Por Abelardo Sánchez León
A Constantino Carvallo lo conocí cuando tuve que encontrarle un colegio a mi hijo Ignacio que había reprobado en un colegio religioso, masivo y para nada conveniente a un alumno hiperactivo como era él. La hiperactividad es hereditaria. No así la tartamudez. Cuando le contaba de estos asuntos al doctor Filomeno, me explicó que yo podía hablarle con toda confianza a mi hijo porque la tartamudez no se transmite como sí ocurre con los hiperactivos. Lo cierto es que era febrero y yo necesitaba matricularlo lo más pronto posible. Toqué la puerta del colegio Los Reyes Rojos y Constantino me recibió.
Lo primero que me agradó, aparte de su sonrisa y amabilidad, fue encontrar un inmenso póster de James Dean en su oficina. Imposible imaginar una de esas fotografías en la oficina del director del colegio religioso y masivo. Después de argumentar a favor de mi hijo me pidió que se lo presentara. A la hora salieron y me dijo si Ignacio había estudiado en algún colegio, pues en matemáticas estaba en blanco. Lo pusimos en un curso de nivelación y desde segundo a quinto de media fue el alumno más feliz del mundo. A propósito, este fin de semana estuvieron varios compañeros de su promoción en casa y el sentimiento que sobresalía era el de la felicidad: todos habían sido felices y no entendían a aquellos que habían sido infelices en colegios tan distintos al de ellos.
Sé que enseñar no es fácil. Pero si algo nos ha enseñado Constantino a los padres de familia es el valor de la verdad. Verdad y presencia. Los hijos y los alumnos valoran ambas nociones. Constantino siempre fue Constantino como una forma de mostrar su lado humano y nunca lo hizo como una forma de la autoridad: no fue el señor, menos el doctor, ni siquiera el profe; simplemente fue Constantino.
Javier Cercas nos revela una dificultad entre los profesores. Nos dice que no tenemos la capacidad de enseñar lo fundamental: o sea, la capacidad de soportar la soledad. Cuando me toca estar en el aula con frecuencia he pensado en Constantino y en su actitud ante la vida: decir la verdad y estar presente en caso de que nos necesiten. Ese es el papel de los padres, también. Incluso cuando se trata de los padres ausentes. Constantino, según me cuentan sus alumnos, siempre los llevaba en la primera semana de clases a San Bartolo. Quería recordarles la existencia del mar. Quería verlos felices. Quería mostrarles el sabor de la vida: su paisaje, su grandeza y su levedad. Por eso los alumnos lloran, ríen al recordarlo y se dan ánimos para seguir adelante.
Pero si algo nos ha enseñado Constantino a los padres de familia es el valor de la verdad. Verdad y presencia. Los hijos y los alumnos valoran ambas nociones