EDITORIAL
Por Enrique Bernales Ballesteros. Jurista
Hay propuestas de modificación de la Ley de Partidos, una presentada por Transparencia y otra por la ONPE. ¿Y los partidos no tienen nada que proponer? El silencio no los favorece; puede ser señal de indiferencia o de algo peor: que están tan carentes de aparato crítico que han perdido la capacidad de opinar y de prever sobre sí mismos.
Esta lentitud preocupa. De poco sirven las reformas si los partidos no muestran capacidad de reacción. En verdad, la reforma principal debe gestarse desde dentro, fruto de la autocrítica sobre su capacidad para ocupar un espacio político; de su posibilidad de expresar un punto de vista afín a sectores de ciudadanos y pretender su legítima, eficiente y honesta representación.
Un ejercicio para los partidos que aspiran a ejercer esa representación el 2011 podría ser que cada cual haga un análisis como el siguiente:
El Apra, mostrar que como organización, elaboración de pensamiento, aparato crítico, funcionamiento, plan de acción, capacidad de propuesta, etc., ejerce la conducción y la iniciativa política en todos los ámbitos en los que actúa. El principio, para un partido que, como el Apra, tiene historia e institucionalidad, no puede ser otro que este: partido que solo opera en el Parlamento, deja de serlo; si exclusivamente se traslada al Estado y renuncia a su lugar en el seno de la sociedad y la ciudadanía, se convierte en burocracia.
En su caso, el Apra, que tiene obligaciones de gobierno en la actualidad, debe fortalecerse en sus orígenes históricos, su filiación popular, su carácter de organización de masas y el espacio de centroizquierda que siempre fue el suyo.
El PPC. Su trayectoria, ubicación y continuidad son fundamentales para que la política peruana desarrolle la capacidad de construir un sistema de partidos que exprese todo el espectro ideológico democrático. En su caso, lo esencial sería convertirse en un partido moderno, con una visión social cristiana de la economía, de la atención a las necesidades sociales y de las relaciones entre el Estado y la sociedad.
El Partido Nacionalista. La tarea de consolidar el partido es algo en lo que sus dirigentes y, especialmente, Ollanta Humala debieran poner especial atención. Ser un partido no de aluvión ni de estado de ánimo, sino una fuerza orgánica comprometida con la democracia y el Estado de Derecho es parte del espacio y confianza que el nacionalismo debe conquistar y, legítimamente, representar. Eso significa identidad precisa, programa y unas propuestas que lo conviertan en interlocutor viable. Debiera, en consecuencia, construir ese espacio propio, desde el cual exigir reconocimiento y respeto.
Perú Posible. Admitir que no puede supeditar su presencia a las visitas periódicas del ex presidente Toledo. Tiene que reforzar su aparato orgánico y participar asiduamente en el debate político; presentar como carta su buena gestión económica en el gobierno y tener una identidad ideológica que lo ubique como opción ciudadana.
Fujimorismo. Reconocer que la democracia le ofrece un sitio y que su responsabilidad política futura significa compromiso de respeto y lealtad a la democracia y a la Constitución.
Solidaridad Nacional. Luis Castañeda viene ofreciendo señales claras de capacidad, laboriosidad y gran sensibilidad social. Pero debe impulsar a Solidaridad Nacional hacia un lugar expresivo de un carácter nacional y de una filosofía que lo identifique en el espectro político.
Este ejercicio es una mezcla de imaginación y realismo. Pero lo que importa no es el texto, sino la invitación a los partidos para que resuciten con sus propios medios y recursos. De cara al proceso político actual y a la elección del 2011, interesa contar con partidos que tengan iniciativa, organización, democracia interna, buenos candidatos y capacidad de volver a merecer la confianza ciudadana.