Observamos cómo cae Octavio
Hernán Migoya
Observamos cómo cae Octavio
Ediciones Martínez Roca, 2005
220 páginas
¿Una advertencia? ¿O una invitación? "La obra que nunca esperarías del autor de Todas putas", se lee en la carátula de Observamos cómo cae Octavio, la primera novela del español Hernán Migoya (1973). Guionista de cómics, director de cortometrajes y biógrafo de Charles Williams (en La tormenta y la calma bosqueja un acucioso retrato de un escritor de novelas negras tan trepidantes como de escasa difusión), Migoya había debutado en la ficción narrativa dos años atrás con un polémico libro de cuentos.
Hernán Migoya es, para muchos lectores, el censurado autor de Todas putas. Y no por razones literarias, a pesar de que presentó su trabajo como "un libro de relatos (...) que van de la sátira al realismo y a la tragicomedia, sobre diferentes tipos de relaciones sentimentales y sexuales". Un grupo de defensa de los derechos de la mujer protestó por el contenido de la obra (más bien, por los fragmentos descontextualizados que circularon y ardieron como la pólvora, especialmente el cuento "El violador"). Y, por razones que solo atañen a la política, no solo se exigió la dimisión de la editora, además directora del Instituto de la Mujer, sino que también se pretendió secuestrar la edición del libro. Afortunadamente, numerosos escritores rechazaron la polémica por artificial, entre ellos Mario Vargas Llosa, y Todas putas ya lleva varias ediciones.
Sexo y terror
En Observamos cómo cae Octavio Hernán Migoya opta por alejarse de la polémica sumergiéndose en un universo infantil. Sin embargo, ambas obras guardan un parentesco evidente: el tratamiento, tan perturbador como en la vida real, del amor y el sexo, en este caso del descubrimiento de ambos a través del terror. Tete, Mina y Nanín son tres niños fascinados por la espantosa figura del Ogro Santos, un monstruo que se oculta en una cueva en los alrededores del colegio. Una mañana deciden aventurarse en su guarida para comprobar si existe. A partir de entonces, todo lo que les sucede se les antoja más terrible que lo vivido anteriormente. De este modo, Migoya crea un fantasma capaz de surgir en cualquier momento en la vida de los que lo han imaginado: al igual que la criatura del doctor Frankenstein, pero con el pulso narrativo de Stephen King.
La novedad que presenta esta obra es una edición a todo color, una técnica que ya había sido ensayada en libros como La historia interminable (1979), de Michael Ende, y el Diccionario jázaro, la "novela-léxico" del serbio Milorad Pavic (1984). En este caso, la intención de Migoya es dotar de fluidez y realismo a los pensamientos de los narradores, prescindiendo del estorbo de las acotaciones en los diálogos. El lector advertirá al pasar las páginas que a cada capítulo le corresponde la voz narrativa de uno de los protagonistas, diferenciada cromáticamente según el personaje, resaltada en negrita a la hora de formular un diálogo. En cambio, el discurso de los adultos parece confinado al negro, de acorde con la monotonía de una vida más convencional.
Cabe destacar la pericia del autor a la hora de ponerse en la piel de los personajes, de recrear la sintaxis y las palabras peculiares de cada uno de los protagonistas con una diferenciada voz narrativa: Tete, el niño que no quiere ser amado, Mina, la sabelotodo que utiliza los términos psicoanalíticos de su madre, y Nanín, el más pequeño, protegido por el fantasma de Octavio, al más puro estilo de las viñetas de Calvin y Hobbes.
Una especie de caverna platónica
Pero Migoya no se limita a demostrar una talentosa imaginación a la hora de recrear pensamientos y diálogos. La atmósfera vaporosa de la niñez amenaza sobre los protagonistas que, a su pesar, se harán adultos algún día. El lector, de un modo sutil aunque eficaz, es devuelto a la edad de la inocencia, tal como le ha sucedido al propio autor.
Además, Observamos cómo cae Octavio encubre una hermosa metáfora. La caverna del Ogro Santos deviene así en una especie de cueva platónica en la que ellos ven, como un reflejo en la penumbra, la transición de la mirada de niño hacia la de adulto, mientras siguen atrapados (y encadenados) dentro un cuerpo y una mente infantil.
Hernán Migoya dibuja a todo color la bisagra que engarza la ingenuidad del niño con la certeza del adolescente. O, dicho de otro modo, ilumina el umbral de los personajes hacia el mundo de los adultos. Entre tanto, Octavio, el fantasma que acompaña a Nanín, desaparece en esta transición, cae de su pedestal para ser sustituido por algo más sólido y real: la vida misma.
Por Laura Alzubide