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Entrevista BERTHA RUIZ

"¡Yo no puedo estar sentada!"

Tenía 45 años cuando su hija mayor le propuso crear un grupo teatral para niños. Empezó con títeres, comenzó a llevar teatro a domicilio. Hoy tiene 78 años y es la líder del mercado

Por Antonio Orjeda

Bertha es pilas, ama el Sudoku, adora Barranco. Más de tres décadas atrás le abrió la puerta al alboroto. Desde entonces conduce El Principito, grupo de teatro para niños que ha devenido en una empresa que ofrece obras teatrales a domicilio. Sus puestas en escena han sido solicitadas por el presidente de la República (para vacilón de Federico Danton). Sí, usted pide y ella pone a "El mago de Oz" en su jardín. No se diga más, que se abra el telón y que pase Bertha Ruiz.

Usted tenía 45 años cuando su hija Rosa le planteó crear un grupo de teatro para niños. ¿Cómo así?
Ella estudiaba en la Universidad de Lima y una amiga le dijo para trabajar animando fiestas infantiles. La fui a ver. El espectáculo no estaba como yo hubiera querido, así que les dije que me mandaran su vestuario, que yo lo podía arreglar. Lo hice por ayudar, y ahí nomás mi hija me sorprendió con esto de armar un grupo. No. En ese entonces yo andaba de guantes, en reuniones en embajadas... Lo que ella me planteaba era hacer algo muy diferente.

El grupo de teatro se convirtió en una de las empresas de shows infantiles más rankeadas. Entre sus clientes figuran Gian Marco, Sandra Plevisani. Usted ni imaginó que esto pasaría.
No... Ni bien dije que no, ¡ya estábamos metidos en el asunto!

Era el 76, su esposo era funcionario del Viceministerio de Hacienda. ¿No puso ningún pero cuando con sus hijos arrancó en esto?
Al contrario, ¡él sugirió el nombre de El Principito!

Con tres de sus cinco hijos se matriculó en un taller de títeres.
Ramón, Rosita, Giselle y yo.

Y se metieron de lleno.
Al punto que uno de los instructores nos dijo: "¡Ustedes se quedan en el ambiente (artístico)!". "No creo, porque...". "¡Ustedes se quedan!".

Al principio, las funciones fueron gratuitas, en nidos y colegios.
Era una de las exigencias del taller, y nos gustó tanto que seguimos dando funciones gratuitas porque, a la vez, las directoras de los colegios se comenzaron a pasar la voz.

Lo hacían gratis porque en casa había tranquilidad económica.
Eso era muy importante. Y cuando comenzamos a cobrar, plata que teníamos, plata que invertíamos para mejorar la función.

¿Cómo se hicieron conocidos?
Fue la gente, que fue diciendo este (grupo) es bueno, este es bueno, este es bueno... Y llegó un momento en el que tuvimos que comenzar a cobrar, porque está bien hacerse de un prestigio, pero también necesitábamos otras cosas.

Comenzaron a cobrar, pero eso no impidió que ofrecieran funciones espontáneas como aquella que improvisaron en el ómnibus malogrado que los traía de regreso de Piura.
Se malogró y comenzó a anochecer. El chofer llamó a Lima, iban a mandar otro carro para que nos recogiese, los papás reclamaban, los chiquitos comenzaron a llorar. Todo estaba oscuro. No se veía nada. Así que le dije a mi hija: "¿Y si hacemos una función de títeres?". "¿Pero cómo?". "Hay que sacar los títeres que están en la bodega". Un señor dijo: "¡Yo tengo una linterna!". Y salió.

Se habían zambullido por completo en ese mundo.
¡Totalmente!

Eso debió alterar el normal ritmo de su familia.
Tengo la sensación de que no, porque mis hijos incluso mejoraron sus notas, tenían más seguridad, se expresaban mejor...

Ustedes mismos pegaban en las calles los carteles que anunciaban sus obras.
Éramos tan inocentes que creíamos que se podía pegar en las paredes ¡a mansalva! Íbamos en el auto con los afiches y el engrudo, pero pegábamos solo sobre los (carteles) que anunciaban espectáculos que ya habían pasado... Hasta que nos cayó la municipalidad, y tuvimos que pagar nomás.

Lo mismo ocurrió cuando comenzaron a alquilar teatros: tenían que pagar por ello, además de los impuestos, del pago al personal del teatro...
En Barranco no, porque entonces el alcalde era un mecenas --Renato Lértora--, él nos daba todas las facilidades. Cosa que no sucedía en otros lados.

Si bien contaban con el respaldo económico de su esposo, les quedó claro que hacer teatro no era rentable.
Cuando hacíamos funciones masivas sí, pero te dejaban la sensación de que no habías llegado como debías haberlo hecho a todos los niños. No era lo mismo que hacerlo en un teatro. ¿Qué hicimos? Desistimos. Ya llevábamos 10 años... Hacer teatro es muy sacrificado: desalienta.

¿En qué momento dieron el siguiente paso y comenzaron a dar funciones a domicilio?
Fue casi en simultáneo, y fuimos dejando los teatros. En Barranco, el nuevo alcalde ya no quiso apoyar; en Miraflores seguía la política de cobrar lo que ellos creían que se debía cobrar.

Las autoridades no solían valorar que estuviesen llevando cultura y diversión a los niños.
No. ¡Hasta ahora!

Fue por eso que convirtieron su garaje en sala para títeres.
¡No fue idea nuestra! Nos íbamos a presentar en La Cabañita que estaba aquí, en Barranco, en el parque de la lagunita --que ya desapareció--, pero un carro chocó contra un poste y nos dejó sin luz. Se vendieron las entradas pensando que todo se arreglaría, pero no se arregló. Comenzamos a devolver la plata, pero la gente se negó. Alguna vez habíamos dado una función en la casa. Alguien se acordó y dijo: "¡Vamos a su casa!"... ¿Te acuerdas del "Flautista de Hamelin"? La gente nos vino siguiendo desde la lagunita. ¡Todos entraron! Sacamos sillas del comedor, tratamos de acomodarnos y dimos la función.

Y se convirtió en tradición.
Amarramos un letrero al poste. Todos el mundo venía. Sabían que los domingos había función.

"Todo el mundo". Incluidos Mario Vargas Llosa y sus hijos.
Con Morganita, Alvarito y su otro hijito ¡chiquitos! Y él se divertía como un niño. ¡Ahí tenemos la silla en la que él se sentaba!

Entonces la estrella de los espectáculos era su hija Rosa.
¡Claro!

¿Qué pasó cuando ella decidió instalarse en Buenos Aires?
Se fue, y cuando la fuimos a visitar, nos incluyó en su show. Nos quedamos mes y medio, allá querían que nos quedáramos.

¿Y por qué no lo hizo?
Porque mi Perú es mi Perú. Mi Lima es mi Lima y mi Barranco ¡es mi Barranco!

Pero al regresar ya no iba a estar Rosa: la estrella. ¿Qué iba a ser del grupo?
Ella ya se había ido desprendiendo de la familia, así que cuando se fue, otra de las chicas tomó su lugar; y luego Giselle (la menor de sus hijas) entró, y nos fue regio.

Su familia fue alborotada por el teatro. ¿Su esposo jamás puso un pero?
No, y fue alborotada ¡totalmente! Porque la casa se convirtió en el lugar de reuniones de todos los grupos de teatro de Barranco.

Empezó a los 45, hoy tiene 78 años. ¿Por qué sigue?
¡Porque me siento saludable! Yo ando con tacos, voy a reuniones, hoy me voy al teatro... En algún momento pensé --hace 6 meses-- que mi vida debía ser ya más regalada: divirtiéndome en el día y en la noche yendo al teatro, a comer, tal como viví en Buenos Aires la última vez que estuve allá. ¡Así tendría que ser mi vida! ¡Qué tanto teléfono y no sé qué! Pero, una vez acá, ¡yo no puedo estar sentada! Claro, el grupo podría trabajar sin mí, tampoco soy tan importante, pero creo que todavía tengo para rato.

Su grupo ya tiene 32 años. ¿Qué han ganado en todo ese tiempo?
¿Aparte del prestigio y de todas esas cosas? La satisfacción de saber que llegamos a un público para hacerlo mejorar.

Por ejemplo, "La Cenicienta": no la presentamos solo como la historia de la chica pobre que perdió el zapatito y se casó con el príncipe. Nosotros vamos más allá. No nos quedamos en lo banal.

Décadas atrás, una amiga barranquina le trajo a su nieto para que le enseñara a hablar en público. Le trajo a Alan García.
¡Cómo sabes! Yo no le enseñé a hablar: yo era secretaria de Cultura del Partido Aprista, y la abuelita de él me dijo: "Compañera, a mi nietecito lo han programado para un discurso ante Haya de la Torre, enséñele". Él tendría 9 años y le enseñé lo más que pude. Llegó el día del discurso, y lo hizo tan bonito, tan bien vocalizado... Era un encanto.

¡O sea que por culpa suya tenemos a un encantador de serpientes!
No digamos un encantador de serpientes... pero sí un hombre muy encantador.

LA FICHA
Nombre: Rosa Bertha Ruiz Álvarez de León.
Colegio: Sagrados Corazones, en Barranco.
Estudios: "A pedido de mi padre --porque pensó que me serviría-- estudié juguetería y corte y confección, oficio que no ejercí sino hasta que después de muchos años entré al teatro". Egresada del Instituto Peruano de Títeres y alumna libre de periodismo en San Marcos.
Edad: 78 años.
Cargo: Fundadora y directora general de El Principito.

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