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EDITORIAL

La reiterada intolerancia de Chávez contra los DD.HH.

Una vez más, el presidente de Venezuela Hugo Chávez desbarró. Después de sus funestas y altisonantes expresiones, contra lo que aduce es una conspiración internacional para derrocarlo y asesinarlo, primero expulsó al embajador de Estados Unidos en Caracas y el jueves último hizo lo mismo con el director de Human Rights Watch (HRW), José Miguel Vivanco.

Estos excesos, que solo recuerdan las peores dictaduras que gobernaron la región en los 70, no son gratuitas. En principio, como señalan sectores de la oposición venezolana, podrían ser una nueva cortina de humo del chavismo para limpiar su imagen ad portas de las elecciones regionales de noviembre.

Podrían encubrir también el descontento, ampliado, de ciertos sectores militares; o tal vez la preocupante confirmación de que Venezuela ha sido el país de la región con más inversiones en armas en el último quinquenio, incluyendo las realizadas últimamente a Rusia. ¡Y qué decir del escándalo no resuelto del maletín con US$800.000 que se confiscó el año pasado a un venezolano en Argentina!

Cualquiera sea la motivación, estos hechos solo le dan la razón al amplio informe que esta semana presentó en Venezuela la HRW, que explica cómo los diez años de Chávez al frente del gobierno han sido negativos para los principios democráticos, la administración de justicia, las irrestrictas libertades de prensa y de empresa de los medios de comunicación, el respeto a las organizaciones sindicales y los movimientos civiles.

Evidentemente, el intolerante Chávez no sabe de diplomacia, menos de democracia ni del básico derecho a discrepar. Por ello no ha tolerado las críticas de la HRW, una de las entidades más prestigiosas e independientes en materia de derechos humanos.

Chávez ha actuado como todas las dictaduras, olvidando otra vez que los derechos humanos no conocen fronteras, lo que revela su entraña antidemocrática y abusiva. Todo eso ha merecido el rechazo de grandes sectores venezolanos y de la comunidad internacional, que no puede aceptar como par democrático a un conculcador tan escandaloso de las libertades.

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