayor paga ni reconocimiento alguno. En contraste, sitúa a los estudiantes universitarios, "chicos bien" con sensibilidad social, que en medio de su inconsciencia contribuyen con el narcotráfico por el solo hecho de comprar hierba u otras drogas. Y deja en claro que no son las buenas intenciones las que cambiarán la realidad social, mucho menos el camino hacia la justicia. "Tropa de élite" nos deja un sinsabor cuando comprendemos que no hay nada resuelto en un tema tan complejo como es la violencia urbana. Pero a la vez es un excelente ejercicio cinematográfico con personajes verdaderamente humanos a los que muchas veces no prestamos atención.

POSTALES DE LENINGRADO
Por José Carlos Cabrejo
Es difícil entender la cantidad de reconocimientos que ha recibido esta película de la venezolana Mariana Rondón en festivales del extranjero. A partir de una historia sobre unos niños que conciben de manera fantasiosa las vivencias de sus padres como guerrilleros en los años sesenta, "Postales de Leningrado" es un licuado kitsch de personajes pintorescos que parecen salidos de un culebrón caribeño, secuencias de animación impostadas, una voz en 'off' infantil que destila una retórica cursi, diálogos por momentos casi ininteligibles, y de otras perlas más.

Se podría hacer una lista casi interminable de momentos antológicamente irrisorios que desfilan a lo largo de la película: el inicio con imágenes collage al estilo de Amélie, pero sin un ápice de ese humor de la exageración y del absurdo que maneja muy bien Jean-Pierre Jeunet; las escenas con el chancho llamado Pedro, cuando es cercenado o sus miembros son objeto de disputa para algunos personajes; el montaje paralelo entre las imágenes de un guerrillero torturado con inmersiones en agua y las de él con su traje de buzo, a quien un infante se refiere como el "hombre rana", etc.

Que una película apueste deliberadamente por lo estrafalario no la hace mala per se. El problema es que el estilo estrambótico de "Postales de Leningrado" se siente excesivamente postizo ante un tema de serias resonancias políticas y, además, afectado por una búsqueda poética (encarnada en la ya mencionada voz en 'off' del niño) demasiado enfática. Por ello, la cinta se siente como un artificioso ejercicio de mal gusto.

¿Pero acaso lo bizarro y lo político son incompatibles en el séptimo arte? Por supuesto que no. Recordemos las alocadas pero fascinantes visiones de la política en el cine del yugoslavo Dusan Makavejev.

En síntesis, podemos afirmar que "Postales de Leningrado" es una película verdaderamente fallida.

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