La reciente elección en Estados Unidos es realmente histórica: Con un mensaje unificador, directo y ponderado, Barack Obama se convirtió en el primer presidente negro de Estados Unidos que asumirá las riendas del país en una grave coyuntura económica, social y geopolítica.
Hay una nueva composición e idiosincrasia del electorado estadounidense. Y no solo por la mayoritaria y sorprendente concurrencia a las urnas (más de 60%) en un país donde el voto no es obligatorio, sino también porque estados (regiones) históricamente republicanos y de mayoría anglosajona y protestante votaron esta vez por un candidato demócrata y negro.
El hecho es que, pese a que Obama no hizo de la raza un tema de debate electoral, su elección marca un hito en una nación hasta hace poco segregacionista y es considerada por algunos analistas una reivindicación histórica.
Obama no es nuevo en política, pero tuvo que enfrentarse a toda la maquinaria del establishment, primero para vencer en las primarias demócratas a Hillary Clinton, que se perfilaba como favorita, y luego a un formidable candidato republicano como John McCain, quien no pudo desprenderse del pesado legado de George W. Bush.
Empieza ahora una nueva etapa, la que pondrá a prueba la capacidad de liderazgo de Obama para conducir un país seriamente enfermo, pero que a pesar de todo es el motor de la economía mundial y el actor principal de la geopolítica internacional. Para ello cuenta con una amplia y también inusual mayoría demócrata en el Senado y la Cámara de Representantes.
El primer y más grave reto es afrontar tanto la crisis financiera como la grave recesión que afectan a millones de ciudadanos amenazados por el desempleo, para lo cual es fundamental restaurar la confianza con un plan de contingencia que vaya más allá de los simples rescates financieros y revise las bases del sistema de regulación, que falló estrepitosamente.
Más aun, algunos expertos sugieren que es tiempo de revisar la arquitectura de los organismos financieros internacionales, que datan de los tiempos de la posguerra y tampoco advirtieron a tiempo sobre la inminencia del colapso.
En el frente internacional, Obama tendrá que honrar su promesa de culminar la nefasta guerra de Iraq y retirar las tropas, evaluar críticamente la política antiterrorista, sobre todo en Afganistán, y manejar con firmeza y cautela las relaciones con Irán, una potencia nuclear y díscola que amenaza la paz del Medio Oriente.
Sobre América Latina, se espera un acercamiento mayor, que no se limite a la revisión de la política migratoria sino en vínculos más concretos y de más largo plazo. Sobre el Perú solo ha habido una mención sobre el ejemplar TLC que podría ser mejor considerada por nuestro Gobierno.
Obama candidato ha sabido inspirar esperanza y expectativa en una coyuntura crítica de enormes desafíos. Como presidente seguirá demandando la participación y el compromiso de todos los estadounidenses, a sabiendas de que la salida a la crisis no será ni pronta ni fácil ni indolora.