Por Guillermo Oshiro
El viejo y querido Estadio Nacional ya no es el mismo de toda la vida. Lo han maquillado mil veces para ocultar sus arrugas y, lo peor de todo, le han implantado ese césped artificial con olor a caucho que le quitó toda su belleza natural, incluso en sus épocas de rostro amarillento. Hoy el longevo coloso de José Díaz ha dejado de ser nuestro fortín, ya trajinado y debilitado por el tiempo que nos ha quitado nuestra condición infranqueable. Se ha convertido en el achacoso coso que permitió que en los últimos años nos faltaran al respeto en nuestras narices.
Antes, en los tiempos dorados de nuestro fútbol, los rivales temían a Lima la inexpugnable, hoy el paso por la capital peruana significa una visita turística que incluye un lindo souvenir: tres puntos o, en el peor de los casos, uno. Lima ya no asoma como una parada complicada, porque a la selección hace rato que no le respetan la casa.
En épocas más felices también se vivió la desazón de la derrota --incluso en nuestro cuarto partido eliminatorio como local ya perdíamos 1-0 con Uruguay--, pero esa jamás fue la tendencia, simplemente un accidente que se repetía con poca frecuencia.
Para México 70 y España 82, dos brasileños nos enseñaban la simple receta de la clasificación. Waldir Pereira 'Didí' y Elba de Padua Lima 'Tim' no perdieron en casa. 'Didí' le ganó a Argentina (1-0) y Bolivia (3-0) para sellar nuestro primer boleto a una Copa del Mundo ganado en la cancha, mientras que la campaña de 'Tim' incluyó la victoria ante Colombia (2-0) y el empate sobre Uruguay (0-0) cuando no había necesidad ya de cantar victoria.
La historia para Argentina 78 fue la misma. Ecuador (4-0) y Chile (2-0) fueron las víctimas del equipo dirigido por Marcos Calderón. Pero la luz se apagó y después ya todo fue nostalgia del pasado.
El principio del fin
Si en 1985 llegamos al repechaje respetando el principal mandamiento de las Eliminatorias, para 1989 solo hubo pecados. La llegada del brasileño José Macía 'Pepe' desvirtuó la teoría de la imbatibilidad peruana. Dos partidos, dos derrotas. El saldo de los cuatro partidos camino a Italia 90 dejó a Perú con cero puntos. Lo peor de todo, tras la derrota en Lima ante Uruguay (2-0), fue que el once de 'Pepe' le ofreció en bandeja a Bolivia su primera y única victoria en nuestra capital.
La pena se repitió en el proceso que comandó el yugoslavo Vladimir Popovic. Dos derrotas y un empate en casa firmaron el último lugar del grupo.
Con la experiencia adquirida como asistente técnico de Popovic, Juan Carlos Oblitas aprendió a golpes la lección. Empezó con dos empates en el Nacional (ante Colombia y Argentina), pero le encontró la vuelta al asunto y aprendió a ganar. Solo otra igualdad ante Ecuador cortó la racha victoriosa que finalmente acarició Francia 98.
El 'Ciego' repitió la fórmula mágica: "Para hacernos fuertes y pensar en la clasificación hay que ganar todo en casa, o en el peor de los casos no perder". Oblitas hizo respetar la condición de local y logró el 75% de los puntos disputados (18 de 24). Pero eso no fue lo que hicieron Francisco Maturana (40%), Julio César Uribe (33%), Paulo Autuori (43%) y Freddy Ternero (33%). La Copa del Mundo se convirtió en una utopía.
Ahora con Chemo a la cabeza, la selección cumple la premisa de no perder, pero no gana, que es lo peor. Su 33% de efectividad lo deja muy lejos de la posibilidad mundialista, una lección que bien supieron aprender en los últimos años Paraguay, que acrecentó su fama guerrera en el Defensores del Chaco, y Ecuador, que asfixia a todos en el Atahualpa de Quito, para sumarse a los caseritos que siempre pelean la clasificación.
El ciclo del Nacional parece haber concluido y hoy los tiempos modernos son arropados por el Monumental. De Chemo depende que el recinto de Ate empiece a ser nuestro nuevo fortín inexpugnable. Ya es hora de que nos respeten la casa.