Por Alberto Servat
Primero quiero referirme a la obra en sí misma porque es allí donde encuentro los puntos de mayor interés. De entrada, "Il Duce" nos permite conocer a un joven dramaturgo capaz de recrear un episodio histórico con buen pulso y seguridad. También tiene el oficio para articular un relato en un determinado número de escenas en las que se mezclan los tiempos con buen ritmo. No comete imprudencias pese a los riesgos que implica recrear el pasado, pero tampoco es solemne en su discurso y nos muestra a los personajes incluso en situaciones domésticas.
Aunque la historia gira en torno a Mussolini, el momento crucial está en su encuentro con Adolfo Hitler. El que se desarrolla en buenos términos, con alguna nota de humor pero sin perder de vista el horizonte al que se quiere llegar. Sin embargo, gran parte del atractivo de la obra no está en ellos sino en otro de los protagonistas del drama: el rey. Concebido con gran originalidad por Chiarella, Vittorio Emanuele III es el más suelto de huesos, tal vez porque al ser un personaje menos conocido ofrece mayor libertad en los momentos de creatividad del autor. Es simplón pero también complejo, odioso y temible en algún instante. Finalmente, el papa Pío XII aparece en una de las escenas más interesantes de la obra, pronunciando un parlamento escrito con gran sutileza. Un momento de la obra perfecto para aclarar el panorama. La contraparte a todos estos caballeros la ofrecen los campesinos fieles al Duce, incluso después de su caída. Es cierto que los diálogos no son lo agudos que podrían ser, pero se agradece el lenguaje correcto y directo que impide cualquier asomo de parodia histórica.
La puesta en escena presenta también aciertos, aunque tiene sus debilidades. En principio, Chiarella, con muy buen oficio, propone un montaje estilizado que, con pocos elementos, nos lleva a la Italia del fascismo. Nada podemos reprochar a un trabajo sobrio y calculado, donde los colores y la música juegan un papel importante y la ubicación de sus protagonistas sobre el escenario es todo menos aleatoria. La gran debilidad, en cualquier caso, viene del trabajo conjunto de los actores que no logran una unidad pese al esfuerzo.
El problema que supone interpretar personajes tan conocidos es que las posibilidades de caer en la caricatura son grandes. Sobre todo porque han sido interpretados tantas veces de la misma manera que se han convertido en caricaturas. Y es lo que sucede habitualmente con Hitler y Mussolini. Por eso, muchos actores terminan pareciéndose más a Chaplin y Jack Oakie de "El gran dictador" (1940).
En ese sentido, Jorge Chiarella como Mussolini cumple parcialmente. Evita arrancar risas fáciles y se comporta con gran sentido del tiempo. Lo que no es nada desdeñable. Pero en mi opinión le falta esa mezcla de autoridad y carisma que convierte a los hombres en caudillos de aceptación popular. Bruno Odar resulta menos efectivo, más arquetípico aunque también se mantiene alejado de la caricatura. Claro que si tuviéramos que hacer una de esas odiosas comparaciones diríamos que resulta más cercano a Jack Benny ("Ser o no ser", de Lubitsch) que a Bruno Ganz ("La caída", de Hirschbiegel).
El rey es un personaje que ofrecer una buena oportunidad de lucimiento para cualquier actor. Marco Zunino tiene la presencia adecuada para interpretarlo, aunque parece que no se siente seguro de sus propias habilidades y resulta más efectivo en la breve escena en la que se revela como un personaje serio. Sin embargo, si lograra espontaneidad a la hora de sus conversaciones con las ratas o las payasadas al teléfono tendría los mejores momentos de la obra.
Puede resultar curiosa la opción de Mateo Chiarella por llevar a escena un episodio histórico como el narrado en "Il Duce". Tal vez su ascendencia italiana tenga algo que ver. Pero si tomamos el pulso al momento que vivimos, esta obra resulta tremendamente oportuna. Las gestas de los caudillos, su trabajo sin tregua, siempre ocurren cuando las clases dirigentes se encuentran sumergidas en la indiferencia y toman distancia de la realidad social de su entorno. Así surgen de tiempo en tiempo los Mussolinis con discursos en donde las palabras "patria" y "libertad" se pronuncian hasta el infinito. Atención a "Il Duce".