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Por Pedro Morales Paiva, médico psiquiatra
Cuando un pasajero aborda un vehículo del transporte público le otorga al conductor un poder: él me transportará, en él confío. Pero también es casi un acto de sometimiento. El usuario queda a merced de los caprichos del chofer, deja de sentirse bien para percibir que está en una lata de sardinas.
Desarrolla tensión cuando el chofer abusa de sus pasajeros. Este maneja mal y obliga a las personas a conocer a otras de manera poco grata, cuando frena y los usuarios chocan entre sí.
Esto ocasiona un pésimo aprendizaje: la gente aprende el maltrato y se refuerza la idea de que vive dentro de una estructura que la maltrata. En estas circunstancias pierde mucho más que tiempo.
Se afecta su autoestima. Las personas no están acostumbradas a valorar la dimensión personal sino que por economía se someten a un sistema sadomasoquista. Lo más grave es que se identifica con la omnipotencia del abusivo conductor.
A su vez, el chofer usa el microbús como un instrumento de omnipotencia frente a esa estructura social y hace ostentación de fuerza reactiva y agresiva. De esta forma no derivamos a maneras que permitan manejar la agresión o darle un uso constructivo, como defender nuestros derechos o generar reglas. Las entidades responsables del transporte deberían entender que cuando ponen orden están contribuyendo al desarrollo de la autoestima y al respeto al otro.