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El juego que puede salvar vidas

Kei Kamara es un futbolista de Sierra Leona que juega en la liga estadounidense. También es embajador de Right to Play, una ONG que impulsa el juego para educar a niños de países en guerra o extrema pobreza. Su mensaje es solidario

Por David Hidalgo Vega

Al momento en que domina la pelota con la cabeza, dueño de su centro de gravedad, el futbolista Kei Kamara evidencia el viaje de redención que lo ha traído hasta aquí. En otro tiempo y con otra suerte quizá no estaría vivo, acaso hubiera sido víctima de las balas que acabaron con otros sueños, que casi destrozan su país. Kamara, un talento fugado de Sierra Leona, ejecuta ahora las destrezas de años de entrenamiento en Estados Unidos, un país al que llegó como refugiado cuando estaba en plena adolescencia. El jugador profesional que es ahora encandila con su habilidad a decenas de chicos y chicas del colegio de Chosica que visita. Es una forma de devolver las sonrisas que alguien le permitió tener al rescatarlo.

Kamara tiene 24 años. Es delantero del Houston Dynamo, un equipo de la Liga Mayor de Fútbol de EE.UU. Se supone que por estos días debería estar con sus compañeros en un viaje a Inglaterra, para enfrentar algunos partidos, pero él pidió permiso para los otros compromisos que le dan sentido a su carrera: las visitas humanitarias. Es uno de los embajadores de Right to Play, una ONG que promueve los juegos y el deporte como una forma de educar a niños y jóvenes en contextos difíciles, sea por la violencia o por la pobreza, que en tantos casos se presentan juntas.

Kamara lo sabe porque ambas calamidades están enterradas en sus recuerdos: su país natal, Sierra Leona, estuvo en guerra civil durante veinte años. Él pasó la mitad de ese tiempo en riesgo. "He visto amigos míos morir en las calles. He perdido familiares a causa de ese conflicto. Era una vida muy difícil", recuerda. En algún momento, por contactos con ciudadanos estadounidenses, Kei pudo viajar al país donde su madre había emigrado cuando él era muy pequeño. Ahora no duda de que esa fue la mejor forma de salvarse. Su primer destino, California, era otro mundo.

"El cambio fue tremendo. Allí, en Estados Unidos, pude ir a la escuela gratis, cosa que no se podía en Sierra Leona. Y luego de la escuela pude ir a la universidad con una beca deportiva, porque ya jugaba al fútbol. Tuve muchas oportunidades", comenta.

Kamara escogió la carrera de Educación Física. El campus donde estudiaba le traería nuevas sorpresas: en sus canchas entrenaban las estrellas del equipo Los Ángeles Galaxy. "Podía ver con frecuencia a jugadores que otros solo conocían por televisión, como David Beckham", dice. Dos años después, él mismo entró a la liga con el equipo que lo acoge ahora. Su vida siguió cambiando: viajó a México, El Salvador, Panamá. Aquellos trayectos eran solo parte de otro periplo mayor. Para entonces ya conocía lo que era la organización Right to Play.

"Uno de mis primeros entrenadores me habló de este esfuerzo. Yo me dije que cuando tuviera la oportunidad de participar no la dejaría, quería ayudar porque cuando fui niño alguien me ayudó a mí", comenta.

TERAPIA DE JUEGO
El atleta ha seleccionado dos equipos para el primero de los juegos que enseñará esta mañana en el colegio Antonianas de María. Uno de siete chicas y otro de siete chicos, de diferentes salones. El grueso del alumnado observa desde el centro del patio con una expectativa digna de un partido oficial. Kei Kamara da las instrucciones en inglés: el juego consiste en que los miembros de cada equipo se junten unos a otros como una barrera de tiro libre y en seguida, con las manos a la espalda, se pasen unos a otros una pelota roja más pequeña que un puño; las chicas se turnarán para adivinar quién tiene la pelota.

El ambiente calienta pronto: la primera niña falla, la segunda falla, la tercera falla. Hay risitas nerviosas, carcajadas limpias. El turno de los chicos es más certero: el pequeño Claudio adivina a la tercera. Entonces llega el mensaje que convierte a ese sencillo pasatiempo en una poderosa lección: "La pelota representa una enfermedad. Este juego tiene que ver con las buenas decisiones que tomamos en la vida, porque muchas veces en la calle no sabemos quién está enfermo o no", predica Kamara. El nombre del juego lo adelanta: No confíes en tus ojos.

Kamara se refiere a varias enfermedades, pero en especial al sida. La enfermedad devasta países como el suyo, ya de por sí asolados por otras plagas. De hecho, el juego lo aprendió en Liberia, el primer país que visitó como embajador de Right to Play. Perú es el segundo. La organización, fundada por el campeón olímpico noruego Johann Olav Koss, trabaja en más de veinte naciones de Asia, África y Medio Oriente, donde la juventud sobrevive en los límites de lo tolerable.

"Liberia es un país vecino al mío, hablamos la misma lengua, tenemos los mismos problemas", explica el jugador. Ese primer contacto con niños tan expuestos como lo estuvo él terminó por convencerlo de persistir en esta evangelización deportiva. Una misión que tras esta visita debe llevarlo camino hacia su tierra natal después de seis o siete años de haber escapado de allí. "Ya no hay guerra, pero el país ha quedado muy mal. No hay agua ni luz en muchas zonas. Quiero ayudar de la forma que pueda", comenta.

En ese camino ya ha dejado otra huella: el primer programa de Right to Play en el Perú. Un esfuerzo que ayudará a niños de Lambayeque, Huaraz y Puno. La idea es que otros deportistas, extranjeros y nacionales, continúen la prédica. "El juego es poderoso", dice Kamara. Pocos conocen como él su tremenda fuerza.

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