Por Ricardo Bedoya
Wall-E es un prodigio del cine de animación. La firma Andrew Stanton pero es un producto de Pixar, la casa de producción especializada en animación digital que hizo cintas como Toy Story, Los increíbles, Cars y Ratatouille.
Wall-E es, pues, resultado de un trabajo colectivo brillante, lo que es típico del cine de animación en todas sus modalidades. Si el cine es siempre un arte de colaboración, lo es más en la animación, sea cual fuere su modalidad, vertiente o estilo. Animar consiste en dar la ilusión de movimiento a objetos que no lo tienen, sean dibujos seriados, marionetas, figuras de alambre, ejércitos de fósforos, personajes de arcilla, cera o goma; pero ahora también a seres y mundos virtuales. Los crean ejércitos de artistas del dibujo, del diseño gráfico o de las técnicas informáticas.
Wall-E es un R2-D2 chatarrero que camina por un mundo futuro y post-apocalíptico con la solitaria compañía de una cucaracha, resistente a todo desastre. Este robot de torpes movimientos se dedica a comprimir desechos metálicos, únicos objetos que recuerdan a la civilización que se asentó alguna vez sobre la tierra. Productor de interminables cubos de basura, que apila en inútiles torres de babel, Wall-E conserva vestigios del pasado. No ha quedado solo la chatarra; también hay por allí algunos objetos mínimos, un cubo de Rubik (inspirador de su trabajo cotidiano), juguetes, imágenes, chucherías convertidas en objetos preciosos de un museo privado.
El mundo virtual que imagina Pixar como escenario del futuro catastrófico es un paisaje desértico en el que solo se divisa el horizonte de unos rascacielos de lata. El ambiente es irrespirable por las tormentas de polvos de colores que recorren el espacio. El futuro se ha convertido en el pasado remoto de los minutos iniciales de 2001, odisea del espacio, pero en vez de animales prehistóricos, de simios y tigres, vemos los desechos de la abundancia pasada, a una cucaracha superviviente y a un representante de la fusión entre la máquina y la inteligencia que lo programó alguna vez.
Por eso, Wall-E, post-humano pero al fin y al cabo androide, es el guardián de la gracia, el encanto y la belleza que desaparecieron ochocientos años antes. En la era de los movimientos programados, él rinde culto a los cuerpos gráciles y a los giros armónicos, al musical de Gene Kelly (ve imágenes de Hello Dolly, dirigida por Kelly en 1969) y a la imagen filmada en el glorioso soporte fotoquímico del cine. Wall-E, encarnación de la era virtual, en un rapto de lucidez, baila como Kelly y Astaire, y satisface sus ojos, que son prismáticos, con la cálida nitidez de la imagen analógica liquidada hace centenares de años en lo que se llamó la revolución digital.
Y entonces llega la violencia. Aparece la asexuada Eva, con modales de villano de western y puntería de Terminator, para dar inicio a la segunda parte de la fábula. Y como en 2001, la violencia nos propulsa al espacio y hasta con los acordes de Así habló Zaratustra. Entramos en una nave espacial controlada por la inteligencia artificial y dedicada a celebrar el consumo de lo inútil.
Los humanos están allí convertidos en seres obesos, asistidos en todo, alimentándose de lo mismo, iguales, indiferentes, Intercambiables. La utopía corporativa del consumidor fiel y estandarizado.
Es imposible no pensar, entonces, en Wall-E como una fábula malvada que parodia hasta a sus propios espectadores. Porque esos teletubbies satisfechos, que reposan alineados mirando siempre en la misma dirección y devorando el combo diseñado por alguna reencarnación del desactivado HAL, se parecen bastante al ideal de espectador al que aspira el cine norteamericano actual.
O, mejor, los programadores de la nave, tiranos de la alta tecnología, no se diferencian de los fabricantes de blockbusters que apuestan a mostrar los anillos de Saturno pero movilizando las reacciones más primarias de su auditorio, figurado como una gran platea de clones.
Wall-E, con la resistencia de una cucaracha y el afán subversivo de V de Venganza, mueve a un ejército de rebeldes robots para volver a recrear la historia de la imagen, desde los trazos rupestres hasta Hello Dolly, pasando. Claro. por Van Gogh.