Por: Juan Paredes Castro |
Un cáncer de lengua no es cualquier cáncer. Mata a su víctima muy rápidamente. Por consiguiente, con un diagnóstico de este tipo nadie debe jugar. Menos por ventajas judiciales o políticas.
A la postre, la verdad médica y científica será dueña de consolar a quienes sufren y de castigar a quienes pretendieron burlarse de ella.
Lamentablemente, el ex presidente Alberto Fujimori tiene una deuda muy grande con la verdad. No sabemos cuán consciente es o no de ello. Desde la historia de una indigestión por bacalao, como pretexto para no presentar el plan de gobierno que se le exigía el 90, hasta la historia de sus supuestas responsabilidades políticas o penales en el megajuicio que se le sigue, pasando por la historia de Vladimiro Montesinos en su gobierno, con todas sus implicancias delictivas, Fujimori arrastra, por decir lo menos, un fuerte pasivo de embuste, duda y recelo respecto de muchas cosas que ha dicho y dice.
Su entorno tampoco lo ha ayudado ni lo sigue ayudando en credibilidad, desde cuando ministros y parlamentarios salían en coro a defender a Vladimiro Montesinos hasta los más íntimos amigos suyos que lo convencieron de abandonar su refugio de Tokio para correr una aventura que en lugar de terminar en Lima, en una candidatura presidencial de fiesta, acabó en Santiago de Chile bajo el inesperado suplicio de un proceso de extradición, pasando por su actual defensa penal que se esfuerza en ser profesional y eficiente, mientras sus operadores políticos que miran el 2011 no se detienen en arruinarla cada día.
Fujimori ha caído en más de un anzuelo por su propia boca. No le desearíamos más que éxito rotundo en su lucha contra el anzuelo del cáncer, si este fuese cierto. Es más: harían bien los jueces y médicos legistas en no descuidar los cuidados escrupulosos que requiere un diagnóstico de esta naturaleza. Pero hay de Fujimori si, una vez más, no es víctima del cáncer, sino de la estratagema de quienes quieren verlo victimizado al extremo, como para ponerlo muy lejos de los procedimientos terminales de una severa sentencia.
El propio Fujimori y su entorno han puesto en la agenda judicial una dolencia de faceta crítica que la ciencia se encargará de confirmar o rebatir rápidamente. No hay nada en ella que comprometa resultados de diagnóstico a largo plazo. Pronto sabremos si Fujimori tiene o no tiene cáncer, como también sabremos a qué se atendrá la justicia en cada caso.
Quien o quienes pretendan hacer de esto un circo, se equivocan. Igualmente, quien y quienes busquen fabricar, maliciosa y artificialmente, un paño de lágrimas político en el tribunal que lo juzga.