¿Y LOS VIEJOS QUÉ?
Por Fernando Vivas. Periodista.
Los jóvenes dan la nota y dan la lata. Temo --y esto no va contra ustedes, chicos, sino contra lo que piensan algunos grandazos-- que la mistificación de la juventud como semillero, promesa, veta dorada, carnecita o embrión del futuro esconde una desvalorización de la adultez nacional y de la experiencia histórica empozada en ella.
Y esto es grave, porque implica una falta de autoestima en quienes llevan las riendas del país, que los puede llevar a sentirse tremendos 'loosers', tirar la toalla y dar la posta a advenedizos. Mistificar la condición juvenil conlleva inevitablemente a aumentar la desconfianza en el país de las instituciones, de la tradición, de la serena rotación meritocrática de cargos. La juventud no es un mérito, es un estado transitorio.
El Perú no es una gerontocracia ni tampoco una efebocracia, pero si la 'efebogogia' (discurso para encantar a los muchachos) que se oyó ayer en el patio de Palacio de Gobierno en el Día Internacional de la Juventud nos sigue saturando de loas y reconocimientos a quienes recién se empinan, y sigue proponiendo cuotas para funcionarios jóvenes, entonces podríamos acercarnos a la ficción social de una república de la impericia. Por suerte, la política no es la liga del tenis donde la jubilación llega muy temprano.
Contamos con varios regidores jóvenes (de 18 a 29 años) por mandato de ley y no oigo que en la Municipalidad de Lima, para citar a la principal del país, suenen o truenen.
Viven a la sombra de un muertito sin hacer valer su representatividad generacional mayor a un tercio de la población electoral. Algún día habrá que rendir póstumas cuentas a Manuel González Prada por haber proferido, con mórbida generalización: "¡Viejos a la tumba, jóvenes a la obra!".
A los 47 me siento muy joven para ser un viejo amargado y muy viejo para ser un rebelde sin causa, así que mi actitud hacia los jóvenes es la de un simple adulto contemporáneo (gracias a la industria disquera por facilitarnos esa etiqueta): ni mucho aliento que los queme, ni poco que no los alumbre.
No comparto la onda detrás de cuotas y alabanzas porque esconde un paternalismo hipócrita: el mismo Gobierno que la pregona penaliza la sexualidad hasta los 18, coquetea con la idea de volver al servicio militar obligatorio y se negó a suscribir sin atingencias la Convención Iberoamericana de los Derechos de la Juventud.
Grandes jóvenes los que aman sus afanes tanto como a sus límites, los que se imponen por talento y no por atropello y los que buscan expresarse con libertad (lean SIC. en la contraportada), pero no nos den la lata los que reclamen quemar etapas y prenderse de cuotas porque alguien les dijo que son el divino tesoro.