DEL EDITOR DE OPINIÓN Y POLÍTICA
Por: Juan Paredes Castro |
No sabemos si es demasiado pedirle al Gobierno y al Congreso un balance realmente serio y útil de lo que el Estado hizo y dejó de hacer por la reconstrucción del sur después del terremoto de hace un año.
Quizás no veamos nada más concreto que el balance que en unas ciento cincuenta páginas dejó Julio Favre al abandonar la presidencia de Forsur, organismo que fuera creado para funcionar como una empresa privada y que acabó convertido en otro monumento más del empeño del Estado por hacer de las reconstrucciones, en este caso y en otras del pasado, como ocurrió en Huaraz, algo peor que los desastres que ellas buscaron superar.
A la luz de lo que pasó la tarde y la noche del 15 de agosto del 2007 el Gobierno tiene la oportunidad de pasar de la debilidad frustrante de no haber podido sacar adelante un proyecto de reconstrucción en el que invirtió mucha energía, mucho dinero y mucho voluntarismo desinteresado, a la fortaleza de remover, ya no los escombros del sur, sino la curtida costra burocrática que hace que el Gobierno y el Estado tengan muy dentro suyo cientos de Forsur, es decir cientos de monstruosos mecanismos que vuelven parapléjica cualquier iniciativa de emergencia.
El Estado contra el Estado, el Gobierno contra el Gobierno, el Apra contra el Apra, el elegido contra el elector, el funcionario contra el ciudadano, el distrito contra la provincia y la provincia contra la región, en fin, el alcalde contra el alcalde y el que no quiere hacer nada contra el que quiere hacer mucho. Ese fue y sigue siendo el retrato del Forsur y también el retrato del Forsur cruzando todo el sistema nervioso central de nuestra administración oficial.
El presidente Alan García ha trazado más de una raya interesante y fundamental para hacer que el Estado funcione de verdad, desde sus recetas de "El perro del hortelano" hasta la audaz promulgación del paquete de decretos legislativos que al tiempo de cumplir con las exigencias del TLC con Estados Unidos, anuncian un vigoroso cambio de timón y desenvolvimiento en la gestión pública.
Pero de ahí hacia acá, del dicho al hecho, no vemos que haya la voluntad política gubernamental de romper los viejos moldes obstruccionistas del Estado, que impiden sentar principios de autoridad indispensables como en el ámbito de Transportes y Comunicaciones. Y que diluyen definiciones claves respecto de cuál debe ser la gerencia de una política social integral y focalizada, de la que realmente se beneficien los más pobres y no una argolla intocable de comadronas del Vaso de Leche.
Esa es pues la cuestión: ¿Nos sacamos el clavo (el síndrome del Forsur) ahora o nunca?