Por Nelly Luna Amancio
Hacia finales del siglo XIX e inicios del XX, cuando los caucheros recorrieron con vehemencia la Amazonía en busca de la planta que los haría ricos, la selva era todavía una zona inhóspita que ni siquiera los incas, siglos atrás, lograron dominar. Existían más de 80 pueblos indígenas, cada uno con sus propias lenguas, tradiciones, espacios y mitos. El intercambio de productos entre estas poblaciones y la costa fue siempre constante. Hasta que, claro, el furor por el látex desencadenó una violencia sin límites. Los caucheros instauraron un régimen de explotación y servidumbre entre los nativos amparados por un Estado ausente.
MIEDO Y HUIDA
El miedo hizo que algunos grupos de indígenas abandonaran sus incipientes comunidades y huyeran a las zonas más lejanas de la selva. Fueron prófugos en sus tierras, una condición que con el tiempo los volvió nómadas. Con la pérdida del sedentarismo, la vivienda y la agricultura dejaron de ser necesarias. El aislamiento los ha hecho vulnerables a los virus y enfermedades de la ciudad, por eso huyen del contacto con otros. Hace unos meses fueron fotografiados entre Madre de Dios y Ucayali. Los antropólogos estiman que en toda la Amazonía podría haber 14 pueblos (con una población errante estimada de entre cinco mil y 10 mil habitantes) en esta situación. Aunque ahora no huyen de los caucheros, sino de todos los que no son como ellos.
"Lo que está pasando con ellos es la pérdida de cultura fruto de una relación violenta. Viven solo de la caza y la recolección. De una generación a otra están olvidando sus conocimientos para la construcción y la siembra. Se encuentran en medio de un proceso involutivo", dice el sacerdote Jaime Reagan, investigador del Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP).
Los grupos en aislamiento voluntario representan una pequeña fracción del total de la población nativa. El grueso está organizado en comunidades de acuerdo con su grupo lingüístico. El censo de 1993 --el último que los registró-- señalaba la existencia de 300 mil nativos, 65 pueblos indígenas y 1.450 comunidades. En otro informe que elaboró Antonio Brack en 1997, se consignaba, además, la desaparición de 18 etnias solo durante el siglo XX. Algunas fueron exterminadas en la época del caucho, otras pasaron por un proceso de asimilación en las grandes ciudades.
EL INICIO DE LA COMUNIDAD
Las escuelas bilingües impulsadas por el Ministerio de Educación en la década de los 50 y las misiones de la Iglesia Católica promovieron el asentamiento en comunidades de los entonces dispersos pueblos indígenas. En la actualidad cada comunidad cuenta, por lo menos, con una escuela primaria y un centro de salud administrado por un promotor capacitado por el Ministerio de Salud. Pero, sin duda, el cambio más importante se dio en 1974, cuando se inició el proceso de titulación de sus tierras como resultado de la presión que ejercían los campesinos de la sierra que migraban a la selva en busca de mejores tierras de cultivo.
Luego de que la población de estas comunidades fuera mermada por epidemias o la violencia de la época del caucho (murieron alrededor de 50 mil nativos), durante los últimos años ha ido creciendo. Cada 20 años se duplica el número de sus habitantes.
Este incremento tiene que ver --asegura el investigador del CAAAP-- con las mejores condiciones de salud (atención de partos y enfermedades de menores), aunque claro, esto aún es insuficiente. Un reporte de la Defensoría del Pueblo de este año señala que las enfermedades más recurrentes están relacionadas con infecciones respiratorias y estomacales, pero también, producto de la presencia de colonos, se han reportado algunos casos de VIH.
"El 76% de las postas visitadas no cuenta con una movilidad para atender a las comunidades de su jurisdicción, por lo que los gastos de transporte de los enfermos son asumidos por sus familiares", concluyó el informe. Dice también que debido a "los escasos incentivos laborales que existen para el personal de salud, la rotación del personal limita la acumulación de experiencia y conocimiento sobre la atención a estas comunidades".
La defensoría también identificó problemas de alcoholismo. Para el CAAAP, institución de la Iglesia que acompaña hace décadas a los nativos, este tipo de hábitos son el resultado del impacto negativo que nuestras sociedades y estilos de vida pueden ejercer sobre las comunidades amazónicas. El padre Jaime Reagan cree que lejos de actitudes paternalistas las comunidades nativas requieren un acompañamiento educativo por parte del Estado para incorporarse al desarrollo de manera gradual y de acuerdo a como ellos lo decidan.
Este proceso debería estar acompañado por un mejor control del territorio amazónico. La falta de control sobre los territorios de la selva ha facilitado por años, como antes con los caucheros, la propagación de actividades ilícitas: la tala ilegal, extracción minera y narcotráfico, y ha afectado la vida de los pueblos indígenas. Ese es el caso de la comunidad asháninka Sampantuari, en el corazón del VRAE, donde sus habitantes lidian con el ingreso a sus tierras de narcotraficantes y taladores ilegales.
DESARROLLO CONCERTADO
¿Cuál es el futuro de estas comunidades? ¿Aislarse, incorporarse al actual modelo de desarrollo, plantear uno propio? Los antropólogos no se ponen de acuerdo. Existe una corriente proteccionista que propone garantizar los actuales estilos de vida sin ningún tipo de impacto por parte de nuestras sociedades; y la otra apuesta por incorporar herramientas de la modernidad en un modelo de desarrollo propio.
Con el 72% de la Amazonía lotizada para la exploración de gas e hidrocarburos, los representantes de las comunidades han solicitado que los convoquen a las discusiones cada vez que se intenta adjudicar alguno de estos lotes. "Nadie está en contra de la inversión privada, pero se debe consultar a la población, tal y como lo plantea el convenio 169 de la OIT y la declaración de las Naciones Unidas firmada el año pasado", comenta Adda Chueca, directora del CAAAP.
"El diálogo es fundamental para que, a partir de este, estos pueblos planteen sus propios procesos de desarrollo", dice Reagan, para quien la importancia de estos grupos radica en los conocimientos ancestrales que tienen sobre el uso de plantas medicinales y del bosque.
Un claro ejemplo de cómo algunas comunidades han logrado utilizar las herramientas modernas son las tiendas virtuales de artesanía, donde los shipibos-conibos ofrecen lo mejor de su arte tradicional. Muchos de ellos, como la Asociación de Artesanos de la Selva Central, han logrado, incluso, exportar con éxito sus productos.
Reagan explica que la etnicidad va más allá del uso o desuso de una indumentaria determinada. "La etnicidad depende de la voluntad", asegura. Cita el caso de los cocamas, un pueblo cuya mayoría de integrantes vive ahora en ciudades. "Ellos ya no tienen formas externas de expresión pero sí tienen una cosmovisión propia y transmiten sus conocimientos oralmente". El uso de la oralidad es fundamental para la conservación de sus tradiciones.
La antropología sostuvo durante mucho tiempo que la globalización homogeneizaría las culturas y asimilaría a las más pequeñas, pero Reagan ya no lo cree. "Los grupos étnicos están encontrando en la Internet a otros grupos como ellos y está surgiendo un interés en preservar sus culturas", insiste.
Al culminar la secundaria, los jóvenes migran de sus comunidades a las ciudades para continuar sus estudios. No tienen otra opción. En universidades como San Marcos cuentan con vacantes exclusivas para ellos. Actualmente 80 estudian en ese recinto y otros 50 en La Cantuta. Sin embargo, una de las dificultades que enfrenta la mayoría es que aprenden tardíamente con fluidez el idioma castellano.
Con una mejor educación, los procesos de entendimiento y adaptación de las comunidades permitirían un desarrollo más equilibrado. El proyecto de Camisea demostró cómo el ingreso de dinero en las comunidades trajo consigo problemas de alcoholismo y la proliferación de basura plástica.
"No se plantea que el indígena se quede atrapado en el tiempo sino que desde su propia identidad se articule a la modernidad", dice Kantuta Ballenas, de la Defensoría del Pueblo. Eso es posible. Los shipibos son solo una muestra.