Por: Juan Paredes Castro |
Hay parlamentarios muy decentes, que no son pocos, que están sin duda indignados por acabar envueltos en el desprestigio causado por aquellos otros que han hecho precisamente de la decencia una alfombra para limpiarse los pies.
El problema de estos parlamentarios deseosos de revertir la crisis de credibilidad del Congreso pasa por la búsqueda de una fórmula que les permita separar la paja del trigo. ¿Cuál sería, digamos, esa ansiada fórmula?
Una importante podría consistir en evitar caer en compromisos de votación, a favor de proyectos propios o ajenos, que vayan a representar más adelante una cuenta por cobrar.
¿Qué sucedería, por ejemplo, si el parlamentario Aurelio Pastor lograra poner a la orden del día un proyecto de ley de facilidades tributarias para la región de San Martín, asegurando los votos de apristas, upepistas y humalistas, sin la menor salvedad de que ello no compromete una reciprocidad ciega y obligatoria?
Seguramente apristas, upepistas y humalistas le cobrarían con creces el favor concedido.
Hay, pues, tal cruce de favores y reciprocidades, llevados al compromiso incondicional o al clientelismo negociado, que todo acaba en la práctica de un espíritu de cuerpo pernicioso y consiguientemente en un mal institucional que podría haber quedado perfectamente diferenciado en responsabilidades particulares bien definidas.
Como puede verse el problema no es que la conducta de José Anaya y Margarita Sucari vaya a rozar la conducta limpia y honesta de los demás congresistas. El problema es que entre los demás congresistas hay quienes creen que Anaya y Sucari no merecían ser castigados. Es más: en algún momento Anaya y Sucari apoyaron con sus votos proyectos e iniciativas de ley de quienes ellos esperaban una comprensión misericordiosa.
La única forma de que el Congreso recupere credibilidad es separando la paja del trigo, en un severo ejercicio de diferenciación que solo puede provenir del compromiso serio y responsable de los parlamentarios de no caer en negociaciones de votación que vayan a debilitar sus posiciones políticas y morales.
Quien no la debe no la teme debería ser el principio básico de curación de las heridas de un Legislativo envuelto en una de las mayores crisis de su historia.
Si en adelante cada congresista que no quiere ser visto en el montón del otoronguismo evita ser presa de negociaciones internas que comprometan sus convicciones, estará libre de pensar y actuar crítica y constructivamente por un Congreso distinto y superior.
¡Claro que se puede ser y parecer honesto y encima no ser ni parecer un otorongo!