Todos queríamos a Santiago. Por simpático, por educado, por servicial. Porque siempre podíamos contar con él. Era un hombrecito morocho y feo, de gestos suaves y delgadez de huérfano, que había crecido en la revista. Caminaba por las oficinas vestido con un overol gris, llevando al hombro sus escobas y trapeadores, y siempre tenía una palabra amable para aquel que se lo cruzaba.
Sus obligaciones como conserje eran muy sencillas. Limpiaba las oficinas por la mañana, antes de que llegáramos, las mantenía relucientes durante el día, y repartía la correspondencia. Además, tenía que aguantar las bromas y los apodos de los choferes y fotógrafos, que no lo dejaban en paz. Bomboncito, le decían, candela debes tener en el poto, ¿no? A cambio, Santiago recibía un sueldo de hambre y un cuartito en el sótano, junto al archivo, donde vivía. Era poco, pero nunca se quejaba. A veces hasta parecía feliz.
A Santiago solo le conocíamos un vicio. Era muy chismoso y le gustaba curiosear en todos lados, incluso las cartas, con tal de saberse la vida y milagros del personal. No importaba cuánto le llamaran la atención, muchos paquetes y sobres llegaban abiertos a su destinatario, con la correspondencia ajada, pero a nadie le preocupaba. Santiago era hijo de Marta, la cocinera del señor Seda, el director de la revista, que lo había traído siendo un crío. Todos confiaban en él, pues este trabajo era su vida.
La tarde en que murió, la revista estaba casi vacía, como cada lunes. Yo era el menor de los practicantes, pero a los mayores parecía caerles bien, y me dejaban acompañarlos a La Casa Verde, una chingana improvisada en un estacionamiento, que quedaba cruzando la calle. Bebíamos ron con Coca-Cola y cerveza negra, y comíamos pejerrey arrebosado y choritos a la chalaca, atendidos por don Pepe, un hombre maduro, calvo y amable, que había invertido con torpeza el dinero de su jubilación y lo había perdido todo, menos esa casa de paredes verdes, donde vivían hacinados él, su esposa, sus hijos y sus cinco nietos.
Era un día tan frío que el tiempo parecía detenido. Sentados en una mesa, frente a una colección de botellas vacías, estábamos Seda; «Tribilín» Pedregal, el subdirector; Edmundo Cortijo, un viejo comunista de mirada serena, jefe de la Unidad de Investigación, y yo.
-¿Está todo listo?
-Me parece que sí.
-La Coordinadora de Derechos Humanos está al tanto y lista para las reacciones. Solo esperan que salte la noticia.
-Tu amigo acertó con el lugar exacto del entierro, Seda. Mañana por la mañana debo ir con dos médicos legistas para echarle una mirada.
-¿Y el fiscal?
-Está de turno el jueves. El desentierro tiene que ser ese día. Es el único con los huevos para asumir la denuncia.
-Parece que ya no falta nada, entonces...¿Tu fuente está tranquila, Edmundo?
-Vengo de reunirme con él. Está tranquilo por ahora. Igual estamos todo el tiempo en contacto por teléfono.
-¿Otra cervecita? -Va a ser un escándalo, carajo...
-¿Cómo creen que responda el Gobierno?
-Tremendo chongo va a ser.
-...Y unos pejerreyes, don Pepe.
Ya anochecía y estábamos por pagar e irnos, cuando la explosión nos sorprendió. El piso tembló y las bocinas y alarmas tronaron. Gritos en sordina, cristales que revientan. Don Pepe se ocultó tras el mostrador:
-Miéchica, un coche bomba.
-Tranquilo, maestro. No ha sido tan fuerte.
Salimos a la calle, donde todo era confusión. Los autos apuraban el paso y los transeúntes corrían desesperados. Una humareda escapaba por las ventanas de la revista, el olor a quemado se arremolinaba en el aire. Por la puerta salían las secretarias, los redactores y fotógrafos de turno. Aunque muy asustados, todos parecían estar bien. Corrimos llevando agua y alguna calma a los más nerviosos.
-Entren, a ver qué encuentran
-ordenó Seda cuando todo estuvo tranquilo.
-Busca una cámara y acompáñame, chiquillo
-dijo Cortijo-. Que te la preste uno de los fotógrafos. Rápido.
Conseguí la cámara y entramos a la revista. Todo parecía estar como lo habíamos dejado, aunque sumido en un banco de humo, denso como la arena. Por momentos debíamos avanzar a tientas.
-Vete al segundo piso y avísame si ves algo. Tápate la boca y la nariz si quieres respirar.
Atravesé la recepción, subí por una escalera de madera vieja y rechinante y llegué a una pequeña antesala, con dos escritorios cubiertos de papeles, donde el humo se había desvanecido. Abajo, Cortijo debía estar abriendo las ventanas y revisando la sala de fotógrafos, los baños, el jardín, el cuarto oscuro. Empuñando la cámara como un arma, avancé por el sombrío pasillo central. Todo parecía en calma: la redacción, la dirección, las oficinas del subdirector y el editor, los suplementos.
-¿Alguna novedad, chiquillo?
-No veo nada, don Edmundo. Acá no pasó nada.
-Acá tampoco. Ven, vamos al archivo.
Volví al primer piso. La humareda se había disipado en todos lados menos en la boca de los escalones que daban al sótano. Bajamos y de nuevo nos sumimos en un ambiente cargado e irrespirable.
-¿Habrá pasado algo en el archivo?
-pregunté.
-No creo. Mira. Al fondo, casi escondida, encontramos una puerta que colgaba de una de sus bisagras. Había sido arrancada por el firme golpe de un estallido, y una de sus caras estaba carbonizada.
-¿Es el cuarto de Santiago?
-Sí. De Santiago. Vamos. Entra. El pulso firme. Y no toques nada.
Un silencio de misa acompañó mis pasos. En ese espacio reducido había vivido un hombre, pensé, y yo lo había conocido. Ahí estaban sus afiches de dibujos animados y telenovelas, rasgados y humeantes. Una mesita con una lámpara sin pantalla. Varias fotos, de su madre y Sarita Colonia. Repisas con unas pocas ropas. Pedazos de papel picado volando. Paquetes y sobres desparramados. Un balde naranja con agua sucia. Un colchón en el piso, partido y en llamas. Un cráter en medio de la habitación. Y regados en desorden, sobre las paredes y los afiches, la mesita, la lámpara, el balde, las repisas y el colchón, los restos de Santiago, achicharrados e irreconocibles.