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Leonera

Esta semana, el Centro Cultural de la Universidad Católica estrena Leonera, del argentino Pablo Trapero, la película que recibió más premios en el reciente Festival de Lima

Por Ricardo Bedoya

Trapero, realizador de Leonera, hizo antes Mundo grúa, El bonaerense, Familia rodante, Nacido y criado. En todos los casos se acercó a pequeños grupos humanos, muy situados desde el punto de vista de su ubicación social, para observar los modos en que un individuo llega a ellos, desarrolla anticuerpos, establece lealtades, busca alianzas, construye un espacio y sale adelante. Es decir, aprende a sobrevivir. Fue el universo de los asalariados en Mundo Grúa, el de la corrupta policía en El Bonaerense, el de la familia en Familia rodante y ahora el de la cárcel en Leonera.

Pero Trapero no es un cineasta prolijo ni comedido. Sus películas son desordenadas, irregulares, con momentos notables seguidos por otros menos inspirados. No le interesa narrar una historia con lineal claridad. Sus relatos son zigzagueantes y prefiere crear momentos de gran atmósfera basados en las posibilidades de observación de una cámara que se prende a los actores y les exige un desempeño visceral, de esos que involucran cuerpo y alma.

Y eso ocurre en Leonera, que apuesta a lo emocional y lo pulsional, como para hacer honor a su título.

Empieza con el escenario de un crimen visto desde la resaca, el sopor, el dolor, el estupor, la alucinación o la sorpresa. Una escena primordial que quedará así, sin mayor explicación, como causa de una imputación criminal que lleva a la cárcel a Julia (Martina Guzmán), la acusada. La película encuentra al personaje aturdido, en la cuerda floja, víctima de una inconsciencia que no sabemos cuánto ha durado ni cuál es su origen.

Ese estado inicial impulsa la acción de Leonera. El resto de la proyección expone el modo en que Julia va despejándose, saliendo del aturdimiento, aprendiendo a mirar con claridad. Del desenfoque inicial pasamos a la nítida definición del plano final, con la mujer alejándose hacia el otro lado de la frontera.

En esa trayectoria, la cámara siempre está con ella, hasta en lo más íntimo. La vemos desnuda, en el pico de su embarazo. Julia es un cuerpo que busca su lugar en medio de otros cuerpos, ansiosos, descompuestos, en deterioro. ¡Qué interesa si Julia es culpable o no! Sólo es una reclusa embarazada que busca hacerse de un lugar en el pabellón espacial. Es la leona que irá marcando su territorio.

En su primera parte, la cinta se orienta por los tópicos del filme carcelario. Las convenciones del género son muy fuertes y ahí están las escenas que todos esperan: la prepotente revisión del ingreso, los gritos de hostilidad de las otras reclusas, la visita del abogado que instruye sobre el libreto que Julia debe recitar ante el juez, el acoso sexual que la hace sufrir otra interna. A los 20 minutos de proyección esos tópicos se desdibujan y la película toma un camino que parece ser el de la denuncia de las condiciones carcelarias, con niños fichados al nacer.

Pero el filme de "conciencia social" tampoco es la opción de Trapero. Y menos lo es el drama judicial. Cuando se apunta el mundo de abogados y confrontaciones la película pierde interés. Eso ocurre con las intervenciones de Rodrigo Santoro, todas muy débiles.

Lo que le interesa al director es registrar el modo en que Julia construye su cotidianeidad en medio de la circunstancia extraordinaria de estar en prisión con un bebe a su cuidado. Leonera se convierte entonces en una película de aprendizaje y de supervivencia. Aprendizaje de la lactancia, de la serenidad ante la agresión y hasta del amor con una compañera, tal vez la situación más lograda de la película. Pero también de resistencia ante las amenazas que vienen de afuera porque el mundo de la libertad no parece ser más amable, acogedor ni apacible para una mujer como Julia, y eso explica la decisión de criar a su hijo en las más duras condiciones.

En el diseño del personaje de Julia se asoma lo mejor de las protagonistas del melodrama clásico: madres fuertes, resistentes, tercas, individualistas, que deciden tomar "decisiones equivocadas" que, al final del camino, se descubren justas. Como Barbara Stanwick en Stella Dallas (King Vidor, 1937) o Joan Crawford en Mildred Pierce (Michael Curtiz, 1945), las mejores películas sobre la maternidad acosada, con mujeres defendiendo a sus cachorros como leonas.

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