Por Gustavo Rodríguez. Escritor y comunicador*
Hace unos días estaba en mi auto entrampado en un tráfico de "hora roma", pues ni siquiera "a punta" llegaba. Tras diez minutos de andar a vuelta de rueda llegué a una intersección donde los micros y los autos se habían anudado en una lucha por pasar primero. No había semáforo. Tampoco policía. Fue allí, entre bocinazos y requintadas, cuando pensé de qué manera el concepto de autorregulación es tan importante para que mejore nuestra vida en sociedad.
A veces educamos a nuestros hijos haciéndoles sentir a cada instante nuestra presencia fiscalizadora para que cumplan sus responsabilidades. Si los acostumbramos demasiado a eso, terminarán necesitando siempre la voz que les diga qué hacer. Lo mismo ocurre con los gremios profesionales, por citar solo un ejemplo: si de los propios anunciantes no naciera el compromiso de tener publicidad respetuosa y honesta, el Estado tendría que ser un policía con reglamentos más severos y limitantes para los mensajes.
Aquella tarde, en mi auto, decidí ser mi propio policía. O, en otras palabras, decidí hacer lo que el policía ausente me habría pedido. Una vez que me acerqué lo suficiente a la intersección anudada detuve mi auto antes de la esquina y dejé un vacío para que pudieran pasar los autos de la transversal. Pasaron algunos, pero, a los pocos segundos, un taxista que apareció por mi lado no entendió lo que yo había hecho, y cerró el espacio por su carril. Por supuesto que gruñí. Se me ocurrió bajar de mi auto y hacerle una recriminación, pero, afortunadamente, no lo hice.
¿No le ha pasado a usted que las aproximaciones rudas lo hacen más obstinado en su conducta? A mí me ha ocurrido desde niño, y he descubierto el mismo rasgo en mis hijas. Cuando mi madre me resondraba delante de gente, aquello me daba tanta rabia y vergüenza que terminaba desafiándola, y reflexionar sobre mi acción equivocada pasaba a un segundo plano.
Por eso lo invito a usted, amable lector, a que sea parte de una acción de comunicación boca a boca que puede hacer la diferencia en nuestro tráfico tan falto de autorregulación. La próxima vez que esté conduciendo o caminando por la calle y sea testigo de un conductor que no ha dejado un espacio libre en una intersección, respire hondo. Trate de sonreír. Y acérquese a hablarle de la manera más amable que pueda. Aquí le sugiero un breve libreto que remite a una metáfora de salud.
-Señor(a), ¿me permite una palabra?
-Dígame.
-Usted acaba de taponar una arteria con su carro. La próxima vez, ¿la puede dejar libre?
Usted seguramente encontrará palabras mejores. Pero lo que en verdad importa es el tono que empleará al pronunciarlas. La experiencia me ha enseñado que en comunicación la forma es el mensaje, y en estas situaciones de riesgo esta noción adquiere mayor sentido. Si es cachoso, irónico o brusco, alejará de su interlocutor el espíritu de aprendizaje y traerá el de revancha. Por el contrario, si usted empezara desde hoy a corregir con afecto, el resultado podría ser multiplicador y toda una cadena de bondad podría empezar a erigirse en nombre de una autorregulación beneficiosa.
Se dice que en Bogotá, el carismático alcalde Antanas Mockus logró que sus vecinos premiaran y corrigieran a los infractores mostrándoles caritas de cartón sonrientes o tristes, según fuera el caso. Usted puede ahorrarse hacer su mascarita: su sonrisa puede ser más efectiva aun.