Por Fernando Vivas
No sé si quiero mucho a Karina Calmet, como Jaime Bayly quiere a todos sus invitados, pues no la conozco. Pero sí me preocupa mucho. Desde que reapareció en "Bailando por un sueño" esta guapa necesita ayuda profesional interdisciplinaria las 24 horas: un psicoterapeuta y un coreógrafo porque me la imagino meneándose hasta dormida.
No lo digo por fastidiarla porque las terapias no denigran a nadie, pero algo tiene que hacer para evitar esas dramáticas contracciones faciales que nos dejan con los nervios de punta, pues es imposible saber si anteceden un llanto, una carcajada o una tormenta.
El domingo puso tal cara en "El Francotirador" que el director de cámaras no sabía si hacer zoom o cortar a cualquier otra cosa. La angustia le arrancó a Bayly una promesa en serio --que pagará el deseo de Cromwell Manrique, su pareja soñadora-- y lo va a tener que cumplir si no quiere que le demos la lata.
Más preocupante es la cara de Karina al final de cada bailetón sabatino. No es su expresión la que atemoriza sino la ausencia de ella: cuerpo extenuado y sin embargo agarrotado en una tensión indescriptible, rostro demudado, maquillaje escurrido por el sudor frío. La mirada es insondable, ni siquiera nos suplica como un corderito a punto de ser sentenciado y degollado.
Uno se dirá que los televidentes estamos encantados con las bellezas bipolares, pues los rápidos cambios de estado de ánimo son la salsa de la tele. Pero no queremos ver sufrir tanto a Karina. Antes me hechizaba, ahora me 'paltea'.
Seguí sus pasos desde que ganó el Miss Perú Universo en 1994. Ganó el cásting para ocupar el lugar de la trágica Mónica Santa María en "Nubeluz", y mejor que eso acabó pronto, pues brincar para los mocosos altera a cualquiera. Se enroló de actriz en la fábrica de los Crousillat y fue una destacable secundaria. Le fue mejor allí que en "De buena onda", suerte de "Magaly Teve" light para el mediodía.
Su gran momento sentimental fue su declaración al cantante Samir en una entrevista con el mismo Bayly que la vacila ahora. Se separó, publicó un libro de hechicería y renació en la pista de baile, de la que hay que sacarla con cuidado, explicándole que la vida no es un show conducido por Gisela.