"Ser maestro es un oficio de anfibio, una extraña mezcla de actividad intelectual y negocio del espectáculo. El profesor dice que quiere enseñar y orientar, cuando en verdad quiere ser escuchado, contemplado y obedecido. Se siente Dios en el sexto día porque su obra es otro hombre. Ser maestro también es oficio de vampiro: beber el vigor, la alegría y la inocencia de los otros". Son palabras extrañas, más aún si se sabe que fueron escritas por alguien como Constantino Carvallo que hizo suya la vocación de maestro. Pero esa extrañeza las hace valiosas, pues en ellas uno reconoce las contradicciones, las autocríticas y toda la humanidad de un maestro. No el paradigma de bondad y entrega que se evoca el día del maestro, pero tampoco la imagen degradada que la política ha creado.
Y esa sabiduría le venía de no haber perdido de vista el verdadero fin de la tarea educativa. Para León Trahtemberg, el logro de Carvallo consistió en saber que la educación tradicional es sumamente rígida y siempre orientada al currículo, al cumplimiento fiel de los programas. "Por ello muchas veces se pierde de vista que el sentido esencial de la educación es el desarrollo del niño y no el del programa. Proyectos como el de Los Reyes Rojos son un intento de recuperar a la persona que es el alumno, su alma, su inteligencia, sus sentimientos, su capacidad de vincularse socialmente con otros jóvenes y con la sociedad que los rodea, lo que la educación tradicional pierde de vista por enseñar matemáticas o lenguaje".
Para quien no lo conoció personalmente, el vacío que deja la muerte de Constantino Carvallo reside no tanto en el corazón, sino en la inteligencia; y no en la propia, sino en la del país entero. Desconocemos cómo llegó a su particular doctrina pedagógica, pero sospechamos, a partir de sus escritos, que fue a través de un acto de amor. "Los amores, el filial y el de pareja", escribió Carvallo, "suelen estar contaminados de luchas por la posesión. Esta extraña relación entre maestro y alumno es, en cambio, como esos encuentros breves y furtivos. Como van a terminar pronto, solo queda la generosidad, la entrega, la gran performance. Me alegra entonces que mis alumnos se vayan. Así me enseñan que las cosas bellas se terminan, pero que la vida continúa". Ahora que la vida parece haberse detenido con su partida, es quizá momento de hacer que se escuchen nuevamente estas palabras, no ya en boca de Constantino, sino en boca de todos, como para que seguir su ejemplo sea la mejor forma de extrañarlo. (CT)
CONSTANTINO EN EL ALMA
Por Jorge Eslava
A principios de los ochenta, cuando lo conocí, era un Cristo: melenudo, barbado y comprometido por hacer el bien. Un predestinado a cuidar el alma del prójimo, a facilitar el encuentro de nuestras vidas múltiples y darles sentido. Por eso fundó el Colegio Los Reyes Rojos, inspirado en un verso de Eguren, ese poeta profundo y bueno.
Qué tiempos difíciles significaron levantar una escuela innovadora -a contracorriente de los dictados del ministerio-, que concibiera la educación como una comunidad humanísima, sin odios ni discriminaciones. Constantino fue la lucidez y también el nervio para que -junto a un puñado de profesores entrañables- Los Reyes Rojos se constituyera en el lugar deseado para crecer. Cientos de adultos agradecemos al cielo la existencia de Constantino y de su colegio; nos devolvió la confianza en la bondad. Miles de chicas y chicos están orgullosos de haber estudiado en ese colegio barranquino; de haber abrazado a su director.
Los años le arrebataron a Constantino la melena y las barbas, pero le otorgaron una sabiduría que desconocía límites; con él podía hablarse de cualquier tema, con gravedad o humor, y siempre resplandecía su inteligencia. Desde que me aparté del colegio, todas las reuniones de profesores a las que asisto me parecen baladís; extraño siempre el ánimo moral y libertario que despedía Constantino. Y sobre todo aquello indispensable de todo educador, que Platón llamaba el eros; es decir, esa actitud de amor hacia el alma del otro.