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EL MEJOR BOOKER

El parto de las naciones

LOS HIJOS DE LA MEDIANOCHE, DE SALMAN RUSHDIE, FUE ELEGIDA RECIENTEMENTE COMO EL MEJOR PREMIO BOOKER DE TODOS LOS TIEMPOS, CON OCASIÓN DE LOS 40 AÑOS DEL GALARDÓN, EL MÁS PRESTIGIOSO DE LAS LETRAS INGLESAS. LA NOVELA GANÓ EL BOOKER EN 1981 Y EL BOOK OF BOOKER EN 1993

Por Peter Elmore

Novela polémica y humorística, histórica y fantástica, Los hijos de la medianoche es el texto más importante y valioso de Salman Rushdie. Epopeya tragicómica de los orígenes de tres Estados nacionales -la India, Pakistán y Bangladesh-, Los hijos de la medianoche es también un ejemplo mayor de agudeza satírica y una celebración exuberante de los fastos de la escritura. Como en El tambor de hojalata, de Günter Grass, y en Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, en Los hijos de la medianoche el territorio libre e imaginativo de la ficción revela las encrucijadas, las crisis y los dilemas de la realidad histórica. A la geografía desmesurada de un subcontinente de pasado milenario le corresponde un texto de escala mayúscula y estructura vigorosamente intrincada. De ahí que, en la obra maestra de Rushdie, la palabra del narrador no sea nunca parca y los personajes -que abundan en el operático reparto del relato-suelan distinguirse por la estatura inusual de su experiencia.

El acontecimiento del génesis y la apoteosis de la fundación resaltan en los mitos de origen y en los cantares de gesta. Con provocadora irreverencia, Los hijos de la medianoche parodia esas escenas primarias: Saleem Sinai, el locuaz y extravagante antihéroe que cuenta el relato, nació al filo de la medianoche del 15 de agosto de 1947, en el instante exacto en que el imperio británico cedió su autoridad a la república independiente de la India.. El azar de los calendarios convierte al personaje no solo en una celebridad, sino en un curioso -y ambiguo- símbolo nacional: "Los diarios me festejaron. Jawaharlal Nehru escribió: ´Querido bebé Saleem, recibe mis tardías felicitaciones por el feliz accidente de la hora de tu nacimiento. Eres el más reciente portador del antiguo rostro de la India, la eternamente joven. Seguiremos con atención los pormenores de tu vida, que en un sentido ha de ser un espejo de la nuestra'".

El recién nacido no será, sin embargo, una alegoría viviente de su país, como sugería la carta de Nehru. De hecho, nada ocurre de modo obvio ni de la manera prevista en la novela, pues una corrosiva ironía penetra al mundo de la ficción. Así, por ejemplo, tanto el padre de la nueva república como el progenitor que le da su apellido a Saleem Sinai ignoran por igual que -como en El príncipe y el mendigo, de Mark Twain- el niño emblemático ha reemplazado al vástago verdadero, en virtud de un cambio realizado subrepticiamente por una comadrona: el destino -individual y colectivo- suele decidirse entre bambalinas, al margen de las creencias oficialmente consagradas. Criado en Bombay por una próspera familia de fe musulmana, el protagonista de Los hijos de la medianoche usurpa el lugar del hijo legítimo, el combativo Shiva, que en un giro sorprendente del laberíntico argumento resulta ser el padre biológico de la criatura que, décadas más tarde, Saleem cree haber engendrado. En los órdenes de la familia y la nación, los orígenes se enredan y las herencias no se transmiten en línea recta: entre las generaciones de parientes y compatriotas hay, con frecuencia, puentes precarios y nexos ilusorios.

Pese a la racha de amnesia que lo aqueja durante la guerra que acaba con la secesión del este de Pakistán, el narrador de Los hijos de la medianoche es quien hace de cronista -y, al mismo tiempo, de fabulador- de su propia existencia, que está intensamente unida a la de la sociedad en la que fue dado a luz. Lo privado y lo público, la autobiografía y el registro histórico se trenzan y traban espectacularmente en esta deslumbrante novela. De hecho, Saleem -luego de volver clandestinamente a la India en una mágica "canasta de la invisibilidad"- afirma sentir una "agónica simpatía por la patria que no es solo mi melliza, sino que -por así decirlo- es también mi siamesa, de modo que lo que le pasa a uno le ocurre también al otro". Esa supuesta solidaridad esencial, sin embargo, no deja de ser problemática y cuestionable, como lo demuestra que en un tramo anterior de la novela el mismo personaje se haya identificado con Pakistán. Cáustica y lúcidamente, la ficción pone en escena las fantasías y las certidumbres del nacionalismo para someterlas a una crítica radical. Mil y uno son los seres que en Los hijos de la medianoche comparten el aniversario de la India y llegan al mundo con poderes extraordinarios. Provisto de una nariz hiperbólica y un olfato sobrenatural, el narrador-protagonista tiene la virtud de sentir el mundo en toda su variedad. Tiene también la facultad de conectarse telepáticamente con los otros mil niños que nacieron en el preciso momento del fin del régimen colonial y a los que, más adelante, perseguirá la siniestra Viuda -esa madrastra de la nación en la cual se encarna la caricatura de Indira Gandhi-.

Los jerarcas del país querrían imponer el olvido, pero a su rigor estéril le opone el memorable narrador y protagonista de Los hijos de la medianoche -esa criatura fecunda y excesiva-el goce de la palabra, la apertura de la fantasía y el vigor crítico de la denuncia. Con ésta, su mejor obra, el novelista Salman Rushdie prueba con brillo que un gran relato político e histórico puede conducir al conocimiento de la realidad por la vía de la invención.

CONDENADO A LA FAMA
La fama mediática le llegó a Salman Rushdie con una sentencia de muerte: el ayatolá Jomeini le puso precio a su cabeza (3 millones de dólares) en 1989, bajo la acusación de apostasía, a raíz de la publicación de Los versos satánicos, una novela cargada de símbolos y referencias alegóricas sobre el mundo islámico, que según el fundamentalista régimen iraní ofendía la fe de millones de musulmanes. Sin embargo, la historia, la religión, la mitología, son recursos propios -la notable Los hijos de la medianoche es una prueba de ello- de un autor que ha vivido entre las orillas de tres culturas. Nacido en Bombay, en 1947, se trasladó en su juventud a Pakistán y luego a Gran Bretaña, donde estudió e inició su carrera de escritor. Salman Rushdie es, por así decirlo, producto del oriente mítico indo-paquistaní y de la Europa ilustrada. Y toda su obra ha sido un permanente diálogo con su origen en contrapunto con el mundo occidental. Esa es la síntesis de su realismo mágico.

Durante los nueve años que duró la fatwa (condena a muerte por motivos religiosos), Rushdie vivió prácticamente en la clandestinidad. En más de una ocasión ha contado lo terrible que era cambiar de domicilio hasta siete veces en diez meses. Pero la pena tuvo un efecto inverso: su popularidad engordó con el tiempo. Y él saltó de la clandestinidad a las luces del cine (ha aparecido en El diario de Brigdet Jones y últimamente en Then She Found Me de Helen Hunt) y de ahí a las portadas de las revistas del corazón (se casó por cuarta vez con una bella modelo india, Padma Lakshmi, veintitrés años menor, de quien se separó el año pasado). Luego, fue nombrado caballero por la reina Isabel II y después elegido presidente del Pen Club norteamericano. La mayoría lo ve más como una celebridad que supo salir de las catacumbas y no como el gran escritor que es, aunque la docena de libros publicados no hayan superado a su célebre Los hijos de medianoche. En mayo lanzó en Nueva York su última novela, The Enchantress of Florence (La hechicera de Florencia), que, según las primeras críticas, nos devuelve al Rushdie escritor. John Sutherland, dos veces jurado del Booker, ha escrito en The Financial Times que si este libro no gana este año dicho premio le echará curry a su copia y se la comerá.

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