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PUNTO DE VISTA

Nuestra silla de ruedas

Por Rolando Arellano* Doctor en Marketing

Cada vez que desde su silla de ruedas mi amigo Jaime me hablaba del mal trato a las personas con discapacidad en el Perú, me preguntaba sobre cómo tratar ese tema en una columna de economía y negocios como esta. Hace poco vi que la respuesta, aunque suene fría y poco amable, estaba en mis narices.

Sin duda el lector estará de acuerdo conmigo en que, para crecer, un país necesita contar con la participación activa de la mayor cantidad de miembros de la sociedad. En ese sentido, cada discapacitado --nombre que no me gusta mucho y que señala a quienes tienen alguna capacidad disminuida física o mental-- que tiene dificultades para funcionar productivamente en la sociedad es una carga para todos nosotros.

Por esta razón, la falta de facilidades básicas para su desempeño, como rampas en calles y edificios para facilitar el acceso a quienes tienen problemas de locomoción, noticieros para sordos en la televisión, o información en lenguaje Braille para los ciegos, impide que millones de discapacitados puedan asumir de manera plena su propio cuidado, y limita su aporte al desarrollo de la sociedad. Eso resulta, hablando fríamente, un muy mal negocio para todos: mal negocio para las personas con plenitud de funciones, pues el trabajo de dar bienestar a la sociedad se divide entre menos personas, y muy mal negocio para los mismos discapacitados, cuyo mayor anhelo es justamente que se les dé las facilidades para cuidarse y aportar al resto.

Si el lector piensa que este tema le concierne poco, le sugiero un ejercicio. Suponga que, por razones tributarias o fiscales, fuera extremadamente caro o difícil conseguir lentes en este país. ¿Se imagina cuántos millones de personas no podrían trabajar por ello? Haga luego un cálculo de lo que eso significaría de pérdida económica para el país, y también cuánto significaría eso como carga para los que tienen vista perfecta. Sería terrible, ¿no es cierto? No olvide entonces, señor lector, que probablemente usted, como yo, somos discapacitados, pues necesitamos correctores de visión para funcionar; tanto como mi amigo Jaime necesita su silla y otros de un bastón o un audífono. Solamente sucede que, a diferencia de muchos de los servicios para otras discapacidades, es fácil acceder a lentes que nos permiten escribir o leer columnas como esta.

Ya es tiempo entonces que dejemos de ver el tema de la mejora de las condiciones para las tres millones y medio de personas con discapacidad --el 13% de la población peruana-- únicamente como una cuestión humanitaria. Compasión es lo último que buscan quienes sufren de una limitación. Se trata más bien de ver que, desde todo punto de vista, la sociedad gana cuando ellos se integran completamente al círculo económico y, por lo tanto, le conviene darles todas las facilidades para que lo logren. La prueba, señor lector, la tiene probablemente usted también, encima de su nariz.

* CENTRUM / ARELLANO MÁRKETING, INVESTIGACIÓN Y CONSULTORÍA

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